Cambiar la bandera para unir: el pulso del 31 y el 78
La propuesta suena razonable, que es como suelen sonar las malas ideas: cambiar la bandera de España para contentar a todos. El planteamiento seduce en abstracto, pero al concretarlo aparece el primer problema: ¿qué se pone en el lienzo? Hay quien rescata la cruz de Santiago sobre fondo blanco, con pedigrí medieval. Otros miran a 1931, cuando el tricolor republicano «funcionó», según sus defensores. El precedente no invita al optimismo: duró lo que un suspiro, y ni siquiera entonces representó a todos.
El fantasma del 31 y la resaca del 78
Para el constitucionalismo de 1978, la bandera actual tiene siglos de historia a sus espaldas y no precisa refundación. «Hay que volver a la de 1978», se argumenta, porque la anterior solo trajo humo y una falsa nostalgia. Frente a eso, otros alertan de la pendiente: una vez que cambias un símbolo por consenso, lo siguiente es ponerle una hoz y un martillo. La duda no es solo estética, es de régimen.
En el fondo, la polarización no se arregla con un pedazo de tela. Se arregla dejando de insultar al que la ve distinta. Mientras tanto, el debate se atasca en lo de siempre: quién entierra al 31 y quién resucita al 78.