Ciclismo: con 250€ sobra para 15 km y 1.500€ para competir
Para salir una hora los sábados, una bici de 250 euros del Decathlon y un casco de 30 bastan. Eso no lo discute casi nadie, ni siquiera quien defiende el gasto: es la cifra que se maneja como suelo razonable para el aficionado que hace 15 kilómetros y vuelve a casa. El problema aparece cuando ese mismo ciclista mira de reojo a quien va más equipado y decide que todo lo que pasa de sus 250 euros es
postureo.
¿Cuánto cuesta una bici de montaña para empezar?
Las cifras que usan los propios aficionados dibujan una escalera sin peldaños baratos. Con
400 euros se compra una rígida con horquilla de aire que, según se sostiene, amortigua mejor que cualquier bici de los noventa. Con 500 ya se empieza a quedar corta. El salto de calidad serio se sitúa en
900 euros en aluminio y 1.500 en carbono, con monoplato de 12 velocidades, frenos hidráulicos y ruedas tubeless. Para carreras de pueblo y caña sin fin, hay quien defiende que entre 900 y 2.000 euros hay una máquina que no se acaba.
La defensa del gasto tiene su reverso. Por encima de esa horquilla todo es capricho, y el capricho no admite discusión. Un forero sostiene que quien se gasta cinco o seis mil euros en una bici, por lo general, la saca bastante más que una vez a la semana, y que para quien acumula entre
150 y 250 kilómetros semanales la ropa ceñida deja de ser estética para convertirse en antirozaduras. La misma lógica que vuelve inútil el culotte para quince minutos lo hace imprescindible para tres horas de sudor.
¿Sirve la ropa técnica o es pura apariencia?
Aquí el desacuerdo es de grado, no de fondo. Quien hace salidas largas sostiene que la ropa específica evita rozaduras y que
con 150 o 250 kilómetros a la semana se nota mucho. Quien sale con pantalones cortos de tela y zapatillas viejas responde que pedalea igual de agusto y no se ha muerto, aunque reconozca «rozaduras algunas veces» en las partes. La discusión se repite con las gafas: unos las defienden por seguridad -un bicho en el ojo a 40 km/h termina en caída-, y otros ven en ellas el carné de
moderno.
Y luego está la segunda mano. Hay quien presume de haber pescado una Marin impecable por
50 euros en la aplicación de turno, «está pinchá y nos ocupa sitio en el garaje», cuando esa bici costó 150.000 pesetas de la época. El mercado de usados ofrece los mismos pases de montaña a precio de saldo para quien no se sube a la última moda.
El monoplato y la guerra de los estándares
La bronca técnica más encendida no va de dinero, va de ingeniería. El monoplato -un solo plato delante- es, para sus defensores, la mejor mejora del ciclismo de montaña: menos líos para el que empieza, cambios anticipables y menos atranques antes de cada subida. Sus críticos lo llaman estafa: renunciar a las relaciones cerradas y a las dos o tres líneas de cadena que permitían llevar siempre el desarrollo perfecto y desgastar el casete de forma uniforme.
Hay un trasfondo que incomoda a los dos bandos:
los estándares se cambian para mover el mercado. Se dejaron de fabricar repuestos de llantas de 26, de medidas de pipa y de pedalier, y ahora cuesta encontrar desviadores de 2x11 que no sean electrónicos. El usuario repara porque no le queda otra. El grupo electrónico más asequible ronda los
800 o 1.000 euros, y de ahí hacia arriba.
¿Sabes cuántos kilómetros lleva el que se cruza contigo?
El argumento más repetido contra el juicio rápido es estadístico: nadie conoce la ruta del otro. El ciclista que te cruzas a mediodía puede llevar desde las ocho de la mañana dándole al pedal, llevar 130 kilómetros entre cuadriceps y bíceps femoral y haber hecho lo mismo el día anterior. Sobre esa base, colgar la etiqueta de
dominguero por el color del maillot es un atropello lógico.
Aun así, hay una queja que atraviesa todo el asunto y no se resuelve con kilómetros: la sensación de que el ciclismo se ha jerarquizado. Un deporte donde se miden material, kilometrada y desnivel acumulado -término que, por cierto, no todos definen igual- acaba expulsando al que solo quiere dar pedales.
Seguridad: gafas, casco y presión de las ruedas
Un forero sostiene que ni el casco ni los guantes ni las gafas son imprescindibles, pero sí necesarios. En bajadas a 50 km/h el ojo desprotegido es un riesgo directo. Existe la alternativa barata: lentes fotocromáticas, cristales intercambiables y precios que no llegan a los tres dígitos.
Otra discusión técnica es la presión. Hay quien afirma rodar a
1 bar, y hay quien responde que eso es imposible para quien no pese 20 kilos. La referencia que maneja ese mismo participante es
1,7 o 1,8 bar con mousse trasero, llanta de 30 y ruedas de carbono. A un bar, sostienen, la primera piedra destroza la llanta.
Con estos números, la frontera entre lo necesario y el capricho depende de cuánto tiempo pases sobre el sillín, no de cuánto quieras gastarte. La bici de 250 euros seguirá sacando a pasear a quien hace 15 kilómetros y el carbono de 1.500 seguirá justificándose para quien devora desnivel cada fin de semana. Lo que probablemente no cambie es lo otro: habrá alguien, en cada cuesta, calculando en voz alta lo que se ha gastado el de al lado.