El hexágono europeo que se quedó sin España
La revolución científica no fue un fenómeno europeo repartido por igual. Fue un asunto de vecindario. Un 80% de sus figuras clave nació dentro de un hexágono trazado entre Glasgow, Copenhague, Cracovia, Nápoles, Marsella y Plymouth, y casi todos los demás vinieron al mundo a menos de 150 kilómetros de esa franja. España y Portugal, por geografía y por historia, quedaron fuera del recuadro. La pregunta que arrastra esa cifra no es menor: ¿fue un problema de cabezas o de circunstancias?
La discusión, larga y bastante encendida, apenas tarda dos mensajes en partirse en dos. Hay quien lo reduce a una cuestión de élites y recursos, y hay quien lo despacha con la manida sentencia de Unamuno —
que inventen ellos— o con el mazazo de Galeano:
la diosa tecnología no habla español. Ninguna de las dos lecturas aguanta tres datos seguidos.
¿Por qué la ciencia floreció en un hexágono y no en España?
La tesis geográfica tiene nombre: la
Blue Banana, ese arco que conecta el norte de Italia, el eje renano, París y Londres. Un corredor que concentraba capital, imprentas, universidades y cortes en un radio corto. La distribución de libros e ideas se propagaba por ahí con menos fricción. El argumento que gana peso en el intercambio es que ese eje funcionaba como un concentrador: quien estaba dentro, publicaba, discutía y era citado; quien estaba en el extrarradio, veía llegar las novedades con retraso y con menos interlocutores.
La segunda capa del análisis es material, no cultural. Mientras el Imperio español crecía
hacia fuera —volcado en América, el Atlántico y los Países Bajos—, otras potencias crecían
hacia dentro, acumulando excedentes en la metrópoli y financiando con ellos cortes, academias y mecenazgos. España, sostiene una de las corrientes más repetidas, llegó al siglo XVIII siendo «una más entre los grandes»: recursos justos, marina que rehacer, ejército que reformar y una prioridad incómoda —frenar a Inglaterra— que se comió el presupuesto que en otros lares fue a parar a laboratorios.
La imprenta tardía y el peso de la escolástica
Una de las explicaciones que más juego da apunta a algo tan prosaico como la imprenta. En España llegó más tarde y estuvo un tiempo mirada con recelo por motivos de herejía. El resultado, según esta lectura, fue una cultura más vocal y predicada que leída, frente al mundo protestante, donde el libro impreso se convirtió en herramienta cotidiana de discusión. La correlación entre imprenta temprana y desarrollo científico es difícil de negar.
El contrapunto llega desde el otro flanco. Presentar la escolástica como el lastre católico que frenó la ciencia no se sostiene del todo: la revolución científica arranca mucho antes de Newton, en continuidad con la tradición escolástica, y los calculadores de Oxford ya probaban el teorema de la velocidad media en pleno siglo XIII. Leibniz o la propia tradición alemana en latín beben de ese pozo. Si la escolástica fuera el problema, media Europa ilustrada tendría el mismo problema. Y no lo tuvo.
Lo que España sí puso sobre la mesa
Aquí el debate se vuelve incómodo para quien da por sentado el erial. La Escuela de Salamanca tiene su peso en economía y derecho, con el mercantilista Gerónimo de Ustariz mencionado por Adam Smith en
La riqueza de las naciones. A Jorge Santayana se le cuenta entre los filósofos más influyentes de la tradición norteamericana. Y la navegación atlántica —cartografía, astronomía, matemáticas, náutica— es uno de los mayores paquetes técnicos del Renacimiento, con España y Portugal cosiendo el Mediterráneo y el Atlántico en el mismo casco.
El caso más citado con retintín es el de Jerónimo de Ayanz, que patentó una máquina de vapor
un siglo antes de la versión oficial. Ramón y Cajal y Severo Ochoa sostienen la esquina de la biología. El problema, admite la parte más templada, no es que faltaran nombres: es que faltaron los que dan nombre a una magnitud, a una constante o a una ley.
Las dos Españas también en el laboratorio
La conclusión más honesta de todo el intercambio es que el asunto está mal contado por los dos extremos. Hay quien dice que esto siempre fue un desierto y quien afirma que fuimos lumbreras de Occidente; los primeros no conocen a los autores, los segundos se los inventan. En medio, lo que sí aparece con datos es un patrón de coyuntura: cada país tiene su momento, y el de España coincidió con su peor siglo. Mientras el XIX era
industria, ciencia y vapor, aquí era guerra civil continua.
La predicción, con reservas, apunta a que el patrón no ha cambiado tanto. Si las condiciones materiales siguen pesando más que cualquier supuesto talento diferencial, el mapa de la ciencia seguirá dibujándose donde se concentre el capital. Y ese hexágono, sospecho, no se va a mover de sitio.