El pan del Lidl aguanta en 37 céntimos mientras el aceite se triplica
Los precios que se manejan en el hilo apuntan a que el litro de aceite de girasol pasó de 1 euro a 3,20 y que la gasolina saltó de 1,25 a 1,90. Y, en pleno desaguisado, la barra de pan de 200 gramos del Lidl sigue clavada en 37 céntimos, o 33 si se compran tres de una vez. La cesta de la compra se ha vuelto un ejercicio de contradicciones: hay productos que se han duplicado o triplicado mientras otros apenas se mueven, y la media que se publica no recoge lo que cada casa paga en caja.
El IPC que no cuadra con la cesta de la compra
Hay una sospecha que se repite entre quienes hacen la compra cada semana: la inflación oficial no es la que se siente al pagar. El argumento es que el promedio mezcla alimentos, vivienda y combustible —donde los precios se han disparado— con bienes que se han mantenido o incluso han bajado, como hoteles, ocio y cultura, vestido, comunicaciones o bebidas alcohólicas. El resultado, según quienes sostienen esa tesis, es una cifra mucho más suave que el golpe real en los productos básicos.
El cálculo que circula es taxativo: si se aísla lo importante (vivienda, combustible y
alimentación), la subida se va muy por encima de lo que dicen los índices generales. No es una tesis con respaldo estadístico formal, pero cuadra con la experiencia de quien llena el carro. El ticket no entiende de ponderaciones.
Del aceite de girasol a la tortilla: las subidas que sí se notan
El catálogo de subidas que se citan en el hilo es amplio. El
aceite de girasol ha pasado de 1 euro a 3,20 el litro. La gasolina, de 1,25 a 1,90. Una tortilla envasada de marca conocida se vende a
3,99 euros cuando antes se compraba por 2,50. La bolsa de plástico se ha ido a 12 céntimos cuando hace poco costaba 10. En un supermercado concreto, el pack de ocho yogures de sabores ha saltado de 0,95 a 1,17.
Y luego están los porcentajes. La bollería se ha encarecido alrededor de un
60%. La carne, un 15%. Un surtido de galletas subió un 30%, perdió dos o tres variedades y, según quien lo consume, ya no sabe igual: el precio sube, la calidad baja y el surtido mengua. La tortilla se ha convertido en el símbolo del desatino: cuesta lo mismo que un pollo de kilo y medio.
- Aceite de girasol: de 1 a 3,20 euros el litro
- Gasolina: de 1,25 a 1,90 euros el litro
- Tortilla envasada: de 2,50 a 3,99 euros
- Bollería: +60%
¿Por qué el aceite de oliva es más caro en España que en el resto de Europa?
La paradoja descoloca a cualquiera. España es el mayor productor mundial de
aceite de oliva y, aun así, hay quien sostiene que el precio aquí supera al de otros países europeos. Se argumenta que se exporta lo mejor y se queda lo peor, y que encima ese producto se vende más caro dentro que fuera. La sensación de agravio es difícil de rebatir porque no hay una explicación a mano que convenza a quien mira la etiqueta y el tique.
Beneficios récord en las grandes empresas mientras la cesta sube
En paralelo al desembolso doméstico, varios participantes señalan que grandes compañías cerraron ejercicios de récord: una petrolera que
duplica beneficios, una eléctrica con máximo histórico, una automovilística en cifras nunca vistas y un banco con un 43% más. La coincidencia no es casual para muchas familias, que ven subir sus facturas mientras las cuentas de resultados de esas mismas empresas baten marcas.
La lectura incómoda es la de un ajuste que se reparte de forma desigual: si suben la energía y los alimentos, la factura la pagan los hogares y las ganancias las recogen unos pocos. Hay quien lo atribuye a un negocio que se apunta a subir «porque sí», sin justificación clara en servicios que no dependen directamente de la materia prima.
Comer menos, guisos baratos y comprar al por mayor
La respuesta del consumidor se ha vuelto táctica. Los guisos de legumbres y patatas siguen siendo lo más barato del carro. Las ofertas, los productos a punto de caducar y la compra al por mayor se han convertido en rutina para quienes lo cuentan. Cocinar en casa en lugar de pedir a domicilio marca la diferencia: una lasaña de reparto puede costar 15 euros cuando por ese dinero se compran dos entrecots y sobra cambio.
También hay quien ha reducido la compra a lo esencial. Menos azúcar, menos harinas, menos procesados, menos caprichos. La protesta silenciosa es gastar menos: cada euro que no se gasta es un euro de IVA que no se paga. Y un hábito que antes era apretarse el cinturón hoy se presenta como una forma de vida.
El caso es que las cuentas no terminan de cerrarse. En la caja, la cesta se estrecha y los guisos baratos ganan terreno. En la calle, las terrazas siguen llenas y los repartidores no paran. Con estos diferenciales, la queja debería ser un clamor. Se queda en conversación de bar. Nadie acaba de explicar por qué.