Alguien pide a la IA un censo y le responden que no entra ahí
El tramo arranca con una propuesta concreta y acaba en un recuento casero. Un participante anuncia que le va a pedir a una IA que se recorra todas las webs y le devuelva un estudio con las que encuentre. Horas después, el estudio no aparece. Lo que sí aparece es la réplica: las herramientas automáticas no entran en esas páginas ni con un palo.
Qué se ha sabido
Material nuevo, poco. El mensaje que abre la tanda ironiza con que este tipo de encuestas solo se pueden hacer sobre el terreno. A partir de ahí, cada uno se monta su propia estimación. Uno escribe que
1 de cada 100 lo reconoce, que no es lo mismo que decir que una de cada cien lo haga. Otro sostiene que la cifra que circula se queda corta y que
120 de cada 100 sería más razonable, y añade de paso los pagos en especie. Un tercero propone directamente dar la vuelta a los valores de la encuesta.
Sobre el método, dos objeciones van juntas y las firma el mismo participante: que la estimación a base de encuestas le resulta poco fiable porque puede haber mujeres con varios anuncios, y que
la prostitución no se da solo en edad fértil. De ahí sale la pregunta de cuánta gente queda fuera del denominador. Un mensaje lo resuelve en cuatro palabras:
las no fértiles también ejercen.
Nadie trae informe, ni recuento oficial, ni enlace a un estudio. El único documento que se pega en todo el tramo es un tuit, y se comenta de pasada.
Dónde está la bronca
Primer choque: método contra intuición. Un participante concede que
el muestreo estará bien hecho y que la estimación será más o menos fiable, aunque acepta el punto de la edad. Enfrente, la mayoría responde con la misma idea: son más.
Pocas me parecen, resume uno. Otro asegura que su propio muestreo personal, a lo largo de los años, da un porcentaje
altamente mayor. Un tercero amplía el perímetro: la cifra solo recogería a las que se dedican íntegramente, mientras el goteo esporádico y los pagos pactados en algún momento serían
muy superiores.
Segundo choque: quién cuenta. Aquí vuelve la duda sobre las anunciadas como españolas. Un participante sostiene que muchas nacieron fuera y se anuncian como españolas, y lo apoya en cómo hablan. Es una afirmación suya, sin respaldo en el hilo. Otro suma la pregunta por las nacionalizadas y por las hijas de padres extranjeros nacidas aquí, y deja claro que la etiqueta del anuncio no resuelve nada. Un tercero lleva la comparación a otros países del este de Europa y defiende que allí es más común costearse los estudios con masajes, acompañamiento o contenido para adultos, y que aquí eso no ha llegado por la red familiar. Son opiniones, no datos.
Tercer choque, el más entretenido: el recuento automático. Uno pide a la IA que revise todas las webs; le contestan que no entra ahí ni con un palo, y otro apunta que el modelo es pudoroso y que pruebe con uno chino. El estudio prometido para dentro de unas horas no llega en todo el tramo.
Y de fondo, la comparación de siempre, reescrita: el país de los sueldos bajos. Un mensaje recuerda que esto se contaba junto al resto de la hostelería y los servicios precarios. Otro responde que lo que crece es un sector y lo que se apaga es el otro.
Qué cambia respecto a antes
Cambia el eje. Ya no se discute si la cifra aguanta, sino cuánto se queda corta. La sospecha de los anuncios repetidos sigue ahí, pero ahora se usa al revés: si un anuncio puede repetirse, entonces hay más mujeres, no menos. La objeción del denominador, en cambio, sí aprieta: la edad fértil deja gente fuera y el porcentaje baila.
Entra un asunto nuevo, el recuento por IA: se pide, se promete y no se entrega. Y entra otro más difícil de cuantificar: que en la cuenta real habría que meter a quien cobra una vez y a quien cobra en especie, categorías que ninguna estadística de anuncios recoge.
El recuento que cada uno hace en casa
Como no hay estudio, el tramo se llena de comprobaciones domésticas. Uno cuenta que hace poco estuvo mirando perfiles de sugarbabies en una ciudad y se le cansó la mano de bajar scroll, y avisa de que si a eso se le suman las que ya tienen quien les paga los caprichos, el número se dispara. Otro equipara con ironía el pago pactado con el matrimonio y dice que, sumando esa vía, la cuenta se va muy arriba. Un tercero escribe tres letras, TDS, y pide que no se olviden nunca. Y un cuarto lanza la única comprobación de campo de toda la página: que si es una de cada cien, todos conocemos a alguna.
Eso implica que todos conocemos a alguna que ejerce y seguro que a alguna que ya no, pero que lo ha hecho. Me lo creo, escribe. No comprueba nada, pero ahí queda.