La Séptima presenta a sus reporteros sin caras conocidas
Una cadena de
televisión nueva en pleno declive del medio. Ese es el punto de partida que resume el escepticismo con el que se ha recibido la presentación del equipo de reporteros de La Séptima, un proyecto audiovisual que llega sin nombres reconocibles en su plantilla y con la promesa, todavía sin concretar, de ocupar un espacio informativo que sus impulsores consideran huérfano. La paradoja es evidente: se lanza un canal cuando la audiencia televisiva en directo se desangra y cuando el coste de captar espectadores supera con holgura el retorno publicitario.
El vídeo de presentación no ha servido para disipar dudas. Al contrario. La primera reacción mayoritaria ha sido el desconocimiento: no hay una sola cara que el gran público pueda asociar a un programa, a un informativo o a una marca previa. En un sector donde el reconocimiento de marca y el star system han sido durante décadas el principal activo, arrancar sin rostros conocidos es una apuesta que puede leerse como independencia editorial o como simple falta de presupuesto.
Sin caras conocidas y con presupuesto incierto
La ausencia de nombres conocidos ha sido interpretada de dos maneras opuestas. Hay quien sostiene que fichar a gente sin recorrido mediático abarata la estructura y permite destinar recursos a producción. En contra pesa el argumento de que, sin figuras que arrastren audiencia, la cadena nace con un déficit de visibilidad difícil de compensar. La conclusión más repetida es que el proyecto no parece contar con un presupuesto boyante, y que esa carencia se traducirá en una parrilla frágil.
El segundo frente de crítica apunta al modelo de negocio. Lanzar una cadena lineal cuando el consumo se desplaza al vídeo bajo demanda es, para buena parte de los análisis, repetir la jugada del videoclub en la era del streaming. La comparación con proyectos anteriores de perfil ideológico similar y vida corta aparece de forma recurrente: se les augura un recorrido limitado y una dependencia excesiva de patrocinios y subvenciones.
El público objetivo que no sintoniza
El tercer argumento, quizá el más incómodo, tiene que ver con la audiencia. Se señala que el espectador potencial de este tipo de propuestas es un público de edad avanzada, apegado a las cadenas de siempre, que no busca activamente nuevas señales ni sabe cómo sintonizarlas. Es decir: el nicho al que se dirige el proyecto no es el que consume televisión lineal, y el que la consume no va a cambiar de hábito por un vídeo de presentación.
A eso se suma la sospecha sobre la financiación. La idea de que el proyecto pueda sostenerse con dinero público o con patrocinios ideológicamente afines recorre buena parte de las réplicas. El cálculo que subyace es simple: si la audiencia no llega, alguien tendrá que cubrir el agujero. Y ese alguien, se argumenta, no será el mercado.
¿Merece la pena lanzar una cadena de televisión en un mercado que se apaga? La respuesta depende de si el objetivo es informar, influir o simplemente ocupar un espacio en el relato. Lo que no admite discusión es que el vídeo de presentación ha generado más dudas que certezas, y que el proyecto tendrá que demostrar en audiencia lo que no ha conseguido en expectación.