La IA no viene a servirte: viene a que la veas como un amigo
Cada vez más restaurantes colocan robots con caras tiernas para servir mesas. Cada vez más asistentes conversacionales reciben voces humanas y modales de colega. No es casualidad: hay una intención deliberada de que establezcamos un vínculo afectivo con la inteligencia artificial. La tesis que recorre el asunto es que, si la percibimos como a un igual, nos sentimos superiores y creemos tener algún poder sobre ella. Y mientras tanto, la digitalización desmaterializa el mundo: ya no hay objetos, sino información.
El vínculo emocional como herramienta de control
La humanización de la IA no es un detalle estético. Poner voz de persona a un chat, bautizarlo con nombre propio o diseñar robots camareros con ojos grandes busca que bajemos la guardia. La hipótesis que se maneja es que ese vínculo nos coloca en una posición de supuesta superioridad: como en cualquier relación, creemos tener influencia sobre ella. Es la misma lógica del jefe que tutea al becario para que trabaje más a gusto. La IA no necesita que le caigamos bien. Nosotros sí necesitamos creer que mandamos.
La desmaterialización del mundo y el scroll infinito
La digitalización convierte los objetos en información. Todo está al alcance de un clic, y precisamente por eso ya no investigamos nada. No hay esfuerzo, no hay recompensa. En su lugar consumimos contenido vacío, cargado de estímulos y dopamina, diseñado para retenernos. Horas de scroll en TikTok. El resultado es una capacidad de atención cada vez más dañada, una impaciencia creciente y una mentalidad resultadista que exige gratificación inmediata. El dato incómodo: cuanto más fácil es acceder a todo, menos nos interesamos por algo.
La revolución que ya ocurrió otras veces
El miedo a la IA no es nuevo. Ya pasó con la pólvora, la imprenta, la máquina de vapor, la industria y la energía atómica. La diferencia, según se argumenta, es la escala. También hay quien recuerda que el ábaco supuso lo mismo en su día. La historia sugiere que la tecnología no decide por sí sola quién gana y quién pierde: lo hace el marco económico. En el capitalismo, la IA es otra herramienta para explotar al obrero; en el comunismo, se usaría para la emancipación definitiva de la clase obrera. El problema es que la experiencia histórica no respalda esa segunda parte: de China llegan noticias de vigilancia y control social, y la élite, sea cual sea, sueña con eso.
Robots que cuidan ancianos y pornochachas que no tocan los cojones
Hay un lado positivo que conviene no perder de vista. Miles de robots cuidando ancianos, haciendo posible que muchos dependientes vivan solos, realizando tareas del hogar o sirviendo comandas. Una liberación, se dice. La respuesta cínica no tarda: aquí lo que se imagina es una legión de pornochachas robóticas que no hablan, no envejecen y hacen todo lo que les digas. Entre la utopía del cuidado y la distopía del consumo, la pregunta de fondo sigue sin respuesta: si humanizamos a la IA para sentirnos superiores, ¿quién acabará esclavizando a quién?
Hay quien sostiene que la mayor crisis de salud mental de nuestra especie está por llegar. La mayoría no desarrolla pensamientos propios: adopta lo que pensaron otros y lo repite con nuevas palabras. La IA funciona igual, solo que más rápido, más preciso y a una escala que ningún humano puede igualar. Con eso empieza una evolución para la que nadie está preparado. El análisis se atasca exactamente ahí: en si el vínculo que nos ofrecen es una herramienta de liberación o una correa.