El PSOE pierde plazas y el relato de la muerte política se adelanta a los datos
El resultado electoral del 28 de mayo deja al PSOE con menos poder municipal y a
Pedro Sánchez en el centro de todos los pronósticos. La conclusión que circula en parte del análisis es contundente: es un cadáver político. La realidad, sin embargo, es más incómoda. El mismo dirigente fue dado por defenestrado antes y reapareció. Y el PP, que hoy celebra, gobierna con una parte del voto que antes se repartía entre varias siglas.
La aritmética del desgaste
El mapa municipal cambia de color, pero la suma de votos no borra a nadie. Hay quien sostiene que el PP está desdoblado y que eso le impide cerrar mayorías absolutas en comunidades como Castilla-La Mancha o Asturias. El cálculo alternativo es que la subida de Vox recoge voto ciudadano y que el grueso del trasvase viene de la abstención y del desplome de la izquierda a la izquierda del PSOE. Ninguna de las dos lecturas cierra el debate.
Mala hierba nunca muere, resume una de las corrientes. Otra responde con el calendario: las generales están por convocar y el ventilador puede sacar cualquier cosa. La comparación con mayo de 2011 aparece varias veces, y no es casual. Entonces el PSOE también encajó una derrota municipal severa y el presidente del Gobierno salió después.
El PP que no gana donde debería
La lectura más incisiva del resultado no es la del PSOE, sino la del
Partido Popular. Con Vox al alza, el PP necesita sumar para gobernar donde antes le bastaba. Eso obliga a pactos y a renunciar al discurso de mayoría natural. La hipótesis de que el electorado de centro-derecha se ha dividido en dos marcas explica mejor la ausencia de mayorías absolutas que cualquier crónica de triunfo.
El cadáver tiene todavía presidencia europea en el horizonte y capacidad de maniobra institucional. Quien lo entierra políticamente lo hace con la misma
seguridad con la que se enterró a otros dirigentes que después volvieron a gobernar.
Qué queda por ver
La pregunta abierta no es si Sánchez está acabado, sino si su partido puede reconstruirse sin él. La izquierda a su izquierda se ha desinflado y su electorado se ha repartido entre la abstención y nuevas siglas. Con ese punto de partida, la resurrección es posible y la defunción es una apuesta, no un hecho.