El PP se atrinchera en la oposición ante el desgaste electoral
La política española vive instalada en una paradoja que empieza a ser rentable para unos y letal para otros. Mientras el Gobierno de Pedro Sánchez acumula desgaste por la vía de la deuda y el anuncio de una era de austeridad, la oposición conservadora parece haber encontrado en la queja permanente un refugio más cómodo que la responsabilidad de gobernar. El análisis que domina estos días en los mentideros económicos apunta a un fenómeno curioso: los dos principales referentes de la derecha, Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal, habrían quedado retratados como cadáveres electorales antes de que se celebre cualquier cita con las urnas.
El timing del «perro» y el error de los colmillos
La tesis que circula con más fuerza sostiene que Sánchez ha sabido esperar su momento. Como Napoleón en Austerlitz, habría dejado que sus rivales se confiaran y mostraran sus cartas antes de mover ficha. Primero, Vox amagó con privatizar las pensiones con un gesto que muchos interpretaron como un guiño a los mercados. Después, el PP dejó caer la posibilidad de recortar las bajas médicas y advirtió de una época de sacrificios. Ese doble movimiento, según este relato, habría sido el fallo que el presidente esperaba para machacar a la oposición y obligarla a ponerse a la defensiva.
La consecuencia es que el ritmo de la batalla, la campaña y la guerra lo lleva ahora el inquilino de La Moncloa, mientras sus adversarios intentan explicar lo que quisieron decir. Hay quien sostiene que Feijóo nunca tuvo especial interés en ser presidente y que se encuentra más cómodo como líder de la oposición, cobrando un sueldo del partido que se suma a su acta de diputado. La duda sobre sus verdaderas intenciones planea sobre cada comparecencia.
El relato de los recortes y la memoria selectiva
El anuncio de una era de austeridad ha reabierto un viejo fantasma. Durante años, la derecha ha advertido de que las pensiones eran insostenibles y de que habría que recortar. Sin embargo, una parte del análisis recuerda que fue el Gobierno de Mariano Rajoy el que vació la hucha de las pensiones para rescatar a los bancos durante la crisis financiera. La discusión sobre quién paga la fiesta no es nueva, pero ahora se mezcla con la emisión de deuda y el aumento del gasto público.
Los datos macroeconómicos que se manejan en los círculos financieros dibujan un escenario extraño. Se habla de los mejores registros de la historia de España en términos de PIB, pero también de una deuda pública que no deja de crecer y de una inflación que corroe el ahorro. El margen de maniobra se estrecha y la sensación es que el país está instalado en una locura monetaria que nadie sabe cómo desmontar sin provocar un estallido social.
¿Por qué se dice que Feijóo es un cadáver electoral?
La expresión se ha popularizado para describir la situación de un líder que, pese a tener opciones de gobernar, parece haber perdido la iniciativa política. Feijóo llegó a la presidencia del PP con la promesa de una gestión moderada y de no entrar en temas controvertidos. Sin embargo, sus declaraciones sobre las bajas médicas y su incapacidad para marcar un discurso propio frente a Sánchez han alimentado la percepción de que es un político reactivo. La comparación con Rajoy, que supo no despertar al votante durmiente y centrarse en bajadas de impuestos, le resulta especialmente dañina.
El factor Vox y el desgaste de la derecha
Vox no sale mejor parado. La formación de Abascal ha intentado capitalizar el descontento con el Gobierno, pero sus amagos con privatizar las pensiones y su alineamiento con figuras internacionales como Trump o Milei han generado un rechazo que va más allá del electorado progresista. La idea de que la derecha ha sido saboteada por sus propios líderes empieza a calar incluso entre votantes conservadores.
La paradoja es que, mientras el PSOE se enfrenta a un desgaste evidente por su gestión económica y su dependencia de los independentistas, la oposición no logra capitalizarlo. La abstención se presenta como la única salida para muchos, lo que beneficia a quien controla el relato y el aparato del Estado.
La trampa de la abstención
Hay un consenso creciente en que el sistema percibe al abstencionista como un sujeto pasivo y conforme. No votar no es una forma de castigar a los políticos, sino de dejar que otros decidan por ti. La política se convierte así en una distracción para idiotas, como algunos la definen, y participar en ella te hace cómplice de un juego que parece diseñado para que todo siga igual.
El problema es que, sin una alternativa creíble, el votante conservador se encuentra atrapado. No puede votar a un PP que no sabe qué hacer con el poder ni a un Vox que asusta a los moderados. Y mientras tanto, el Gobierno sigue endeudando el país y repartiendo cheques entre sus socios.
El futuro de la derecha española
La pregunta que planea sobre el análisis es si la derecha española tiene algún proyecto más allá de esperar a que Sánchez se estrelle. La historia reciente sugiere que no. Desde Aznar, ningún presidente del PP ha completado dos legislaturas seguidas. Feijóo, con su perfil bajo y su tendencia a la metedura de pata, no parece el hombre llamado a romper esa dinámica.
Mientras tanto, el Gobierno sigue jugando sus cartas. La última jugada ha sido la Ley de Memoria Democrática, que equipara a los nietos del exilio republicano con los del franquismo. Es un movimiento que busca movilizar a su electorado y dividir a la oposición. Y funciona.
El análisis se atasca aquí. No hay una respuesta clara sobre qué pasará en las próximas elecciones. Solo la certeza de que, pase lo que pase, los grandes sueldos, las dietas y los privilegios de la clase política seguirán intactos. Un jaque mate al sistema en toda regla.