El mantra del ahorro no cuadra con el precio del zulo
Un piso de 90 metros al precio medio de este año ronda los
220.000 euros. El banco financia el 80%. Entre entrada, impuestos y gastos hay que juntar cerca del 30%: unos
66.000 euros. Si ese dinero sale de las dos o tres escapadas anuales que se ventilan unos 1.000 euros, la cuenta es sencilla y demoledora:
66 años guardando cada euro. El mantra del ahorro, repetido estos días en campaña electoral, se estrella contra esa aritmética. Y no es una opinión: es división.
La discusión estalló a raíz de un mensaje que acusaba al tándem de campaña de convertir el ahorro en coartada: si los jóvenes no compran, dicen, es porque no quieren. A partir de ahí, el asunto derivó hacia los impuestos de sucesiones, las herencias que se rechazan por no poder pagarlas, la ayuda familiar como verdadero motor de la compra y el papel del Estado en todo el embrollo.
Cuánto hay que ahorrar para la entrada de un piso
El cálculo más repetido parte de una base conservadora: 90 metros cuadrados, precio medio, financiación del 80%. Quedan 44.000 euros de principal más impuestos y gastos hasta sumar esos 66.000. Ahorrando 500 euros al mes,
que ya es mucho con sueldo de joven, salen once años. La calculadora de iAhorro, con salarios de menores de 35 y apartando el 20% del sueldo, eleva la cifra a casi
20 años.
El dato que más dice no es la tasa de ahorro. Según un estudio de Keller Williams, el
78% de los jóvenes que compran lo hacen con ayuda de la familia. Ahorrar ayuda; lo que decide quién compra hoy es si tienes padres que puedan poner la entrada. La discusión, por tanto, no va de renunciar al café: va de herencia en vida.
El impuesto de sucesiones y las herencias que se rechazan
En paralelo al mantra del ahorro, otra línea del asunto apunta a las herencias. Hay quien sostiene que conviene ahorrar precisamente para pagar los impuestos correspondientes, y que resulta llamativo el goteo de casos en los que se renuncia a una herencia por no poder afrontar la factura fiscal. El argumento tiene su lógica contable: los tributos se pueden liquidar con el dinero que haya en la cuenta del fallecido, si lo hay.
El problema aparece cuando la herencia es un inmueble y la liquidez, cero. Ahí el ahorro previo no es una virtud moral: es la única forma de no perder lo heredado. La paradoja es fina: se pide a los jóvenes que ahorren para comprar y, a la vez, se les exige ahorro para no renunciar a lo que les dejen.
Quién puede comprar hoy y quién no
Los números de accesibilidad que circulan en el análisis dibujan un mapa incómodo. Con una meta mensual de 350 a 400 euros, juntar 50.000 en diez años está al alcance de un 18% de la población en solitario y de un 45% en pareja. Subir a 750-850 euros mensuales reduce el grupo al 6% individual y al 22% en hogar. Y en el tramo de 1.300 a 1.600 euros al mes, la proporción cae por debajo del 2% individual. El cálculo completo, desglosado por tramos, deja un retrato bastante crudo de la escalera inmobiliaria.
Hay quien lo resume sin paños calientes: con sueldo medio, o te emparejas o nada. Y aun así toca apretarse entre cinco y diez años. La vivienda ha dejado de ser un proyecto individual para convertirse en una operación de dos sueldos y, cada vez más, de tres (los dos tuyos y los de tus padres).
El ahorro en época de inflación alta
Otra corriente del análisis sostiene que ahorrar en un momento de inflación elevada es un error de manual. El dinero quieto pierde poder de compra; lo razonable, dicen, es colocarlo en algo que al menos dé una rentabilidad neutra. El consejo choca con la realidad de quien no tiene excedente: para invertir hay que tener algo que invertir, y esa es la pregunta que nadie contesta con gráficos.
La ironía es que el mantra del ahorro se lanza a una generación que, en muchos casos, no llega a fin de mes. Pedir sacrificio a quien ya vive apretado no es educación financiera: es retórica. Y la retórica, en campaña, suele durar lo que dura el cartel.
El relato oficial y sus grietas
El asunto tiene una pata política evidente. Se acusa al tándem de campaña de usar el ahorro como escudo para desviar el foco del verdadero problema: el precio del suelo, la escasez de oferta y la concentración de la propiedad. Si el diagnóstico es que los jóvenes no ahorran, la solución es individual. Si el diagnóstico es que el mercado está roto, la solución es colectiva. La elección del marco no es inocente.
En el otro extremo, hay quien defiende que el Estado es parte del problema y no de la solución, y quien responde que liberalizar el suelo no abarataría nada mientras los propietarios fijen precios. El intercambio se calienta y, como suele ocurrir, los datos quedan enterrados bajo los adjetivos.
¿Cuánto tiene que cambiar el mercado para que la entrada de un piso deje de ser un asunto familiar?