La política como nueva religión rompe amistades
Hay una escena que se repite cada vez más: alguien deja de seguir a un amigo de la infancia en redes sociales porque sus ideas políticas no encajan. No es un caso aislado. En el contexto de las tensiones políticas de los últimos años, un mensaje viral lo resume con crudeza: «Algunos amigos de la infancia, y otros a los que he tratado estos últimos años, me han dejado de seguir en Instagram por mis ideas políticas». La pregunta que sobrevuela no es ya si la política divide, sino si merece la pena perder afectos por ella.
El diagnóstico que más se repite apunta a un cambio de estrategia en la izquierda española. Se sostiene que desde la etapa de
Zapatero —con aquella frase de «nos conviene que haya tensión»— y luego con el giro del PSOE, se pasó a un lenguaje más beligerante y a una táctica de
divide y vencerás. La fragmentación, se argumenta, favorece a quien la promueve: hombres contra mujeres, jóvenes contra mayores, público contra privado, propietarios contra inquilinos. Cada cierto tiempo se abre un frente nuevo.
La política como religión sustituta
La comparación más repetida es la de la fe. «La política es la nueva religión y los políticos los líderes espirituales», resume una idea que circula con fuerza. Desde esa lógica, quien opina distinto no es un adversario legítimo, sino un hereje al que hay que combatir. El resultado es un sectarismo que, lejos de ser exclusivamente español, se extiende por las democracias occidentales.
Frente a ese clima, hay quien reivindica el distanciamiento como higiene mental. «Yo estoy dejando de hablar con gente que está sumisa y absorbida con el socialismo», confiesa un participante, «y no es que me dé pena, es que es necesario por salud mental». Otros van más allá y sostienen que los políticos, en realidad, se llevan bien entre ellos: el enfrentamiento sería un
teatro para mantener entretenida a una base que se pelea mientras ellos comparten yates y aficiones.
El modelo suizo: gobierno colegiado y cantones que compiten
La propuesta más citada como antídoto es Suiza. Allí el gobierno federal es colegiado y rotatorio, y la mayoría de la población no sabría decir quién es el presidente de turno. La política cotidiana es local, muy descentralizada, y los cantones compiten entre sí, lo que limita las tonterías. Es cierto que algunos referendos generan crispación, pero la participación habitual se mueve entre el 40% y el 50%.
No todos compran el modelo. Una objeción recurrente señala que Suiza es precisamente donde las élites tienen su cuartel general: el país que no fue tocado en las dos guerras mundiales, que custodia riqueza en divisas, oro y diamantes de medio mundo y que acoge foros como el de Davos. También se recuerda que Suiza se encarga de la seguridad del Vaticano. La desconfianza hacia cualquier relato oficial, incluido el suizo, es moneda común.
El borreguismo y la imposibilidad de hablar de otra cosa
El diagnóstico más duro apunta a una incapacidad general de análisis. «Sin capacidad de análisis se recurre siempre a los equipos de fútbol y a los partidos políticos, que son lo mismo», sentencia un mensaje. La política funcionaría como el fútbol: un identificador tribal que permite pertenecer sin pensar. Y en ese marco, la gente «normal» se pelea por unos representantes que, en privado, se ríen de ellos.
La queja se extiende al ámbito laboral. Hay quien no se imagina trabajar en una oficina española donde haya que decir «nosotros y nosotras», o donde cualquier conversación derive en ideología. La polarización no solo rompe amistades: contamina el trabajo, la familia y la mesa de Navidad. La pregunta inicial —si es triste que la gente normal se pelee por los políticos— queda respondida por los hechos: no solo es triste, es rentable para quien vive de la confrontación.
El análisis se atasca en un punto incómodo: si el sistema premia la división, ¿quién tiene incentivos reales para frenarla?