Seis años de experiencia técnica para cobrar 23.000 euros brutos
Un profesional con formación técnica, inglés fluido, capacidad de resolver incidencias que nadie sabe reproducir y disponibilidad para reunirse con clientes internacionales. Seis años después de empezar, su salario ha pasado de 18.000 a 23.000 euros brutos anuales. Un 20% de subida en seis ejercicios, en doce pagas, que se traduce en unos 1.500 euros netos al mes. El cálculo lo firma un responsable de equipo que dice tener a más de 200 ingenieros a su cargo, y el dato descoloca: ¿para qué estudiar informática si la responsabilidad crece más rápido que la nómina?
La tesis no es que el sector pague mal por definición. Es que buena parte del empleo tecnológico español se concentra en puestos de soporte, implantación, administración de sistemas, consultoría y operaciones donde las bandas salariales están contenidas y la capacidad de negociación es mínima. Mientras tanto, el coste de la vivienda en las ciudades donde se concentra ese empleo ha convertido la mejora del 20% en una broma de mal gusto.
De 18.000 a 23.000 euros en seis años: la cuenta que no sale
El punto de partida es una cifra concreta: hace seis años, muchos de esos profesionales cobraban 18.000 euros brutos. Hoy, el más espabilado del grupo que describe el autor está en unos 23.000. Son 5.000 euros más, un 20% de incremento acumulado que, repartido en seis años, se queda por debajo de la inflación acumulada del periodo. La subida existe. El poder de compra, no.
El contraste con la vivienda es el que rompe el relato. El mismo autor cuenta que hace seis años estuvo a punto de comprar un piso por 45.000 euros en una zona mala. Hoy ese piso no está a la venta y el zulo más barato de la misma zona se ha convertido en otra cosa. El salario subió un 20%; el ladrillo, bastante más.
La paradoja se completa con la formación continua. En informática se da por hecho que hay que seguir estudiando toda la vida: certificarse, aprender tecnologías nuevas, adaptarse a cada producto. Todo eso mientras se resuelven las incidencias que otros no saben resolver. Cuando llega la hora de pagar, ese conocimiento deja de tener valor.
El sector es más ancho que el desarrollo de software
El error de bulto, señala el planteamiento, es reducir la informática a programar para una tecnológica extranjera. Hay soporte técnico, implantación de producto, administración de sistemas, consultoría, operaciones, mantenimiento e integración. Puestos que exigen conocimiento real y que no se remuneran como cabría esperar.
En esa distinción insiste otra corriente del análisis: la informática es un paraguas tan amplio como la construcción, y no es lo mismo un peón de albañil que quien diseña plataformas petrolíferas. El problema aparece cuando el mercado trata como peón a quien diseña. La consecuencia práctica es que muchas empresas contratan perfiles de ingeniería superior para pagarles como técnico, y las bandas salariales se aplastan por abajo.
El mundillo de los ERP merece capítulo aparte. La figura del consultor se describe como muerte en vida: raramente se pasa de 30.000 euros, con la responsabilidad de lidiar a diario con clientes, equipos de producto y documentación incompleta. El cálculo completo de cuánto se pierde por el camino, con horas, guardias y desplazamientos, da una diferencia que sorprende.
El contraargumento: si eres bueno, 45.000 euros
La réplica más repetida es que 23.000 euros con seis años de experiencia no demuestra que el sector pague mal, sino que ese profesional concreto no es tan espabilado. Hay quien sostiene que quien aporta valor de verdad —diseña arquitecturas, planifica, se reúne con el cliente desde los requisitos hasta la entrega y se hace visible— rara vez baja de los 45.000 euros. Y quien dirige equipos y se come los marrones, más.
El matiz que introduce esa misma corriente es incómodo para el relato del esfuerzo: si te quedas picando código, no esperes cobrar como ingeniero senior, porque estás haciendo el trabajo de un ciclo formativo. La titulación no es el puesto. El título no paga; la función, sí.
Enfrente, la respuesta es que esa horquilla existe, pero es la excepción estadística, no la norma. Los salarios de seis cifras que se airean en redes corresponden a perfiles muy concretos, a menudo en remoto para empresas extranjeras, y funcionan como espejismo. La mayoría del empleo tecnológico español no está ahí.
La IA como excusa y como amenaza
El debate incorpora un factor nuevo: la inteligencia artificial. Una parte del análisis sostiene que ser «muy bueno» ya no basta, porque un junior con un modelo de lenguaje gratuito compite con el mejor de su quinta. Otra lo lleva al extremo: si una herramienta hace el trabajo por 2.400 euros al año, la pregunta es qué queda del salario de 23.000.
La lectura opuesta es que la IA cambia el trabajo, no lo elimina. Lo viejo hay que mantenerlo y lo nuevo hay que implantarlo, y eso requiere manos. El mantenimiento de sistemas heredados —gobiernos con servidores fuera de soporte desde hace más de una década— es un nicho que no se resuelve con un prompt.
El consenso mínimo: la formación continua ya no es una ventaja competitiva, es el precio de entrada. Y ese precio no se está pagando en la nómina.
Con estos diferenciales, la huida hacia la función pública debería ser masiva. Y lo está siendo: hay quien ya tiene su plaza en un cuerpo técnico y señala que las oposiciones TIC viven años buenos con poca competencia. El resto sigue esperando la subida que siempre está a la vuelta de la esquina.