El hilo se va a la infancia: lima, destornillador y descampado
El hilo ya no va de ajedrez. Va de la lima, del destornillador afilado contra el cemento y de un amigo al que llamaban el Jesucristo porque otro le atravesó el pie jugando. Karl Konrad Koreander abre la veda y Zbigniew le sigue:
«también lo hacíamos con un destornillador». Tres páginas de nostalgia del descampado antes de que alguien vuelva a mover una pieza.
Qué se ha sabido
fayser trae el dato que faltaba: un enlace a
jugadores de ajedrez per cápita registrados en chess.com. No es una encuesta de conocimiento, es participación en una plataforma. Y avisa:
«Habrá quien diga que sabe jugar pero apenas sabe las reglas».
Lain Coubert suelta que en Europa sabe jugar el 70%, aunque matiza que muchos chinos y asiáticos no juegan a eso. arangul aporta su caso: en una escuela pública rural de la España profunda de los años 70,
«prácticamente todos sabíamos y jugábamos al ajedrez en invierno o días de mal tiempo». Waterman pide rangos de edad: sospecha que en la generación X el porcentaje sería mucho más alto que entre los críos con pantallas. Kalevala recuerda los Juegos Reunidos Geyper y las cartas en la piscina: tute, cinquillo, burro, el mentiroso, la brisca.
Taliván Hortográfico corrige la historia: el ajedrez en el Medievo y el Renacimiento gozaba de prestigio, pero en el Barroco degeneró a juego de truhanes en los cafés. Y sobre Capablanca: nació ciudadano español en Cuba cuando aún era España, sus padres eran peninsulares, y murió por una hipertensión brutal. Añade que el estilo posicional de Pomar y Capablanca era parecido, pero en los finales uno era un genio y el otro simplemente muy bueno.
Sciascia cuenta que en la mili jugaban en las guardias y había un gitano que ya venía aprendido.
«Igual eran otros tiempos».
Dónde está la bronca
Policía Pérez lanza el argumento que reabre el fuego: nadie joven juega porque cualquiera con un móvil puede mirar la jugada ganadora, y gran parte del edge del ajedrez es memorizar aperturas. Lo compara con los videojuegos de lucha, arruinados por combos de memoria, y reivindica el Advance Wars como mejor juego porque premia la estrategia. Manteka responde que a él siempre le ha parecido aburrido, pero pensaba que todo el mundo al menos conoce las reglas. core pregunta directamente:
«¿A saber mover las fichas o saber jugar?».
vegahermosa insiste en que una cosa es jugar y otra jugar bien, y que quien mantiene la práctica puede considerarse afortunado porque no es lo común en España. Él prefiere damas, mus o una tragaperras. Zbigniew zanja con un clásico:
«Todos pegamos patadas al balón y no saltamos al Olímpico de Munich».
nemonobody mete el pie en un charco: sostiene que el ajedrez ayuda a aprender a pensar y a no acabar siendo albañil, con todo el respeto a los albañiles. zirick responde con un exabrupto ideológico. fayser cierra por la vía del sarcasmo:
«Reconócelo... no sabes jugar al ajedrez».
cacho_perro entra a saco: para qué quieres saber eso si las IA juegan por ti y te ganan siempre. Mocap sentencia que cada día la gente es más retrasada y que como para jugar al ajedrez están.
Qué cambia respecto a antes
La Rithmomachia y el siglo XVII quedan atrás. El hilo se ha partido en tres: los que cuentan la infancia callejera, los que aportan datos de participación o de escuela rural, y los que discuten si el ajedrez premia la memoria o la estrategia. La predicción de que el porcentaje sube con la edad queda sobre la mesa, sin resolver. Y entra un asunto nuevo: las máquinas y la IA como excusa para no aprender nada.
La infancia como argumento
Karl Konrad Koreander recuerda que afilaban el destornillador contra el cemento y eran punzones mortales, y que no pasaba nada, menos al Jesucristo. Zbigniew lamenta que la democracia asfaltó las calles y ya no hay barro, y que ahora te multarían por llevar un destornillador. vegahermosa sentencia que en España se juega más al dominó que a las damas, y que las damas eran cosa de niños. Risitas añade que el ajedrez, como la brisca o el tute, era entretenimiento cuando no había internet ni videojuegos, y que ahora los chavales juegan a otra cosa, más distanciados desde casa.