Dos foreros chocan por si el ajedrez deja sitio a la creatividad
pepetemete abre fuego con la teoría del móvil: con toda la tecnología encima, ¿quién quiere sentarse a jugar al ajedrez? wxyz le contesta que es justo al revés, que ahora se pueden echar miles de partidas contra gente de medio mundo sin levantarse del sofá. Emilio Goteras zanja el intercambio con un dato doméstico:
yo juego en el iPad. Y a partir de ahí el hilo se parte en dos: la bronca tecnológica y la de verdad, la de qué demonios significa saber jugar.
Qué se ha sabido
En la tarde del 4 de octubre el hilo se llena de experiencias personales más que de estadísticas. Emilio Goteras confiesa que pensaba que sabía jugar todo el mundo y que se quedó de piedra al comprobar que no. Insiste en que no va con desprecio, que simplemente daba por hecho que al menos los movimientos los conocía cualquiera. Preñeitor va en dirección contraria: dice que a él le parecía alta la cifra, que esperaba menos, y suelta la razón de fondo, que nunca ha encontrado a nadie con quien jugar. Sistémico lo lleva a su terreno de siempre: la población lee pero no comprende, escribe sin léxico ni sintaxis.
weyler cuenta que aprendió en el instituto, en una asignatura de 3º de ESO que se llamaba
«juegos de lógica y estrategia», donde se jugaba al ajedrez, a las damas y al tres en raya, y que desde entonces solo ha jugado una vez con un amigo. Ibar probó en chess.com después de ver Gambito de Dama. Viva Bankia manque pierda aprendió de pequeño, le pareció un tostón y no volvió; se quedó con el Risk y los juegos de estrategia militar. Otro forero recuerda que entre los
7 y los 9 años jugaba todos los domingos con su padre, que lo que quería era echarse la siesta, y que con su madre se aburría porque le dejaba ganar. midelburgo resume el asunto nacional en una línea: España es más de parchís.
Zbigniew aporta la anécdota más cara del tramo:
200 dólares perdidos en una partida callejera contra un rival que, dice, tenía más calle y más formación que él. Amenaza con pedir la revancha y calcula que le habría sacado
400. Menciona a Arturo Pomar y a las Cartas de Alou, y Karl Konrad Koreander responde que tuvo que buscarlo porque no sabía quién era. RadicalLibre pone el contrapunto de nivel: jugó campeonatos de crío, quedó en el
top 5, y de lo del peón al paso se enteró hace un par de años. Emilio Goteras le explica de dónde viene la regla: se instauró cuando los peones empezaron a poder avanzar dos casillas, así que no era un movimiento originario del juego.
El centinela suelta la salida de tono política del día: esto demuestra que no debería poder votar más de un 15% de la población. Tanchus cuenta que se cruzó con Magnus Carlsen por Bilbao cuando no lo conocía casi nadie y que después, en La Alhóndiga, se topó con Leontxo García y una pecera gigante en la que se estaba jugando una Final de Maestros del Grande Slam sin anunciar en ningún sitio. Se queja de que un acto así no llene y otros sí.
Dónde está la bronca
La pelea buena no es la del móvil, es la de Gatico contra Tanchus. Gatico dice que sabe jugar pero que le aburre, que al final solo son matemáticas y que no hay demasiado espacio para la improvisación y la creatividad. Tanchus no se lo deja pasar y le responde que entonces no sabe jugar al ajedrez, que solo sabe cómo se mueven las piezas. Ahí está el eje de todo el tramo: reglas frente a juego, mover frente a pensar.
La otra discusión es la tecnológica, y se queda a medias. pepetemete insiste en que no hablaba de la posibilidad de jugar en internet, sino del juego en sí y de lo que compite con él: vídeos en bucle, dice, y pone el ejemplo del póker o del hundir la flota, que también están online y no juega nadie. wxyz y Emilio ya habían defendido lo contrario. Duda Metódica mete la cuña romántica: se ha perdido el romanticismo que tenía el juego, ahora todo son análisis de computadoras. AntiT0d0 cierra por arriba con el argumento de siempre: las normas son simples, jugar bien es dificilísimo y hace falta una cabeza bien amueblada.
En medio, Karl Konrad Koreander sostiene que la formación no tiene tanto que ver y saca a relucir a los jugadores callejeros que despluman a aficionados con estudios. Emilio Goteras le replica que él hablaba de probabilidad, no de seguridad.
Qué cambia respecto a antes
Hasta aquí se discutía cuánta gente sabe mover piezas. A partir de este tramo la pregunta cambia de sitio: se discute qué cuenta como saber jugar. Gatico abre esa puerta y Tanchus la cruza de un empujón. También entra material que antes no estaba: partidas en el iPad, chess.com después de una serie, una asignatura de instituto, campeonatos infantiles, una final de grande slam en Bilbao y 200 dólares perdidos en la calle. La idea de que la tecnología había enterrado el tablero no se sostiene sola: hay quien juega más que nunca y quien se aburre igual que antes.
Y con todo eso, el hilo sigue sin ponerse de acuerdo en lo básico, que es qué demonios estaban contando al principio.