Orgullo gay: la fiesta que se convirtió en macronegocio
La paradoja del Orgullo Gay es que, a medida que se han igualado los derechos legales, la manifestación original ha dado paso a un evento turístico de primera magnitud. En veinte años, el colectivo ha pasado de reivindicar derechos a protagonizar una celebración que llena hoteles y bares, con un impacto económico comparable al de las procesiones de Semana Santa o los San Fermines.
A lo largo del tiempo, la crítica ha ido ganando cuerpo: si el orgullo solo debería reservarse a los méritos conseguidos, ¿qué sentido tiene enorgullecerse de una orientación sexual? Esa corriente sostiene que la batalla legal está ganada y que las expresiones de júbilo deberían ser más comedidas. De fondo late otra pregunta incómoda: ¿el Orgullo es todavía una reivindicación o se ha convertido en otro producto más del turismo de eventos?
La comparación con las grandes citas festivas no es inocente. Los mismos que organizan procesiones y fallas manejan ahora el Orgullo, con un calendario de eventos que atrae a visitantes nacionales e internacionales. La
hostelería, los hoteles y el comercio se benefician, y la esencia reivindicativa se diluye en el color y el ruido.
Cuando todos los derechos están reconocidos, ¿qué queda del orgullo? Quizá la pregunta sea otra: ¿cuánto de lo que vemos en las calles es todavía una conquista y cuánto es simplemente una oportunidad de negocio?