Intxaurrondo califica de racista y homófobo al 20% de españoles
La presentadora Silvia Intxaurrondo calificó en directo en TVE a Vox de «homófobos, machistas y racistas». El gesto, según el tuit que abre la conversación, buscaba movilizar el voto hacia la izquierda. Y ahí está el problema: si el 20% del electorado es eso, no queda nada que discutir, solo que señalar.
La etiqueta no es un argumento, es un atajo. En plena campaña, calificar a un partido con tres adjetivos gruesos ahorra el trabajo de rebatir su programa. Quien lo hace gana el titular y pierde el debate. La respuesta del público, en cambio, fue la contraria a la buscada: varios mensajes coinciden en que la intervención les empuja a votar precisamente lo que se pretendía desactivar.
¿Por qué una televisión pública no puede pedir el voto?
El primer reproche técnico es de manual: TVE es una televisión pública y no puede pedir explícitamente el voto. Por eso el mensaje se envuelve en adjetivos en lugar de en una consigna. Es la forma indirecta de hacer campaña sin hacerla.
Sois unos mal pensados, ironiza uno de los mensajes: como si la cadena no supiera lo que hace.
Hay quien va más allá y pide cerrar RTVE directamente. No es una postura marginal en el tono de la conversación, aunque tampoco se concreta en cifras. Lo que sí queda claro es que la credibilidad del ente público se juega en estos gestos más que en cualquier informativo.
El 20% que se siente señalado y el voto útil
El segundo frente es la aritmética. Si el 20% de los españoles vota a Vox, llamarles racistas, homófobos y machistas equivale a llamárselo a uno de cada cinco votantes. Un mensaje que, en lugar de aislar al partido, cohesiona a su electorado. La reacción más repetida es la del votante que ya pensaba hacerlo y ahora tiene una razón más.
Aparece también el argumento del voto útil: no votar a Vox beneficia a Pedro Sánchez. Es la lógica del mal menor que se usa en ambos bandos y que convierte cada elección en un plebiscito contra alguien.
La desmovilización como resultado no buscado
El tercer efecto es el más incómodo para quien lanzó el mensaje: parte del electorado concluye que votar es de ingenuos. La abstención crece cuando el debate se convierte en un intercambio de etiquetas. Si todos los partidos son lo mismo, el domingo da igual.
Con este panorama, la predicción es reservada: la etiqueta movilizará a los ya convencidos de cada lado y desanimará a los del medio. Si el objetivo era captar ese centro, el tiro salió por la culata. O quizá el objetivo nunca fue el centro.