100 libros al ebook para aislarse de las elecciones
Hay una forma de desconectar del ruido electoral que no pasa por apagar la televisión ni por irse al monte: meter cien libros en un lector de tinta electrónica y no salir de ahí hasta que escampe. El planteamiento es de una persona que tiene un familiar aficionado a los ebooks con cientos de títulos, sobre todo en ePub, y que dice haber montado una operación de filtrado en tres pasos: bajar los mejores 10.000 libros de Goodreads con sus valoraciones a un Excel, cruzarlos con la biblioteca del familiar y quedarse con 100. Después, cargarlos en un PocketBook y aislarse. La idea, resumida por quien la puso en marcha, es que no le coman el coco.
El método tiene su gracia como ejercicio de curaduría doméstica.
10.000 títulos con nota de la comunidad, un cruce de datos contra lo que ya hay en casa y una selección final de
100. Ni algoritmo de plataforma ni recomendación de librería: hoja de cálculo y criterio propio. La parte que chirría es la promesa de fondo, esa de que basta con encerrarse con cien libros para dejar de oír el ruido de fuera.
El ebook como refugio y como objeto de disputa
La conversación derivó rápido hacia el soporte. Hay quien defiende que leer en tinta electrónica es una incomodidad permanente: botones torpes para retroceder, marcas digitales que se pierden, la sensación de que el texto no se fija igual en la cabeza que sobre papel. Y sobre todo la biblioteca. Un lector no deja estantería, deja una carpeta o la memoria de un aparato.
Con lo que mola una balda con los libros del año, viene a decir esa corriente.
Enfrente está la experiencia de quien se pasó al ebook casi por probar y no ha vuelto atrás. El argumento es de logística doméstica: el papel acaba criando polvo, la biblioteca pública no siempre tiene lo que buscas y un archivo se borra cuando terminas.
Cada libro leído es un archivo que se elimina y a otra cosa. La disputa no es tecnológica, es de espacio y de hábitos.
¿Por qué el papel sigue ganando para una parte de los lectores?
Porque el libro físico funciona como registro visible de lo leído y como objeto que no depende de batería, sincronización ni formato. Quien lo defiende no habla de nostalgia: habla de poder volver atrás sin pelear con un menú, de saber por dónde ibas y de tener la casa poblada de lomos. La tesis de que la comprensión cambia según el soporte aparece en la conversación sin que nadie la respalde con un estudio, lo cual es relevante: se enuncia como creencia extendida, no como hallazgo.
Del otro lado, la comodidad es difícil de rebatir cuando se acumulan cientos de títulos. El
PocketBook cargado con cien libros pesa lo mismo que con uno. Ahí el papel no compite.
La anécdota que se cuela en cualquier conversación sobre lectores
El salto temático llegó solo, como suele pasar. De los ebooks se pasó a un episodio escolar que alguien recordaba entre bromas: una profesora que, al parecer, pedía muestras de semen a los alumnos de COU para analizarlas en clase. El asunto se comentó con guasa y derivó hacia la idea de que un lector electrónico podría haber servido como método anticonceptivo, ocurrencia que nadie desarrolló más allá del chiste. También apareció, de refilón, la sospecha de que la docente lo echaba al té. Material de sobremesa, sin más recorrido.
Mientras tanto, alguien pidió la lista de los cien libros. No hubo respuesta. Y un comentario recordó que hay trabajos, como el de barra, donde desconectar del ruido no es una decisión personal sino un lujo imposible.
El plan de los cien libros funciona como gesto: filtrar, elegir, cargar y cerrar la puerta. Lo que no resuelve es lo de después. Cuando termine el último ePub, el ruido seguirá ahí.