Iberoamérica multiplica por 20 la tasa de homicidios del Magreb, según un cálculo que circula en un foro
Un tuit con un vídeo de una pelea en un andén abre la enésima bronca sobre religión y criminalidad. El detonante es una imagen: alguien grabando a un grupo de evangelistas en una estación, y un comentario que da por hecho que el país se hunde «tolerando esto cuando vas a trabajar». A partir de ahí, la conversación deriva hacia un terreno mucho más medible: las tasas de homicidios por cada 100.000 habitantes y la comparación entre Iberoamérica y el mundo islámico.
Los números que se manejan en la discusión son crudos.
México ronda los 25-28 homicidios por 100.000 habitantes, mientras Marruecos se queda en torno a 1,3-1,5. La ratio resultante es de
x18-x20. Brasil, con 17-20 y bajando desde el pico de 2017, se compara con Turquía, en 2-3, lo que arroja un
x7-x8. La media regional iberoamericana se sitúa en 18-20, la más alta del planeta, frente a un mundo islámico completo —incluyendo Sahel, Nigeria e Irak— que se mueve entre 5 y 8.
¿Por qué la comparación directa entre países es tramposa?
El primer problema es que
los datos de los estados del Golfo no son fiables. No se publican violaciones ni delitos de honor, y las penas se aplican en la plaza pública. Una tasa de 0,5 en Emiratos o Catar no significa que no haya crimen: significa que el que firma la estadística acaba en el calabozo o no la firma nadie. Comparar Iberoamérica con el Golfo es como medir la criminalidad de la España de 1965 y concluir que los católicos son unos santos.
El segundo problema es el tamaño y la estructura del Estado.
Marruecos tiene 37 millones de habitantes y una policía política que no perdona. México tiene 130 millones, un tercio del territorio sin control estatal real y un vecino que le compra todo lo que produce el crimen organizado. La comparación directa, sin ajustar por desarrollo institucional, es como comparar la siniestralidad de una autopista con la de una carretera comarcal.
Cuando se compara por nivel de desarrollo y no por credo, la brecha se estrecha. Chile, Argentina y Uruguay, con tasas de 3-6, frente a Marruecos, Argelia, Irán y Egipto, con 1,5-4, ya no muestran un orden de magnitud, sino uno o dos puntos. Esos dos puntos son
Guardia Civil, jueces y Hacienda que funciona, no minaretes ni misas.
El Salvador y la mano dura: el dato que incomoda
Hay un argumento que se repite en la discusión: donde ha bajado la criminalidad en Latinoamérica ha sido donde se ha aplicado mano dura, no donde se ha puesto la otra mejilla. El caso de El Salvador se cita como ejemplo. Es un dato que incomoda a ambos lados, porque cuestiona tanto el relato de que la religión determina la violencia como el de que solo las políticas sociales la reducen.
La discusión también toca el evangelismo como fenómeno. Se le llama
«la peor religión del mundo» en un mensaje, y otro responde que si el que gritara fuera un musulmán,
«no estarían tan tranquilos los del andén». Son opiniones, no datos, y como tales se quedan: la correlación entre credo y criminalidad no se sostiene cuando se ajusta por instituciones, impunidad y control territorial.
¿Cuánto pesa el sesgo en la interpretación de los datos?
La conversación acaba en un cruce de acusaciones sobre sesgo. Se reprocha al análisis que justifica la criminalidad iberoamericana con excusas, y se responde que quien pregunta lleva tres mensajes intentando sacar la conclusión que ya tenía antes de preguntar. Los números, mientras tanto, no se retiran ni un decimal:
México ~25, Marruecos ~1,4; Brasil ~18, Turquía ~2,5.
El cierre del intercambio es todo menos académico. Hay insultos y referencias a otros usuarios. Debajo de todo eso queda un dato que descoloca: la región más violenta del planeta no es la más religiosa, ni la más pobre, sino la que tiene menos Estado en más kilómetros cuadrados.