Felipe González vuelve a incomodar al PSOE con su carisma
Felipe González sigue siendo el expresidente que mejor conecta con el votante desencantado, y eso, en la España de 2025, es un problema para el PSOE de Pedro Sánchez. Su entrevista con Carlos Alsina dejó una estampa que muchos leyeron como un ajuste de cuentas: el expresidente se mostró «cabal», crítico con la deriva del partido y, sobre todo, eficaz. La discusión posterior no fue sobre lo que dijo, sino sobre lo bien que quedó. Y ahí salta la alarma: si ese hombre se presentara, aún podría ganar.
El expresidente que deja en evidencia al PSOE actual
La tesis que recorre el análisis es que González representa un PSOE que ya no existe, o que existe solo en el recuerdo. Frente a la gestión de Sánchez, su figura se agranda por contraste: donde unos ven improvisación, otros recuerdan una etapa de control del relato y de poder territorial. La comparación, sin embargo, es tramposa. El propio expresidente construyó parte de ese relato con una sonrisa y una habilidad para no dejar huellas visibles. «Chiquillo, pero yo lo hice sin que se notara mucho», resume el cinismo que se le atribuye.
El problema para el partido es que ese carisma funciona. No hace falta que se presente: basta con que hable. Cada aparición suya reabre la pregunta de quién representa de verdad al socialismo español. Y la respuesta, para una parte del electorado, no está en Ferraz.
¿Por qué el PSOE teme el regreso mediático de González?
Porque su figura desactiva el argumento de la unidad. Mientras el partido pide disciplina, el expresidente se permite el lujo de la crítica sin consecuencias. No hay expulsión posible, no hay sanción creíble. Su palabra pesa más que la de cualquier dirigente actual, y eso erosiona la autoridad de la dirección. La paradoja es que González no necesita presentarse: le basta con existir para marcar el paso.
Hay quien sostiene que su vuelta es puro teatro, una forma de mantener cuota de pantalla. En contra pesa el dato de que su discurso conecta con un votante que el PSOE ha perdido: el que se siente huérfano de un partido que ya no reconoce. La entrevista con Alsina no fue una entrevista cualquiera; fue un ajuste de cuentas en directo, con sonrisa incluida.
El juego de las dos almas socialistas
La discusión derivó pronto hacia la comparación con otros nombres. Se citó a Alvise como ejemplo de lo contrario: el trilero que promete y no cumple. Frente a él, González aparece como un profesional del oficio, alguien que sabe cuándo hablar y cuándo callar. La distancia entre ambos es abismal, y eso también incomoda: el listón del expresidente deja en mal lugar a los que vinieron después.
No es solo una cuestión de estilo. Es una cuestión de poder. El PSOE actual se construyó sobre la ruptura con la etapa anterior, y cada aparición de González recuerda que esa ruptura fue más estética que real. La maquinaria del partido sigue funcionando igual, solo que ahora con otros nombres.
Lo que queda cuando se apaga el foco
El episodio deja una conclusión incómoda para propios y extraños: el carisma no se hereda. El PSOE puede gestionar el día a día, pero no puede fabricar un líder que conecte como lo hacía González. Y eso, a la larga, es una condena. La pregunta no es si el expresidente volverá a la primera línea, sino cuánto tiempo más podrá el partido vivir de su sombra sin que la sombra le devore.
La respuesta, como casi todo en política, depende de las encuestas. Y las encuestas, por ahora, no invitan al optimismo.