El derecho a no votar que te convierte en traidor de sobremesa
¿Por qué no votar ofende más que votar mal? Un jubilado le dice a su sobrino que no tiene perdón por abstenerse; el sobrino responde que PP y Vox no cambiarán nada y que el asunto es «una aspirina contra un
cáncer». La discusión escala cuando el joven menciona que el primer viaje de
Feijóo sería a
Marruecos y el tío responde que eso es mentira. Le enseña la noticia. El tío concede que le parece mal, pero remata: el indecente y el listo es el sobrino.
La escena, contada en primera persona en un foro de actualidad, resume una tensión que va más allá de la política: la abstención se percibe como una afrenta personal. La conversación familiar no trata de programas electorales, sino de lealtades. Y ahí nadie gana.
¿Por qué la abstención se vive como una traición?
La respuesta que circula en el debate es la polarización binaria. Según un participante, un porcentaje enorme de la población, bastante más de la mitad, funciona en términos binarios: izquierda o derecha, bueno o malo, amigo o enemigo. A alguien muy motivado por las elecciones le dices que no votas y te encuadra automáticamente entre su enemigo electoral. Por culpa de «la gente como tú» pueden ganar los otros, y en consecuencia te ve como un traidor, peor que a sus enemigos formales.
El corolario es la frase de «si no votas no tienes derecho a quejarte», como si los derechos nacieran de comulgar con el régimen político y no fueran inherentes a la persona. Hay quien avisa de que ese paso —privar de derechos civiles a quien no vota— es la puerta de entrada a algo peor.
El voto como deber cívico frente a la abstención como derecho
La otra corriente no discute la legalidad, sino la obligación moral. «Tenemos a España secuestrada por una banda de delincuentes y criminales, y es deber de todo buen español echar a esos criminales», sostiene un participante que, pese a confesar que no le gusta ir a votar, irá. La abstención, desde esa lógica, no es libertad: es rendición.
Enfrente, la defensa del derecho a no votar es igual de clara: «dentro del derecho a votar está la decisión personal de abstenerse». Y una variante práctica: decir que votarás aunque sea tapándote la nariz para que te dejen en paz, aunque sea mentira. La paz familiar tiene un precio.
El desgaste de discutir política con la familia
El propio autor del mensaje inicial cierra con un diagnóstico amargo: «La gente está muy mal de la cabeza». Otro participante le reprocha haberse enemistado con familiares por cosas ajenas, y apunta que lo inteligente sería no hacerlo. La respuesta del autor es que hace bien poniendo a los demás en su sitio e informándoles de la realidad.
Ahí está el nudo: no es un debate sobre Feijóo, Marruecos ni el PP. Es una pelea sobre quién tiene derecho a reprocharle a quién su relación con las urnas. Y en ese terreno, los datos no sirven de nada. La aspirina sigue sin curar el cáncer, pero el enfermo discute con el sobrino.