El mercado del ligoteo se rompe: ellas ya no necesitan al proveedor
El diagnóstico circula con la
seguridad de quien ha visto caer un negocio desde dentro: ligar se ha vuelto imposible. No es una queja de barra de bar. Es la constatación de un cambio estructural en el que las reglas de emparejamiento que funcionaron durante décadas han dejado de operar, y los que se quedaron fuera del reparto lo notan antes que nadie. La tesis dominante es simple y algo cruel:
ellas ya no necesitan pasar por el aro.
El argumento central no habla de amor, habla de incentivos. Antes, la mujer necesitaba al varón como proveedor para sostener un hogar; hoy, con una red social y una legión de candidatos disponibles, ese peaje desapareció.
Menear el culo por Instagram sustituye a la búsqueda de un compañero estable, y el resultado es un mercado donde la oferta masculina se acumula sin comprador. La consecuencia, según esta lectura, es que el varón medio compite contra un ideal que no existe y pierde siempre.
El Tinder que ya no funciona
La experiencia sobre el terreno apunta en la misma dirección. Quien antes cerraba citas cada dos o tres semanas ahora se topa con un muro: perfiles que exigen en su descripción un clon de estrella de cine y una competencia que multiplica por decenas la ratio de candidatos por cada perfil femenino.
La aplicación que prometía democratizar el ligoteo lo ha convertido en un embudo donde la mayoría de los hombres no pasa del primer filtro.
Hay quien sostiene que el fenómeno no es solo femenino. Los hombres también se retiran, y no por falta de interés, sino por cálculo: si el coste de intentarlo supera la recompensa esperada, el mercado se vacía por los dos lados. La diferencia es que ellas pueden permitirse esperar. Ellos, no.
Lo que ellas necesitan frente a lo que desean
El punto más discutido es el que separa necesidad de deseo. Una parte del análisis insiste en que la mujer busca siempre un hombre de alto valor, sea cual sea su propio nivel en la escala, y que esa aspiración no admite rebajas. Otra corriente lo matiza: lo que una persona necesita para construir una vida estable —hogar, fidelidad, seguridad— no coincide con lo que desea en un momento concreto, y confundir ambas cosas explica buena parte del desencuentro.
El reproche más duro va contra los que se niegan a reconocer su posición real.
Un varón sin recursos, sin atractivo y sin ambición no compite por una
pareja que aspira a algo mejor, y culpar al mercado de esa brecha es cómodo pero inútil. La queja, en el fondo, es una forma de no mirarse al espejo.
La nostalgia de los noventa y el veneno del empoderamiento
La comparación generacional es inevitable. En los noventa, solo las más agraciadas se comportaban como divas; las normales se emparejaban con varones equivalentes y las feas se quedaban fuera del baile.
El feminismo y el empoderamiento rompieron ese equilibrio, según esta lectura, y ahora todas aspiran a un mismo techo. La queja tiene algo de ajuste de cuentas con un pasado que tampoco era tan ordenado.
La biología entra en la discusión como argumento de autoridad: el dimorfismo sexual en otras especies muestra que el macho exhibe y la hembra elige, y que ese reparto no es una construcción cultural. Trasladado a la sociedad humana, el resultado sería una competición donde la exhibición se ha vuelto barata y la elección, infinita.
El cálculo que nadie quiere hacer
El desenlace de esta historia no está escrito. Si el diagnóstico es correcto, el mercado del ligoteo no se va a recomponer solo: la ratio de candidatos por perfil, la exigencia de los filtros y la retirada de los varones medios apuntan a un equilibrio estable en el que cada vez menos gente encuentra pareja.
La predicción más plausible es un aumento de la soledad elegida, aunque conviene tomarla con reservas: los mercados, también el de afectos, tienen una capacidad de ajuste que los pesimistas nunca anticipan.