EEUU revisa el visado que sostiene la plantilla tecnológica
El debate sobre la inmigración cualificada en Estados Unidos ha dejado de ser un asunto de despacho para convertirse en un problema de cuenta de resultados. La tesis que recorre los análisis es incómoda: el sistema no importa talento, importa mano de obra barata. Y cuando esa mano de obra se vuelve prescindible, el discurso cambia. La referencia que se cita es Tolstói en 1886, y la comparación que se hace es con la neoesclavitud de la inmigración barata y con los alquileres abusivos a «precio mercado».
El detonante es un caso concreto:
según un participante, Microsoft habría despedido a 4.000 ingenieros estadounidenses y contratado a 4.300 profesionales extranjeros en su lugar. El ahorro salta a la vista. La pregunta que se lanza es si ese es realmente el motivo o si hay algo más detrás.
El intermediario que cobra por colocar y por retener
La mecánica del fraude tiene nombre y apellidos: empresas intermediarias que operan dentro de la legalidad pero con prácticas catalogadas como agresivas. Una de ellas contactó a un profesional en junio para ofrecerle un puesto en Estados Unidos. Al investigar, aparecía como «aggressive intermediary»: legal, sí, pero a cambio de pagar salarios de miseria a los empleados. El profesional rechazó la oferta.
El sistema funciona así, según el relato de un participante: la empresa india cobra entre
7.000 y 8.000 libras por un trabajador al que paga
1.000 libras. La diferencia se queda en el intermediario. Hay quien ha tenido compañeros indios en Reino Unido que cobraban 1.000 libras mientras su empresa esclavista facturaba por ellos siete u ocho veces más. Ocurrió en 2008-2009. El problema, a día de hoy, es que
todo el que quiera ir a trabajar a USA es considerado fraudulento excepto que seas un genio, y en ese caso te van a pedir un 1.000% de compromiso.
La explotación que no se quiere ver
La explotación entre miembros del mismo colectivo migrante es salvaje, y en hostelería directamente esclavista: alojamiento en naves con colchones y poco más, comida como parte del pago. Es el mismo modelo que el empresaurio local aplica en los campos de fresa. La familia Patel se ha hecho con todos los moteles de Estados Unidos bajo ese sistema. Y eso, se argumenta, no se debe consentir.
La contradicción es evidente: quien ofrece alojamiento gratuito a esos trabajadores explotados cree estar haciendo una buena acción, pero los explotadores cuentan precisamente con esa buena voluntad para seguir pagando salarios de miseria. La caridad individual tapa el agujero estructural.
El libertario que quiere cero impuestos y fronteras abiertas
La discusión deriva hacia el modelo fiscal. Un participante se declara libertario: cualquiera puede ir a cualquier sitio si está a la altura y va a aportar. El problema de los países que reducen la calidad de su mano de obra es que tienen sistemas tan rígidos que son incapaces de crear valor por encima de esa mano de obra. En Bélgica, dice, le cobran más del 50% de impuestos para traer menas e hijabs. Su propuesta: buscarle por Latinoamérica, en El Salvador, Uruguay, Costa Rica o Panamá, cero impuestos.
La respuesta no se hace esperar:
vendepatrias, y el aviso de que están comprando todos los boletos de una rifa que no les va a gustar. El libertario contraataca: Milei es un farsante keynesiano monetarista que usa el libertarismo para metérsela a todos doblada, no ha hecho más que pedir créditos para sostener la moneda y abrir la puerta a los judíos.
El Estado que crece mientras se recorta la inmigración
La conclusión más repetida es que un Estado cada vez más grande y poderoso es lo único que va a quedar del gobierno Trump. La paradoja es que el discurso antiinmigración convive con la máquina administrativa que crece para gestionarla. Y mientras tanto, el debate sobre quién paga el coste real de la mano de obra barata sigue sin resolverse.
La predicción con reservas: si el freno a la inmigración cualificada se consolida, el sector tecnológico estadounidense tendrá que justificar por qué pagaba lo que pagaba. Y ahí, probablemente, nadie querrá mirarse al espejo.