El hilo ya no discute el móvil: aplaude o pide más palizas
El tramo abre con la coña y cierra con la petición de más golpes. Entre el 24 y el 25 de septiembre,
40 mensajes y ni una pregunta nueva sobre lo que pasó antes de la agresión de Tavernes. La duda dejó de interesar hace páginas. Ahora se celebran los golpes, se pide que caigan también sobre quien se puso en medio y, de fondo, dos o tres siguen exigiendo la razón antes de calificar nada. Nadie la trae.
Qué se ha sabido
Nada comprobable. Otra vez. En estos
40 mensajes no entra un solo enlace, ni una diligencia, ni un comunicado, ni el parte del herido. Lo único material son tres piezas pegadas sin comentario: dos vídeos y un tuit que engordan la ristra de imágenes que ya circulan.
Lo demás son lecturas. Un participante sitúa el episodio de camino a Gandia, sin precisión y sin fuente. Otro afirma que sin inmigración desaparecería el 90% de los crímenes: lo suelta y no lo documenta. Un tercero mete que el paro femenino está al 70%, sin venir a cuento y sin acompañarlo de nada. Del caso, cero: ni hora, ni lugar exacto, ni cuántos participaron, ni cómo está el agredido. Un mensaje avisa de que hay que tener cuidado con lo que se escribe. No dice con qué.
Dónde está la bronca
Tres frentes, y el segundo se come el tramo. En el primero siguen los que exigen motivo antes de la etiqueta. Uno plantea la simetría: «Cuando se atraca a un caucásico, ¿es agresión racista porque se le roba por su color de piel?». Otro pide paciencia: primero hay que saber la razón o el origen. Y un tercero quiere las dos cosas a la vez: «Ayudaría saber si realmente ha hecho algo que merezca recibir esa paliza, no me gusta nada ver como una turba apalea a una persona que ya ni se defiende».
En el segundo frente ya no se discute nada: se celebra. Alguien felicita a los jóvenes y dice que todavía hay esperanza. Otro sentencia que son «nuestras costumbres» y que hay que respetarlas. Un tercero la reduce a un susto. Y aquí el tramo se tuerce del todo: varios mensajes piden que el mismo trato caiga sobre las jóvenes que se pusieron en medio a pararlo. No es una opinión sobre el vídeo, es el deseo de que la próxima vez les toque a ellas. Se cuenta, no se copia.
El tercer frente es el de los que se pelean por cómo se pelea. Un participante niega la etiqueta y lo deja en cobardía: «Para mí esta no es una agresión racista, solo un grupo de cobardes intentando asesinar a un hombre indefenso». Le contestan que se acueste. Otro compara la escena con la UFC y se lleva un insulto de vuelta. Y reaparece la defensa del número: «Es que no se trata de una competición deportiva. Has visto muchas películas en que se pelean uno a uno a puñetazos como unos caballeros». El que lo escribe tira de Fuenteovejuna para recordar que allí no salió un alguacil, sino todos: o sea, que en la calle las peleas nunca van de uno en uno.
De fondo, dos teorías. Una generacional: «Los chavales no tienen tantos complejos como las generaciones pasadas», y les atribuye un agravio acumulado y muchas ganas. Otra apocalíptica: un participante anuncia que el día que ese hartazgo se desate en Europa lo visto hasta hoy parecerá una travesura. Y el negacionismo de manual, en una línea: «Las agresiones rasistas son un bulo xk las rasas no existen».
En medio, mucho chiste. Un mensaje responde en inglés con una recomendación de terapia, otro bromea con que estaba intentando perder peso, un tercero habla de los golpes como de una partida. La broma hace de colchón: mientras se ríe, no hay que decidir nada. Y cuando alguien pide que se sepa la razón, la respuesta más repetida es la que no se puede comprobar.
El vídeo, otra vez el enemigo
Dentro del propio tramo cambia el foco: ya no se discute qué muestra el vídeo, sino que exista. Un participante se queja de la manía de grabar y de llevar el móvil encima, y detalla cómo habría que hacerlo para que no se sepa quién graba. El consejo se cuenta, no se copia. Y el material pegado sirve más para avivar la bronca que para aclararla:
Qué cambia respecto a antes
Que la etiqueta ha dejado de ser el centro. Los que discutían si era racismo o una pelea que se fue de las manos siguen ahí, pero cada vez hablan menos y a la defensiva. El hueco lo ocupan los que dan la paliza por buena, los que quieren ampliarla y los que le echan la culpa al que grabó. Las detenciones que alguien daba por hechas no aparecen por ningún lado. Tampoco los editoriales anunciados. Lo único que crece es la lista de gente a la que le gustaría que volviera a pasar.