Acampados en Sol denuncian robos y montan protocolos de seguridad
La acampada en la Puerta del Sol ha dejado de ser solo una protesta por la vivienda. Según los testimonios que circulan, los propios participantes han denunciado robos en el campamento y han decidido establecer «protocolos de convivencia y seguridad» para hacer frente a las agresiones. El detonante, según esas versiones, es que una de las víctimas identificó a los ladrones como magrebíes, pero la asamblea determinó que no se podía señalar a ninguna dirección concreta sobre quiénes habían sido. La noticia, difundida por una cuenta de redes sociales, ha provocado una reacción en cadena: desde el sarcasmo hasta la acusación de que la acampada es de extrema derecha por no estar racializada.
El episodio ha reabierto la brecha entre el discurso y la práctica. Hay quien sostiene que la falta de vivienda por la que protestan y los robos que ahora denuncian son consecuencias de la aplicación práctica de su propia ideología. Otros ironizan con que los acampados van a acabar pidiendo más ley y orden que la Falange. Y no faltan los que señalan que la asamblea, al negarse a apuntar a un colectivo concreto, ha convertido el problema en un ejercicio de burocracia: protocolos, puntos morados y charlas en lugar de medidas efectivas.
¿Qué ha pasado en la acampada de Sol?
El relato que se ha difundido es claro: en la acampada de la Puerta del Sol se han producido robos. Una de las víctimas, según ese relato, identificó a los autores como magrebíes. La asamblea del campamento, sin embargo, determinó que no se podía apuntar a ninguna dirección en cuanto a quiénes habían sido los ladrones. A partir de ahí, se decidió poner en marcha «protocolos de convivencia y seguridad» y «protocolos» contra agresiones. La secuencia, contada así, tiene un aire de reunión vecinal que intenta tapar un problema con un organigrama.
La reacción no se ha hecho esperar. Una parte de los mensajes sostiene que esto demuestra que la acampada es de extrema derecha porque no está racializada. Otra parte responde con sarcasmo: «poco me parece», «lógico, no quieren que la policía haga vigilancia por allí». Y algunos van más allá: «a ver si ahora ponen puntos jabugo para esconderse de los moros ladrones». El tono general es de burla hacia la contradicción entre un discurso de solidaridad y una denuncia que, en la práctica, señala a un colectivo concreto.
Protocolos, puntos morados y chochocharlas: la respuesta de la asamblea
La asamblea ha optado por lo que algunos describen como su herramienta favorita: el protocolo. «Protocolos de convivencia y seguridad», «protocolos» contra agresiones. En el imaginario de la crítica, esto se traduce en «por cada mangancia hacen una asamblea para hablar de ello... la conclusión ha de ser EN ALGO LES HEMOS FALLADO». La ironía apunta a que la respuesta no es la vigilancia ni la denuncia policial, sino la autorreflexión colectiva.
Hay quien lo ve como una forma de escurrir el bulto. «Si roban en Marruecos, antes de que llegue la policía, reciben un palizón que los dejan tullidos; si roban en Arabia Saudita les cortan una mano», escribe un participante. La comparación, salvaje, sirve para subrayar que en otros países no habría protocolo que valiera. Otros señalan que la acampada no quiere que la policía vigile, lo que explicaría por qué los robos se repiten. Y algunos añaden que el iPhone de última generación que le regaló «casapapi» al «fumao» está ahora en venta en la calle Carretas, a 200 metros.
El karma de la acampada: de protestar por la vivienda a denunciar robos
La evolución del asunto tiene su miga. La acampada nació como protesta por el precio de la vivienda y el derecho a techo. Ahora, según los testimonios, algunos de sus integrantes denuncian robos cometidos presuntamente por personas migrantes. La paradoja no se le escapa a nadie: «La falta de vivienda por la que protestan y los robos por los que ahora también protestan son consecuencias de la aplicación práctica de su ideología. QUE SE JODAN», resume un mensaje. La frase, dura, condensa el sentimiento de que la acampada está cosechando lo que sembró.
Otros lo ven como una oportunidad para el sarcasmo. «Que sigan acampados. Este karma es caviar», dice otro. Y no faltan los que piden que se pinten círculos morados para protegerse de los robos. La acampada, que quería ser un ejemplo de convivencia, se ha convertido en un experimento involuntario sobre la seguridad en espacios autogestionados. El resultado, según los mensajes, es que los propios acampados han tenido que improvisar protocolos que antes criticaban.
¿Es la acampada de extrema derecha?
La acusación ha corrido como la pólvora: «Esta acampada es de extrema derecha porque no está racializada». La frase, repetida con retintín, resume la perplejidad de quienes ven en la denuncia de robos un giro ideológico. Para algunos, señalar a los ladrones por su origen es de extrema derecha; para otros, es simplemente describir lo que una víctima dijo. La asamblea, al negarse a apuntar a un colectivo, intentó evitar esa acusación, pero el daño ya estaba hecho: la noticia había salido.
El debate sobre el racismo y la seguridad ciudadana se cruza con el de la vivienda. Hay quien pregunta: «¿Y aquí quién es la extrema derecha, los acampados o los magrebíes? Porque siempre que pasa algo malo está por ahí la extrema derecha». La ironía apunta a que la etiqueta se usa como comodín. Mientras, la acampada sigue en Sol, con sus protocolos, sus puntos morados y sus robos. El asunto no tiene visos de resolverse pronto.
El punto exacto donde el análisis se atasca es el de siempre: si la acampada denuncia robos, ¿por qué no llama a la policía? Si no llama a la policía, ¿cómo piensa evitarlos? Los protocolos, por ahora, no han impedido que los teléfonos sigan desapareciendo. Y la pregunta de fondo —qué pasa cuando la solidaridad choca con la seguridad— sigue sin respuesta.