Existe una idea muy arraigada sobre el final de la vida: “que llega de golpe, como un interruptor, cuando la gloria se anuncia con tiempo, por enfermedad o por vejez”
Es una secuencia, y el cuerpo la recorre con un orden sorprendentemente parecido de una persona a otra.
Gran parte de lo que a quien acompaña le parece sufrimiento (el silencio, la falta de apetito, la respiración irregular, el ruido en la garganta) es fisiología, se ve y se oye bastante peor de lo que, según la evidencia, se vive desde adentro.
Se ve y se oye muchísimo peor de lo que probablemente se siente, entender eso cambia cómo se acompaña a quien se va.
Aunque cada historia es distinta, ciertos signos aparecen con regularidad en los últimos días, y su presencia ayuda a los equipos médicos a reconocer que la gloria está cerca.
Ejemplo:
El estudio de David Hui sobre signos de gloria inminente (2014), siguieron a pacientes con cáncer avanzado durante sus últimas semanas, y registraron qué signos físicos aparecían con más frecuencia y con qué cercanía a la gloria.
Entre ellos figuraban la respiración con pausas, el moteado de la piel, la disminución de la pipi y la pérdida del pulso radial, su trabajo, publicado en The Oncologist, mostró que estos signos tienden a surgir en un orden reconocible, y que su presencia permite estimar con bastante precisión que quedan horas o pocos días.
Quizá lo que más angustia a las familias es ver que la persona rechaza el alimento.
Instintivamente se interpreta como abandono o sufrimiento, y se insiste en alimentarla.
Ejemplo:
El artículo de McCann, Hall y Groth-Juncker en JAMA (1994), preguntaron a pacientes terminales conscientes si sentían hambre o sed.
La mayoría reportó no sentir hambre en absoluto, o solo al principio, y la sed y la sequedad bucal mejoraban con cuidados simples de boca, trocitos de hielo y pequeñas cantidades de líquido. Su conclusión fue que la alimentación forzada no aporta confort al final de la vida, y que el cuidado de la boca resulta mucho más útil que insistir en que coma.
Es probablemente el momento que más cuesta soportar en una despedida. El sonido húmedo en cada respiración hace pensar que la persona se ahoga.
Ejemplo:
La revisión Cochrane sobre la respiración ruidosa en el final de la vida, analizó los tratamientos para el ruido respiratorio en personas cercanas a la gloria, que se produce porque la persona ya no logra tragar o toser las secreciones.
Los autores no encontraron evidencia sólida de que los fármacos usados para reducirlo sean eficaces, y señalaron que quienes están en ese estado, por lo general inconscientes, probablemente no sufren por el ruido, que molesta mucho más a quienes lo escuchan.
Cuando la persona deja de responder, es fácil concluir que ya no está.
La investigación sugiere que, por lo menos en algunos casos, el oído sigue funcionando.
Ejemplo:
El estudio de Elizabeth Blundon y Lawrence Ward, de la Universidad de Columbia Británica (2020), registraron la actividad cerebral de pacientes en cuidados paliativos mientras escuchaban secuencias de sonidos en las que, de vez en cuando, aparecía uno distinto.
Varios pacientes que ya no respondían a estímulos externos mostraron una respuesta cerebral al sonido inesperado.
Los propios autores subrayan que la muestra fue pequeña y que no se puede saber qué percibían conscientemente, pero los resultados respaldan la práctica de seguir hablándoles.
Algunas personas con demencia avanzada, que llevaban años sin reconocer a su familia, recuperan de pronto la claridad poco antes de morir.
Nadie lo explica del todo.
Ejemplo:
La revisión de Michael Nahm y Bruce Greyson sobre lucidez terminal (2012), recopilaron decenas de casos documentados en la literatura médica, desde el siglo XIX, de pacientes con enfermedades neurológicas graves que recuperaron brevemente la lucidez y la capacidad de comunicarse poco antes de morir.
Concluyeron que el fenómeno existe, que no tiene una explicación aceptada y que merece más estudio, posteriormente, el Instituto Nacional sobre el Envejecimiento de Estados Unidos convocó a especialistas para plantear una agenda de investigación.
La escena inicial del original, registrada casi por azar, es la primera vez que se grabó la actividad cerebral de una persona viva mientras su corazón se detenía.
Ejemplo:
El caso publicado por Raúl Vicente, Ajmal Zemmar y colegas (2022), un paciente de 87 años con epilepsia estaba conectado a un electroencefalograma cuando sufrió un paro cardíaco.
Los investigadores observaron un aumento de las ondas gamma, asociadas a la memoria y la concentración, en los treinta segundos alrededor del último latido, plantearon que podría ser un correlato de la revisión de recuerdos que cuentan algunos sobrevivientes.
Los propios autores advierten que se trata de un solo caso, con un cerebro dañado y sin comparación sana, de modo que es una pista, no una prueba.
Si el cuerpo se apaga con un orden que rara vez implica el sufrimiento que imaginamos, y si el oído y la lucidez pueden persistir más de lo que creemos, ¿qué cambia en la manera de acompañar a quien se va, y en la manera de vivir antes de ese día?
Saber lo que ocurre no quita la tristeza, pero sí quita parte del miedo a lo desconocido, y tal vez la lección más práctica sea esta: “lo último que alguien recibe de este mundo puede ser la voz de quien se queda.”
Mientras eso sea posible, vale la pena usarla.
Es una secuencia, y el cuerpo la recorre con un orden sorprendentemente parecido de una persona a otra.
Gran parte de lo que a quien acompaña le parece sufrimiento (el silencio, la falta de apetito, la respiración irregular, el ruido en la garganta) es fisiología, se ve y se oye bastante peor de lo que, según la evidencia, se vive desde adentro.
Se ve y se oye muchísimo peor de lo que probablemente se siente, entender eso cambia cómo se acompaña a quien se va.
El cuerpo recorre una secuencia reconocible, lo que permite anticipar el final
Aunque cada historia es distinta, ciertos signos aparecen con regularidad en los últimos días, y su presencia ayuda a los equipos médicos a reconocer que la gloria está cerca.Ejemplo:
El estudio de David Hui sobre signos de gloria inminente (2014), siguieron a pacientes con cáncer avanzado durante sus últimas semanas, y registraron qué signos físicos aparecían con más frecuencia y con qué cercanía a la gloria.
Entre ellos figuraban la respiración con pausas, el moteado de la piel, la disminución de la pipi y la pérdida del pulso radial, su trabajo, publicado en The Oncologist, mostró que estos signos tienden a surgir en un orden reconocible, y que su presencia permite estimar con bastante precisión que quedan horas o pocos días.
Dejar de comer es parte del proceso, y rara vez implica hambre
Quizá lo que más angustia a las familias es ver que la persona rechaza el alimento.Instintivamente se interpreta como abandono o sufrimiento, y se insiste en alimentarla.
Ejemplo:
El artículo de McCann, Hall y Groth-Juncker en JAMA (1994), preguntaron a pacientes terminales conscientes si sentían hambre o sed.
La mayoría reportó no sentir hambre en absoluto, o solo al principio, y la sed y la sequedad bucal mejoraban con cuidados simples de boca, trocitos de hielo y pequeñas cantidades de líquido. Su conclusión fue que la alimentación forzada no aporta confort al final de la vida, y que el cuidado de la boca resulta mucho más útil que insistir en que coma.
El gorgoteo de la respiración suena a agonía, pero no hay evidencia de que haga sufrir
Es probablemente el momento que más cuesta soportar en una despedida. El sonido húmedo en cada respiración hace pensar que la persona se ahoga.Ejemplo:
La revisión Cochrane sobre la respiración ruidosa en el final de la vida, analizó los tratamientos para el ruido respiratorio en personas cercanas a la gloria, que se produce porque la persona ya no logra tragar o toser las secreciones.
Los autores no encontraron evidencia sólida de que los fármacos usados para reducirlo sean eficaces, y señalaron que quienes están en ese estado, por lo general inconscientes, probablemente no sufren por el ruido, que molesta mucho más a quienes lo escuchan.
El oído parece ser lo último que se apaga
Cuando la persona deja de responder, es fácil concluir que ya no está.La investigación sugiere que, por lo menos en algunos casos, el oído sigue funcionando.
Ejemplo:
El estudio de Elizabeth Blundon y Lawrence Ward, de la Universidad de Columbia Británica (2020), registraron la actividad cerebral de pacientes en cuidados paliativos mientras escuchaban secuencias de sonidos en las que, de vez en cuando, aparecía uno distinto.
Varios pacientes que ya no respondían a estímulos externos mostraron una respuesta cerebral al sonido inesperado.
Los propios autores subrayan que la muestra fue pequeña y que no se puede saber qué percibían conscientemente, pero los resultados respaldan la práctica de seguir hablándoles.
La lucidez terminal desafía lo que se sabe sobre cómo se deteriora el cerebro
Algunas personas con demencia avanzada, que llevaban años sin reconocer a su familia, recuperan de pronto la claridad poco antes de morir.Nadie lo explica del todo.
Ejemplo:
La revisión de Michael Nahm y Bruce Greyson sobre lucidez terminal (2012), recopilaron decenas de casos documentados en la literatura médica, desde el siglo XIX, de pacientes con enfermedades neurológicas graves que recuperaron brevemente la lucidez y la capacidad de comunicarse poco antes de morir.
Concluyeron que el fenómeno existe, que no tiene una explicación aceptada y que merece más estudio, posteriormente, el Instituto Nacional sobre el Envejecimiento de Estados Unidos convocó a especialistas para plantear una agenda de investigación.
En el momento de morir, un cerebro mostró una oleada de actividad, aunque un caso no prueba nada
La escena inicial del original, registrada casi por azar, es la primera vez que se grabó la actividad cerebral de una persona viva mientras su corazón se detenía.Ejemplo:
El caso publicado por Raúl Vicente, Ajmal Zemmar y colegas (2022), un paciente de 87 años con epilepsia estaba conectado a un electroencefalograma cuando sufrió un paro cardíaco.
Los investigadores observaron un aumento de las ondas gamma, asociadas a la memoria y la concentración, en los treinta segundos alrededor del último latido, plantearon que podría ser un correlato de la revisión de recuerdos que cuentan algunos sobrevivientes.
Los propios autores advierten que se trata de un solo caso, con un cerebro dañado y sin comparación sana, de modo que es una pista, no una prueba.
Si el cuerpo se apaga con un orden que rara vez implica el sufrimiento que imaginamos, y si el oído y la lucidez pueden persistir más de lo que creemos, ¿qué cambia en la manera de acompañar a quien se va, y en la manera de vivir antes de ese día?
Saber lo que ocurre no quita la tristeza, pero sí quita parte del miedo a lo desconocido, y tal vez la lección más práctica sea esta: “lo último que alguien recibe de este mundo puede ser la voz de quien se queda.”
Mientras eso sea posible, vale la pena usarla.
