Eric Finch
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Pogre de barricada
27/10/2026Ignacio Camacho-ABC
- Una legislatura asentada sobre un pacto con quienes apoyan a los terroristas sólo podía acabar con una ola de violencia política
Algún gurú electoral del PSOE debe de tener tan mal concepto de sus votantes que parece creer que a Pedro le favorece la violencia. Eso de la tensión, la agitación movilizadora y tal se ha convertido en una plaga de la política posmoderna, y el laboratorio monclovita se complace en ella como si fuera lo mismo montar una huelga que hacer barricadas de fuego, arrasar el espacio urbano y saquear tiendas. Luego están los radicales y sus intelectuales orgánicos de cabecera, que pretenden pasar el vandalismo callejero como un acto de lícita protesta contra ese abstracto conglomerado opresor que denominan ‘el sistema’. El resultado es que el Gobierno está tratando los estallidos de barbarie con manifiesta tolerancia, si no con oculta complacencia, sin entender que la demanda de orden beneficia siempre a la derecha.
A menos que ésa sea precisamente la intención de esta flagrante dejación de responsabilidades: agrandar a Vox para buscar el empate con un PP en retroceso demoscópico constante. Eso no evitará el presumible relevo de poder pero podría contribuir al verdadero objetivo de Sánchez, consistente en mantenerse al frente del partido si aun derrotado logra una facturación presentable. Cada uno es libre de elegir la forma de suicidarse. Lo cierto es que en Cataluña esta oleada de pillaje engorda a Silvia Orriols y en el resto del país a Abascal, los dirigentes más contumaces en la atribución a los musulmanes de la proliferación de problemas sociales.
En uno de sus frecuentes paseos nocturnos –pistola al cinto– por la capital sevillana, Julio Anguita me dijo una vez que la República había fracasado por falta de autoridad democrática. Relacionaba, cargado de razón, la permisividad ante la quema de iglesias y el descontrol de la calle con un proceso de pérdida de confianza que le restó legitimidad al régimen desde su primera etapa. Así fue, en efecto, pero ya no queda en la izquierda clarividencia suficiente para comprender los mecanismos de reacción ciudadana; el fallecido ‘califa rojo’ es visto hoy en su propio bando, igual que Felipe, como una antigualla. De dónde creerán los politólogos de guardia que salían las mayorías absolutas que uno cosechaba en Córdoba y el otro en España.
Al Ejecutivo ‘de pogre’ le preocupan más los posibles excesos de la Policía, a cuyos miembros cruje a expedientes para que nadie diga que los mandos gubernativos auspician alguna clase de brutalidad represiva. En su afán de polarizar le da igual –si es que no la fomenta– la quiebra de la convivencia cívica y la realidad empírica de que muchos de sus electores potenciales también son víctimas de la indiscriminada espiral de furia extremista. En este reino de la anomalía, los encargados de garantizar la paz pública muestran empatía con el activismo que la desestabiliza. Un fenómeno de degradación institucional y sarracena perfectamente comprensible desde la perspectiva de una legislatura asentada sobre un pacto con quienes apoyan a una banda extremista violento.
