LA POLICÍA ESPAÑOLA: PRUEBAS FÍSICAS, BAREMOS A LA CARTA Y UN BOE QUE NECESITA MÁS REVISIONES QUE UN COCHE DE SEGUNDA MANO.
Lo de las pruebas físicas para acceder a determinados cuerpos policiales en España daría para escribir una enciclopedia. Tenemos un trabajo en el que hay que perseguir delincuentes, reducir a individuos violentos, intervenir en peleas, auxiliar a compañeros, enfrentarse a situaciones imprevisibles y, en definitiva, hacer frente a circunstancias en las que la capacidad física puede marcar una diferencia importante. Y, sin embargo, cada vez que se habla de las diferencias entre las pruebas físicas masculinas y femeninas, parece que estuviéramos discutiendo sobre el reglamento de un campeonato de petanca.
Vamos a ver, señores responsables de los procesos selectivos: ¿estamos seleccionando policías para realizar un trabajo operativo o estamos organizando unas oposiciones en las que lo importante es encontrar la manera de que todo el mundo consiga aprobar?
Porque una cosa es garantizar la igualdad de oportunidades, evitar discriminaciones y reconocer que existen diferencias físicas entre individuos, y otra muy distinta es perder de vista las exigencias reales del puesto de trabajo.
El problema no es ser mujer. El problema es que cualquier aspirante, hombre o mujer, acceda a un puesto operativo sin acreditar las capacidades que realmente necesita para desempeñarlo.
Y aquí es donde empieza el espectáculo.
Imaginemos por un momento que una empresa privada necesita contratar trabajadores para realizar tareas físicamente exigentes. Si el puesto requiere levantar determinados pesos, superar obstáculos, desplazarse rápidamente o intervenir en situaciones de riesgo, lo razonable sería establecer unos requisitos relacionados con esas funciones y comprobar si cada candidato los cumple.
Pues ahora traslademos esa lógica a una intervención policial.
Un agente tiene que auxiliar a un compañero que ha caído al suelo durante una pelea. Hay varias personas implicadas, la situación se complica y alguien necesita ayuda inmediata. En ese momento no hay tiempo para celebrar una reunión del departamento de recursos humanos, revisar las bases de la convocatoria ni consultar una tabla de baremos.
Tampoco hay una ventanilla donde el delincuente pueda solicitar una adaptación de las circunstancias del enfrentamiento.
La realidad no funciona así.
Por eso, las pruebas físicas deberían diseñarse teniendo en cuenta las tareas esenciales del puesto, y los aspirantes tendrían que demostrar que están preparados para realizarlas. Si una función exige una capacidad física concreta, habrá que evaluar esa capacidad de forma rigurosa y con criterios técnicamente justificados.
Y si resulta que determinadas pruebas utilizan marcas diferentes para hombres y mujeres, lo razonable es preguntar qué fundamento tienen esos baremos, qué capacidades evalúan y hasta qué punto predicen el rendimiento necesario en el trabajo real.
Porque establecer una marca distinta no demuestra automáticamente que alguien esté menos preparado, del mismo modo que superar una prueba tampoco garantiza por sí solo que una persona sea capaz de afrontar todas las situaciones operativas. Lo importante es qué se está midiendo y si esa medición sirve para seleccionar a buenos profesionales.
Pero claro, explicar todo esto requiere estudiar los procesos selectivos, analizar las funciones policiales y revisar los criterios técnicos. Es mucho más sencillo discutir a gritos en internet, repartir etiquetas y acusar de discriminación a cualquiera que plantee preguntas incómodas.
Y así seguimos, con medio país discutiendo sobre las formas mientras lo verdaderamente importante debería ser comprobar que los profesionales están preparados para hacer su trabajo.
EL UNIFORME NO ES UNA ARMADURA MÁGICA.
Hay una costumbre bastante curiosa de pensar que ponerse un uniforme convierte automáticamente a una persona en alguien capacitado para cualquier circunstancia. Como si las botas, el cinturón, la placa y las esposas vinieran acompañados de un paquete de habilidades descargables.
Pues no.
El uniforme no te proporciona fuerza física, no te mejora la resistencia cardiovascular, no te enseña técnicas de reducción y tampoco te concede superpoderes para intervenir en una situación peligrosa.
La preparación se entrena. La capacidad se demuestra. Y la competencia profesional debe mantenerse durante toda la carrera.
Un policía puede tener una excelente preparación física y ser un profesional magnífico independientemente de su sesso. También puede haber hombres físicamente incapaces de cumplir determinadas exigencias operativas. Por eso, precisamente, las pruebas tienen que medir capacidades reales y no limitarse a utilizar el sesso como un atajo para decidir si alguien está preparado.
Porque el objetivo no debería ser que apruebe el mayor número posible de aspirantes. El objetivo debería ser seleccionar a quienes reúnan las condiciones necesarias para desempeñar las funciones del puesto.
Y eso exige pruebas bien diseñadas, criterios transparentes y evaluaciones que tengan sentido fuera de una pista de atletismo.
Que una persona consiga una buena marca en una carrera no significa necesariamente que sepa intervenir en una pelea. Que pueda hacer flexiones tampoco demuestra que domine las técnicas de control. La preparación policial es mucho más compleja que una colección de ejercicios físicos.
Pero las capacidades físicas relevantes tampoco deberían convertirse en un asunto secundario por miedo a que alguien cuestione los criterios de selección.
La seguridad de los ciudadanos y de los propios agentes merece algo más que una discusión ideológica.
Y AHORA VAMOS CON EL PELO, QUE TAMBIÉN TIENE DERECHO A SU PROPIO EXPEDIENTE ADMINISTRATIVO.
Uno ve determinados debates sobre la imagen de los agentes y se pregunta si estamos hablando de un cuerpo policial o de una convención internacional de peluquería.
Que cada cual lleve el pelo como quiera fuera del servicio. Faltaría más. Pero cuando se trabaja en un entorno operativo, hay que distinguir entre la libertad estética y las medidas de seguridad necesarias para realizar el trabajo.
El cabello largo puede presentar riesgos de enganche en determinados entornos y durante algunas intervenciones. Si se trabaja con maquinaria, equipos, elementos móviles o situaciones en las que otra persona puede agarrar el pelo, llevarlo suelto puede convertirse en un problema.
Y esto no es ninguna revolución científica. Es prevención de riesgos laborales.
Ahora bien, tampoco hace falta convertir una academia policial en una barbería militar ni pasar la máquina al cero a todo el mundo para solucionar el problema. Si el riesgo se controla adecuadamente llevando el pelo recogido y sujeto, esa puede ser una medida suficiente.
Lo importante no es que todos los policías tengan la cabeza como una bola de billar; lo importante es que las normas de seguridad sean claras y se cumplan.
Porque aquí no estamos hablando de elegir entre un corte de pelo moderno y otro anticuado. Estamos hablando de identificar riesgos y prevenir accidentes.
Y si alguien sostiene que el cabello largo está provocando numerosos accidentes laborales entre los policías españoles, que aporte los datos correspondientes. Para hablar de frecuencia de accidentes hacen falta estadísticas, no intuiciones ni fotografías de agentes con coleta.
Pero tampoco estaría de más que la prevención de riesgos se tomara tan en serio como cualquier otro aspecto de la preparación profesional.
En determinados trabajos, una prenda inadecuada, un equipo mal colocado o un elemento que pueda engancharse puede provocar lesiones. Por eso existen protocolos, formación y evaluaciones de riesgos.
La Policía no debería ser una excepción a ese principio.
LAS OPOSICIONES NO DEBERÍAN SER UN CONCURSO DE POPULARIDAD.
Lo que realmente debería preocuparnos es que los procesos de selección sean transparentes y que sus pruebas tengan relación con las funciones que los aspirantes van a desempeñar.
Si se establecen marcas físicas distintas para hombres y mujeres, que se expliquen con criterios técnicos. Si se considera que una prueba no mide adecuadamente la capacidad operativa, que se revise. Si una función exige una capacidad física determinada, que se evalúe de forma objetiva.
Y si alguien no reúne las condiciones necesarias para desempeñar una función concreta, habrá que abordar esa cuestión con rigor, independientemente de que sea hombre o mujer.
Eso es mucho más razonable que convertir cada debate en una guerra entre sesso.
Porque también hay que recordar una cosa: aprobar una oposición no equivale a recibir un certificado de invulnerabilidad.
Un agente puede estar perfectamente preparado y encontrarse con una situación que lo supere. El trabajo policial implica riesgos que no desaparecen por tener una excelente condición física. Por eso son fundamentales la formación continua, el trabajo en equipo, los protocolos, el material adecuado y la capacidad para tomar decisiones bajo presión.
La preparación física es una parte importante, pero no la única.
De la misma manera, no se puede determinar la competencia de una persona por su apariencia, su peinado o su sesso. Hay que evaluar lo que sabe hacer, las capacidades que demuestra y su preparación para cumplir las funciones asignadas.
Y eso debería ser aplicable a todos los aspirantes, sin excepciones arbitrarias ni privilegios injustificados.
Porque cuando una institución pública selecciona a sus profesionales, tiene la responsabilidad de hacerlo con criterios objetivos, transparentes y relacionados con las necesidades reales del servicio.
No se trata de endurecer las pruebas por deporte ni de convertir las oposiciones en unos Juegos Olímpicos. Se trata de que las pruebas sirvan para algo más que superar una convocatoria administrativa.
LA PREGUNTA FINAL ES MUY SENCILLA.
¿Queremos una Policía que seleccione a sus agentes con pruebas rigurosas, bien diseñadas y relacionadas con el trabajo que van a realizar, o queremos pasarnos los próximos veinte años discutiendo sobre los baremos sin preguntarnos si realmente sirven para evaluar las capacidades necesarias?
Porque, sinceramente, a mí me parece que una institución que tiene la responsabilidad de proteger a los ciudadanos debería poder explicar con claridad qué capacidades exige, por qué las exige y cómo comprueba que sus profesionales las reúnen.
Y si hay diferencias entre los requisitos de acceso, que se justifiquen técnicamente. Si hay deficiencias en las pruebas, que se corrijan. Si existen riesgos laborales, que se prevengan. Y si alguien no está preparado para realizar una tarea esencial, que esa carencia se detecte antes de que se convierta en un problema.
Ni machismo disfrazado de exigencia, ni igualdad utilizada como excusa para evitar preguntas incómodas. Preparación, criterios objetivos y seguridad.
Que estamos hablando de la Policía, no de elegir al ganador de un concurso de peinados ni de repartir medallas por participar.
Y, por favor, que nadie confunda llevar una placa con tener superpoderes: los delincuentes no se detienen por la autoridad sarracena del uniforme, las lesiones no respetan los discursos y las leyes de la física no se modifican mediante una circular administrativa.
La profesionalidad no se demuestra en una tertulia ni en una fotografía de promoción. Se demuestra trabajando, entrenando, aprendiendo y estando preparado para responder cuando las circunstancias lo exigen.