La porra perdida y la brecha física en las oposiciones a policía
En La Coruña, según el relato que se ha extendido tras una intervención de la Unidad de Intervención Policial, varios agentes habrían quedado aislados y rodeados por grupos violentos. La escena —antidisturbios incapaces de mantener la formación, la porra sin usar— ha reabierto una sospecha que llevaba tiempo circulando: que los cuerpos policiales españoles ya no seleccionan a los mejores físicamente, sino a los que mejor aguantan un temario. La queja llega con un contraste incómodo: quien ha tratado con hooligans europeos recuerda que la policía española era una de las más temidas por la contundencia de su intervención. Algo se ha roto entre aquel prestigio y la imagen actual.
¿Por qué se cuestiona la preparación física de los antidisturbios?
El argumento dominante apunta a la cantera. Durante la crisis de 2008, miles de titulados universitarios sin salida laboral se lanzaron a preparar oposiciones. Ese perfil —el empollón, en la expresión que se usa en la calle— habría copado las plazas de cuerpos como la Policía Nacional, desplazando a candidatos con más aptitudes físicas. La tesis no es un dato, es una intuición que gana peso cada vez que una intervención sale mal. Y de fondo late un problema de diseño: unas pruebas físicas con baremos distintos para hombres y mujeres, que para una parte del análisis convierten el acceso en un trámite.
Hay quien lo lleva al extremo y sostiene que el sistema entero está contaminado por la política. La orden de *aguantar*, la proporcionalidad exigida antes de usar la fuerza y el miedo a la sanción posterior dibujarían un policía maniatado. No es que no sepa dar una porra: es que le han dicho que no la dé. Esa lectura choca con la que atribuye el fallo al mando: un dispositivo escaso, un despliegue mal planificado y un subdelegado del Gobierno que habría permitido a los violentos llegar a la plaza.
El mando como responsable: dispositivo escaso y órdenes de contención
La defensa corporativa es clara: la UIP es, en palabras que se repiten, la mejor policía antidisturbios de Europa. Si falla, falla la cadena de mando. El reproche se dirige a quien decide cuántos agentes se despliegan y con qué instrucciones. Un dispositivo corto obliga a estirar líneas, deja huecos y convierte a cada agente en un blanco fácil. La dimisión del delegado del Gobierno en Galicia se ha pedido desde el propio sindicato policial, que no discute la capacidad de sus compañeros sino la planificación de la operación.
La otra cara del debate es menos amable con el uniforme. Se describe a una policía más preocupada por la imagen que por el trabajo, y se recuerda que los abusos y las humillaciones no son un rumor aislado. La desconfianza hacia el cuerpo —especialmente hacia los antidisturbios— hace que buena parte del público no empatice cuando los ven recibir. Es el problema de legitimidad: un cuerpo que no se siente respaldado tampoco rinde igual.
Baremos físicos distintos: ¿igualdad o rebaja de exigencia?
El punto más técnico del asunto son las pruebas de acceso. Perseguir delincuentes, reducir a individuos violentos, auxiliar a un compañero: tareas que exigen capacidad física y que, sin embargo, se evalúan con criterios diferentes según el sexo del aspirante. Para unos, eso es discriminación positiva razonable. Para otros, una rebaja encubierta que mete en la calle a agentes sin la condición necesaria. El resultado es un cuerpo con niveles desiguales y una instrucción que debe compensar en la academia lo que la selección no filtró.
La discusión sobre el BOE y los baremos no es nueva, pero ahora tiene una escena que la ilustra. Cuando la porra no aparece en el momento crítico, la pregunta deja de ser administrativa.
¿Se puede exigir a un cuerpo que reduzca a violentos cuando el filtro de entrada mide otras cosas? La respuesta no está en el BOE. Está en la próxima plaza.