Otra de las cosas que Lucía todavía no ha terminado de comprender es la extraordinaria amabilidad de los vecinos, que al principio la dejó completamente fascinada. Ella había llegado a la aldea convencida de que en Madrid todo el mundo vivía deprisa, nadie saludaba a nadie y cada cual iba a lo suyo, mientras que en el campo había encontrado por fin una comunidad humana auténtica, de esas en las que la gente se ayuda desinteresadamente, se preocupa por el prójimo y todavía conserva los valores que se han perdido en las grandes ciudades. Los primeros días fueron maravillosos. Apenas aparcaba el coche delante de casa, aparecía alguno para darle la bienvenida, preguntarle qué tal llevaba la mudanza, si necesitaba una mano con los muebles o si le faltaba alguna herramienta. Uno le ofreció un saco de patatas, otro le regaló unos calabacines, una señora le llevó media docena de cigot y un hombre que apenas conocía le dijo que, si alguna vez necesitaba cualquier cosa, no tenía más que avisar. Lucía se emocionaba pensando que había encontrado una especie de familia extendida, una comunidad solidaria donde todavía funcionaba la reciprocidad y la gente no te cobraba hasta por respirar. Lo que no había entendido es que, en determinados pueblos, cuando aparece una persona joven con coche, lo que algunos vecinos ven no es una nueva vecina, sino un servicio de transporte que acaba de abrir sus puertas sin necesidad de licencia, seguro comercial ni horario de atención al público.
La primera petición llegó con toda naturalidad. Un vecino le comentó que tenía que ir al pueblo de al lado a recoger un paquete, pero que llevaba unos días con molestias en la rodilla y no le apetecía coger el coche para un trayecto tan corto. Como Lucía iba a salir a comprar, le preguntó si le importaba acercarlo. Ella, encantada, dijo que por supuesto. Qué le costaba desviarse cinco kilómetros y llevar a una persona mayor, si precisamente había venido al campo para recuperar el contacto humano. El hombre se sentó en el asiento del copiloto, se abrochó el cinturón y empezó a explicarle dónde tenía que parar, por qué camino debía ir y cómo había que tomar una curva que Lucía ya había pasado correctamente. Al llegar, le pidió que esperase un momento porque tenía que hablar con uno que estaba dentro. El momento se convirtió en veinte minutos. Cuando regresó, en lugar de darle las gracias y marcharse, le explicó que ya que estaban allí podían acercarse también a la farmacia, porque le faltaba una medicina, y después a la tienda de piensos, donde tenía que comprar un saco para las gallinas. Lucía volvió a casa una hora y media después de lo previsto, pero satisfecha consigo misma. Había ayudado a un vecino y, además, había aprendido que la vida rural consistía en esas pequeñas cosas que hacen que las personas se sientan acompañadas.
La semana siguiente fue otro vecino el que necesitaba ir al médico. La siguiente, una señora que tenía que recoger una receta. Después apareció el que necesitaba comprar una bombona, el que tenía que llevar unos papeles al ayuntamiento, la que quería ir al supermercado porque allí tenían una oferta de detergente, y el que necesitaba acercarse al taller para preguntar cuándo estaría listo su tractor. Todos tenían alguna excusa razonable y todos empezaban la conversación de la misma manera: «Mujer, si te viene bien, que tampoco quiero molestarte». Esta frase siempre iba seguida de una explicación de por qué no podían ir ellos mismos, de por qué el autobús no les servía, de por qué su cuñado no estaba disponible y de por qué, casualmente, el día que Lucía tenía pensado salir era el único momento de la semana en que podían hacer sus recados. La palabra «si te viene bien» terminó adquiriendo un significado muy particular: si no te viene bien, tendrás que explicar por qué, y aun así existe la posibilidad de que te miren como si estuvieras cometiendo una atrocidad contra la convivencia rural. Porque una cosa es negarse a hacer de chófer y otra muy distinta es soportar durante los próximos diez años que la señora de la casa de arriba cuente en la panadería que la chica de Madrid tiene un coche estupendo, pero no quiere ayudar a nadie.
Al cabo de un par de meses, Lucía ya tenía una pequeña agenda de transporte sin haberla abierto. Había vecinos que la llamaban directamente para preguntarle a qué hora iba a bajar al pueblo, como si ella tuviera una ruta comercial establecida. Otros ni siquiera preguntaban si estaba libre: le comunicaban que el jueves tenían que ir a tal sitio y que, si podía, los recogiese a las diez. Un señor llegó a decirle que era una suerte que hubiese venido alguien joven a vivir allí, porque antes tenían que organizarse entre ellos para los desplazamientos. Lucía sonrió, sin terminar de comprender que acababa de recibir una oferta de trabajo no remunerado con disponibilidad permanente. Al principio echaba gasolina sin darle importancia, pero después empezó a hacer cuentas. Un viaje para uno, otro para otro, una vuelta adicional para recoger a la señora que había olvidado comprar el pan, un desvío para dejar al vecino en el bar porque había quedado con unos amigos y, cuando se quería dar cuenta, había recorrido cuarenta kilómetros para hacer unas compras que ella habría resuelto en veinte minutos si hubiese ido sola. Naturalmente, nadie le ofrecía pagar la gasolina. Tampoco se planteaban repartir los gastos. Si alguna vez ella mencionaba que el combustible estaba carísimo, recibía una respuesta llena de sentido común rural: «Bueno, pero tú ibas a bajar igualmente». Aquello era extraordinario, porque según esa lógica, si uno sale de casa para comprar una barra de pan, puede terminar llevando a cuatro personas, visitando tres aldeas y recorriendo sesenta kilómetros sin que nadie considere que ha aumentado sus gastos. Total, como ya tenía el motor arrancado, la gasolina debía de ser gratis.
Pero el verdadero problema no era solamente el combustible. Lucía había llegado con un coche que funcionaba perfectamente y que había comprado con sus ahorros, pensando que le serviría para moverse por la zona y visitar ocasionalmente la costa. Seis meses después, el vehículo parecía haber participado en una expedición al Himalaya. Las carreteras secundarias estaban llenas de baches, desniveles, socavones y curvas ciegas que obligaban a circular como si se estuviera desactivando una artefacto artefacto peligroso. En algunos tramos tenía que reducir tanto la velocidad que los vecinos que viajaban con ella empezaban a impacientarse, aunque eran precisamente ellos quienes le habían pedido que los llevara. «Por aquí se puede ir más rápido, mujer, que yo paso todos los días», le decía uno. Y acto seguido señalaba un atajo que consistía en una pista llena de piedras, barro y agujeros donde el coche golpeaba los bajos con un ruido que hacía pensar que acababa de perder el cárter. Si Lucía protestaba, le respondían que no se preocupara, que allí todos los coches pasaban por esos caminos. Claro que los demás llevaban todoterrenos viejos, furgonetas de trabajo o tractores, mientras que ella había llegado con un turismo que no estaba diseñado para recorrer todos los días caminos que parecían bombardeados.
Los neumáticos comenzaron a desgastarse, aparecieron ruidos en la suspensión y el mecánico empezó a saludarla con esa expresión de quien ya sabe que el cliente va a financiarle las vacaciones. Primero fueron unos silentblocks, después una pieza de la suspensión, más tarde una alineación de dirección y, finalmente, unos neumáticos que no estaban precisamente regalados. Lucía se quedó mirando la factura mientras intentaba recordar cuántas veces había llevado a los vecinos al supermercado. Con lo que había gastado en gasolina y reparaciones, podía haber comprado una montaña de calabacines, chorizos de matanza y cigot camperos suficientes para alimentar a media comarca. Pero eso era solamente el principio, porque el campo todavía tenía preparadas algunas sorpresas para ella.
Una mañana salió con niebla para llevar a una vecina a una consulta médica. La visibilidad era tan mala que apenas distinguía las cunetas, pero la mujer insistió en que no pasaba nada, que conocía la carretera de toda la vida y que aquello no era niebla ni era nada comparado con los inviernos de antes. Lucía circulaba despacio, agarrada al volante, intentando distinguir las líneas de la carretera entre la humedad y el gris. En una curva apareció de pronto un vehículo en sentido contrario, prácticamente en mitad de la calzada. Lucía giró para evitarlo, las ruedas pisaron el borde húmedo del asfalto y el coche se salió de la vía, terminando con una rueda en la cuneta y el paragolpes rozando un talud. No hubo heridos, pero sí un susto monumental y una factura que le quitó las ganas de volver a conducir durante una semana. La vecina, una vez comprobado que estaba bien, comenzó a explicar que aquella curva siempre había sido peligrosa, que el ayuntamiento debería colocar un espejo y que antes había habido allí varios accidentes. Lucía la escuchaba en silencio, pensando que habría sido maravilloso conocer todos esos detalles antes de emprender el viaje. Cuando finalmente consiguieron sacar el coche, la señora le dio las gracias por haberla llevado y se marchó a su casa. No se ofreció a pagar ni siquiera una parte de la grúa. Al fin y al cabo, el accidente había sido una desgracia y nadie tenía la culpa. Sobre todo, nadie que no fuera Lucía.
Unas semanas después llegó el episodio de la lluvia. Otro vecino necesitaba ir a comprar unas piezas para una máquina y le aseguró que el trayecto era muy sencillo, que se tardaba apenas quince minutos y que no había ninguna dificultad. El cielo estaba encapotado, la carretera tenía zonas encharcadas y los limpiaparabrisas llevaban funcionando desde que salieron de casa. A mitad de camino, en una curva mal peraltada, el agua acumulada hizo que Lucía perdiera momentáneamente el control. El coche se deslizó y acabó golpeando una valla. El impacto no fue especialmente fuerte, pero bastó para abollar una parte de la carrocería, dañar un faro y dejarla otra vez con el corazón en la garganta. El vecino bajó, examinó los daños y pronunció una de esas frases que justifican por sí solas la existencia de la mal humor: «Vaya, qué mala suerte, hija». Después añadió que esa carretera estaba fatal y que hacía años que reclamaban que arreglasen el drenaje. Como si el conocimiento colectivo de las desgracias de la zona sirviera para pagar una factura de chapa y pintura. Cuando Lucía le explicó que tendría que llevar el coche al taller, él respondió que no se preocupara, que esas cosas pasaban. Y tenía razón: pasaban. Lo curioso era que, desde que ella había llegado al pueblo, le pasaban casi siempre mientras transportaba a alguien que no era ella misma.
A partir de entonces empezó a mirar el coche de otra manera. Cada vez que un vecino se acercaba con una sonrisa, ella ya no veía solamente a una persona amable, sino también una posible visita al taller, un depósito de combustible más vacío, un neumático destrozado o una tarde perdida haciendo recados ajenos. Si le preguntaban si iba a bajar al pueblo, respondía que todavía no lo sabía. Si le preguntaban si podía acercar a alguien al médico, decía que tenía que hacer unas gestiones. Si le preguntaban si podía llevar un saco de pienso, explicaba que tenía el maletero lleno. Descubrió con asombro que, cuando uno empieza a poner límites, la gente que antes parecía tan generosa se vuelve repentinamente susceptible. Los mismos que le habían regalado calabacines comenzaron a decir que la juventud de hoy no tiene consideración, que en los pueblos siempre se ha vivido ayudándose y que ellos, cuando eran jóvenes, no tenían inconveniente en echar una mano. Naturalmente, omitían el pequeño detalle de que echar una mano no es lo mismo que poner el coche, pagar la gasolina, asumir las reparaciones y jugarse la integridad física por las carreteras comarcales para que otra persona no tenga que organizarse la vida.
Lo más divertido es que algunos vecinos seguían considerándose extraordinariamente generosos porque, de vez en cuando, le llevaban una bolsa de verduras, un par de cigot o un trozo de chorizo de la última matanza. Lucía empezó a calcular mentalmente el valor de aquellos obsequios. El calabacín, pongamos, dos euros. Los cigot, otros tres. El chorizo, cinco, siendo generosos. A cambio, ella había gastado decenas de euros en gasolina, había recorrido cientos de kilómetros, había desgastado neumáticos, castigado la suspensión y acumulado reparaciones por un importe que ya superaba varias veces el valor de todos los regalos recibidos. Sin contar las horas perdidas, los sustos, los riesgos y la posibilidad de tener un accidente grave. Llegó a la conclusión de que cada chorizo de matanza que entraba en su casa era, en realidad, una especie de pagaré rural que alguien le entregaba para compensar una deuda de transporte que nunca pensaba reconocer.
Y así fue como Lucía descubrió uno de los secretos mejor guardados de la vida en una aldea: la solidaridad puede ser maravillosa cuando funciona en ambas direcciones, pero también puede convertirse en un sistema de explotación perfectamente organizado cuando una persona confunde ser amable con estar permanentemente disponible. Porque el vecino que te ofrece una docena de cigot puede estar haciendo un gesto sincero, pero también puede estar calculando que, a partir de ese momento, tiene derecho a llamarte cada martes para que lo lleves al centro de salud. Y la señora que te regala un calabacín puede estar encantada de recibirte en el pueblo, aunque lo esté todavía más si eso significa que ya no tendrá que pagar un taxi ni depender de sus familiares para hacer la compra. El problema no es ayudar una vez, sino que esa ayuda se convierta en una obligación que nadie ha pactado y de la que nadie quiere asumir los costes.
Al final, Lucía hizo las cuentas definitivas sentada en la cocina, con varias facturas del taller sobre la mesa y una bolsa de verduras que le habían dejado aquella misma mañana. Sumó el combustible, los neumáticos, las reparaciones, los desplazamientos y las horas que había perdido. Después calculó lo que le habrían costado todos aquellos productos en el supermercado. El resultado era demoledor: le habría ansioso muchísimo más barato comprar los calabacines, los cigot, las patatas y el chorizo de matanza en cualquier establecimiento comercial, aunque fueran productos ecológicos de lujo, con denominación de origen y entregados en una cesta de mimbre por un señor vestido de gala. Porque en el supermercado, al menos, nadie te pide que lo lleves al médico, no te hace recorrer una pista llena de baches, no te mete en una curva sin visibilidad y, si compras un chorizo, no espera que le prestes el coche durante los próximos seis meses. Lucía había abandonado Madrid buscando una vida más sencilla, menos consumista y más conectada con la naturaleza, y había terminado descubriendo que el auténtico lujo rural no era tener una huerta, criar gallinas o contemplar el paisaje desde la ventana. El auténtico lujo era poder decir «hoy no coji el coche» sin que media aldea interpretase que acababas de declararles la guerra.