Hippiedeplaya
Será en Octubre
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En persona espero que no metas esas chapas porque a ver quien te aguanta.Sí, aquí ya encaja mejor una especie de escalada de las “ayudas” rurales: al principio parecen favores y después Lucía descubre que cada favor tiene intereses, hasta que los vecinos comprenden que para echarla tendrían que conseguir que vendiera… y que, paradójicamente, la única forma de que venda es ayudarla a vender.
Los favores de la aldea
Al principio los vecinos son encantadores. Si a Lucía se le estropea algo, al día siguiente aparece alguien con la solución. Se le rompe un macarrón del coche y al día siguiente ya tiene a un vecino diciéndole que conoce a uno que se lo arregla. Se atasca una tubería y aparece otro con una herramienta. Necesita mover una piedra y aparecen dos personas. Lucía piensa que ha encontrado el paraíso: “Aquí la gente se ayuda muchísimo”. Lo que todavía no sabe es que en la aldea los favores tienen memoria y, sobre todo, tienen intereses. El primer favor es gratis. El segundo también. El tercero ya empieza a apuntarse mentalmente en una libreta. Y cuando llega el décimo, Lucía descubre que aquello no era solidaridad: era un sistema de crédito rural con intereses compuestos.
Primero empiezan las pequeñas molestias. Una mañana va a arrancar el coche y descubre que alguien le ha manipulado una pieza del motor. Nada demasiado evidente, pero lo suficiente para dejarla tirada. Curiosamente, al día siguiente aparece el vecino que “casualmente” sabe arreglarlo. “Ya te dije que estos coches dan problemas”. Lucía agradece la ayuda y no sospecha nada. Meses después ocurre otra avería. Luego otra. Siempre aparece alguien que sabe qué hacer. Y poco a poco empieza a depender de ellos para cosas que antes solucionaba sola. Hasta que un día encuentra una ardilla perecid dentro del pozo. Al principio piensa que se ha caído. Después empieza a preguntarse cómo ha acabado allí. Limpia el pozo, desinfecta, gasta dinero y sigue con su vida. Pero unos meses después aparece otra cosa extraña.
Luego viene el capítulo de las tuberías. Una tubería empieza a perder agua de forma inexplicable. Lucía llama a alguien para revisarla y resulta que tiene un agujero perfectamente hecho. No parece una avería normal. “Será una ardilla”, le dicen. “Aquí las ardilla hacen de todo”. Lucía empieza a mirar las tuberías como si fueran una escena del crimen. Cada vez que arregla una cosa aparece otra. Una fuga, una humedad, una llave que deja de funcionar. Y mientras tanto, los vecinos siguen siendo amables. “No te preocupes, mujer, ya te ayudamos”. Esa frase empieza a ponerle los pelos de punta.
Pero donde realmente empieza el infierno es con los favores. Un día le dicen: “Lucía, ¿nos echas una mano con una piedra?”. Ella piensa que será apartarla un poco. Cuando llega descubre que la piedra pesa aproximadamente lo mismo que un coche pequeño. “Son cinco minutos”, le dicen. Tres horas después sigue allí, embarrada hasta las rodillas, intentando mover una piedra de quinientos kilos mientras el propietario dirige la operación desde una posición estratégicamente alejada de la piedra. Cuando por fin consiguen moverla, Lucía vuelve a casa con la espalda destrozada.
Al día siguiente: “Oye, ya que estás por aquí… ¿nos podrías ayudar con el caballo?”. Lucía no sabe absolutamente nada de herrar caballos, pero le explican que solo tiene que sujetarle una pata mientras le ponen las herraduras. “No hace nada”. El caballo, naturalmente, considera que aquello es una declaración de guerra y decide demostrar que sus patas tienen una potencia industrial. Lucía termina abrazada a una extremidad de quinientos kilos mientras intenta que el animal no le parta una costilla. Cuando por fin termina, está agotada y llena de barro. “Muchas gracias, mujer. Ya sabes que aquí nos ayudamos todos”.
Y Lucía empieza a comprender que “ayudarnos todos” significa que ella ayuda muchísimo y los demás tienen una capacidad extraordinaria para encontrarle cosas que hacer.
Un día le piden que cuide una casa mientras los propietarios bajan a la ciudad a hacer un recado. “Son dos días”. Lucía acepta. Cuando llega descubre que la casa tiene una finca que parece una explotación agrícola. Hay perros, gallinas, huerto, árboles, herramientas, un cobertizo, una puerta que se abre sola, otra que hay que cerrar, animales que alimentar, agua que revisar y veinte cosas que nadie le explicó. Lo que iban a ser dos días tranquilos se convierten en cuarenta y ocho horas haciendo de pastora, jardinera, vigilante, cuidadora y mecánica. Cuando vuelven, le dicen: “Qué bien, menos mal que estabas tú”.
Lucía vuelve a su casa con unas agujetas que parece que ha participado en las Olimpiadas Rurales. Y entonces empieza a darse cuenta de que todos esos favores aparentemente inocentes se han ido acumulando. “Aquel día me ayudaron con el coche”. “Yo les cuidé la casa”. “Ellos me llevaron una herramienta”. “Yo les ayudé con el caballo”. “Me regalaron unos tomates”. “Yo estuve dos días cuidando la finca”. “Me echaron una mano con una tubería”. “Yo les ayudé a mover una piedra de media tonelada”. El problema es que los vecinos recuerdan perfectamente lo que hicieron por Lucía, pero parecen tener una memoria mucho más selectiva respecto a lo que Lucía hizo por ellos.
Y llega el momento en que la deuda social se vuelve surrealista. Lucía descubre que debe favores que ni siquiera sabía que había contraído. “Hombre, después de todo lo que hemos hecho por ti…”. Esa frase empieza a aparecer cada vez que ella dice que no puede hacer algo. Es como una hipoteca emocional. Y los intereses son compuestos: cada favor genera otro favor, y ese segundo favor genera un tercero. Al final Lucía ya no vive en su casa; vive atendiendo las necesidades logísticas de los nueve vecinos.
Hasta que un día empieza a estar realmente desbordada. La casa, el huerto, los animales, el coche, las reparaciones, las cuentas y encima los favores. Empieza a dormir mal. Está permanentemente pendiente de si se ha roto algo, de si alguien le va a pedir otra cosa o de si aparecerá otra avería misteriosa. Mira una ardilla perecid dentro del pozo y ya no piensa “qué ha pasado”. Piensa “¿qué será lo siguiente?”. Oye un ruido por la noche y se levanta a mirar el coche. Encuentra una tubería mojada y se pasa media noche pensando quién la habrá tocado. Empieza a vivir en un estado de desconfianza permanente.
Y entonces ocurre lo más curioso: los propios vecinos empiezan a darse cuenta de que han ido demasiado lejos. Porque querían que Lucía vendiera y se marchara, pero ahora tienen otro problema: si Lucía no consigue vender la casa, tampoco se va. Y si encima está agotada, desconfiada y harta de todo el mundo, mucho menos va a recomendarle la aldea a nadie.
Así que llega la reunión definitiva. “A esta chica hay que ayudarla”. Pero esta vez la ayuda cambia de dirección. Empiezan a buscar compradores. Uno conoce a alguien de Madrid. Otro tiene un primo que busca una casa barata. Otro sabe de una pareja que quiere irse al campo. El que tiene la casa vacía al lado empieza a enseñar la zona. El albañil empieza a hablar de las posibilidades de reforma. El vecino que antes le decía que aquella casa era “una maravilla para vivir” ahora empieza a decirle que hay que ponerla presentable para vender.
Y Lucía empieza a comprender la ironía de toda la situación: después de meses intentando conseguir que se marche, los vecinos han descubierto que la única forma de conseguirlo es ayudarla a vender.
De repente todos vuelven a ser encantadores.
Otra vez aparecen los calabacines.
Otra vez aparecen los cigot.
Otra vez “si necesitas cualquier cosa nos llamas”.
Pero ahora Lucía ya no se fía.
—¿Y esto?
—Nada, mujer. Unos calabacines.
Lucía mira la bolsa.
Mira al vecino.
Mira la casa.
Y piensa:
“Esta vez seguro que quieren venderme algo”.
Y efectivamente, a los cinco minutos aparece la pregunta:
—Oye, por cierto… ¿no tendrás algún conocido en Madrid que quiera comprar una casa por aquí?
Porque después de toda aquella guerra rural, de las piedras de quinientos kilos, los caballos, las fincas gigantes, las tuberías misteriosas, las ardilla del pozo y los favores con intereses, los nueve vecinos han llegado finalmente a una conclusión económica bastante sencilla:
si quieren que Lucía se vaya, primero tienen que conseguir que alguien compre su casa.
Y para eso van a tener que volver a ser exactamente los vecinos encantadores que eran el primer día.
Solo que ahora Lucía ya conoce el precio de cada calabacín.
Prefiero irme a vivir con Lucía y sin tener relaciones incluso.