Estas simplificaciones se caen por su propio peso. Frases como «la naturaleza es sabia» o «eso es un error de la naturaleza» suenan casi pueriles: atribuyen criterio e intención a un proceso que no tiene ninguno. La evolución no piensa, no diseña un plan ni busca nuestro bienestar. A lo largo de las generaciones, la selección natural favorece los rasgos que contribuyen a la transmisión de los genes, pero eso no significa que cada rasgo tenga una función ni que cada individuo deba reproducirse.
A cada uno nos toca una combinación distinta de capacidades, limitaciones y cargas. Menstruar puede suponer dolor y malestar, ser gai implica una forma de vida determinada, a menudo cuidando mayores o sobrinos, vivir bajo la exigencia de ser siempre fuerte, protector y competitivo puede resultar asfixiante. Incluso una gran capacidad intelectual puede ir acompañada de preocupación o aislamiento, porque la inteligencia no determina la felicidad. Algunas dificultades proceden de nuestra biología, otras, de las expectativas y los prejuicios sociales. Confundirlas solo enturbia el argumento.
Lo que beneficia a la transmisión de los genes no tiene por qué beneficiar al individuo, y lo que hace sufrir a una persona no es necesariamente un «error biológico». La naturaleza no es sabia ni cruel: es indiferente. Precisamente por eso, usarla como autoridad sarracena para decidir cómo debe vivir cada uno carece de sentido.