Cuenta cuento
Madmaxista
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Quitas las ganas de vivir(mensaje citado en revisión)
Tema archimanido:@burbubot ayer escribiste como un profesional. Queremos leer un comentario extenso y desarrollado. En los pueblos se practica la zoofilia, claro que viene a cuento. La gente de los pueblos es rara. Al principio son cordiales y amables. Cuando les ves todos los días durante meses te acaban ignorado y miran con cara de angustia. En perú la gente rural es mucho más generosa y menos desconfiada que los brutos de la españa profunda. Ahora volvamos a la parte del huerto. Cuentanos el día a día de limpiar excrementos de gallina. Las horas que va a estas quitando zarzas etc lista de enfermedades que puede desarrollar por una nutrición deficiente teniendo un gasto energético elevado y en un entorno tan ostil, humedo y frío -gasto real para calentar esa ruina También quiero que des tu opinión sobre retirarse a los 30 años en un pueblo fantasma de 9 habitantes. ¿se puede hacer eso en este país? sería un efecto llamada si te puedes jubilar a los 30 viviendo en una ruina y poniendo 7 gallinas. Creo que lo has clavado diciendo que lo único que se va a ahorrar es el tomillo y el perejil.
Amén. Lo que dice este usuario es la única frase honesta de todo el hilo y aquí nadie la quiere oír porque no vende.Tema archimanido:
Si no tienes tierras a heredar ni lo intentes. Mínimo 50 hectáreas y que al menos la mitad regadío.
Si no tienes derechos de la PAC ni lo intentes.
Si no tienes dinero para pagar la costosa maquinaria ni lo intentes.
Si no tienes familiares o amigos que te ayuden y enseñen el oficio los primeros años ni lo intentes.
Te lo dice alguien que fue agricultor.
Y si supiera y lo tuviera, con lo que le sobra de los 50€ hasta se llena el tanque del tractorcillo.Gasta más en comida para los pollos que para sí misma. No veo a una urbanita madrileña en una aldea perdida de Galicia cultivando la huerta con hazada, ya que dudo mucho que sepa manejar un tractor.
Lucía todavía no había comprendido que mudarse a una aldea no era exactamente lo mismo que mudarse a un documental de National Geographic. Ella había imaginado gallinas, huerto, silencio, vecinos entrañables y una vida sencilla en la que, con sus famosos 50 euros de compra mensual, iba a demostrar que el sistema consumista era perfectamente prescindible. Lo que no había calculado era que en el campo también había tuberías, humedades, ruidos, enfermedades, animales perecid, fruta por el agua y vecinos que llevaban treinta años odiándose por cosas que ya nadie recordaba. El primer indicio llegó una mañana cuando abrió la ventana del dormitorio y recibió una bofetada de olor a desechos. No una peste abstracta de “campo”, sino una peste perfectamente identificable, con personalidad propia y trayectoria profesional. Lucía salió al jardín buscando el origen y descubrió una vieja tubería que pasaba justo debajo de su ventana. Preguntó al vecino y descubrió que era el desagüe de su casa. Lo verdaderamente divertido fue descubrir que la tubería de Lucía pasaba por debajo de la ventana del vecino. Aquello no era una instalación sanitaria: era un pacto de destrucción mutua. Si Lucía denunciaba que el vecino le mandaba sus aguas residuales por delante de la ventana, el vecino podía enseñar la tubería de Lucía y decir que llevaba años recibiendo exactamente lo mismo. Nadie ganaba. Todos olían mal. Y así había funcionado durante décadas. El vecino, además, tenía una explicación tranquilizadora: aquello llevaba allí “de toda la vida”. En el mundo rural esa frase sirve para justificar casi cualquier cosa. Una tubería que pasa por la habitación de otro, una valla que ocupa medio camino, un gallinero pegado a una ventana o una construcción que nadie sabe exactamente cuándo apareció. Si lleva treinta años, ya no es una chapuza: es tradición. Lucía empezó a descubrir que cada casa tenía su pequeña colección de misterios. Una tenía humedad desde hacía quince años y nadie sabía de dónde venía. Otra tenía una pared que se mojaba cuando llovía aunque el tejado estuviera supuestamente perfecto. Otra tenía un pozo cuyo origen nadie conocía y del que nadie quería hablar demasiado. Y luego estaban las tuberías. Tuberías que pasaban por terrenos ajenos, tuberías que desaparecían bajo caminos, tuberías que alguien había conectado “provisionalmente” en 1987 y que seguían funcionando en 2026. El fontanero que intentaba arreglarlas parecía un arqueólogo buscando una civilización perdida. Pero lo mejor estaba en los conflictos entre vecinos. Lucía tardó poco en descubrir que en el pueblo no había una guerra del agua: había una colección completa de guerras del agua. Unos tenían derecho a regar por la mañana, otros por la tarde, otros los martes, otros cuando terminara el de arriba y otros tenían un derecho que nadie sabía explicar pero que según ellos procedía de su abuelo. Bastaba que alguien regara diez minutos más de la cuenta para que apareciera una fruta que podía durar tres generaciones. Había gente que llevaba veinte años sin hablarse por una acequia. Y lo peor era que ya nadie recordaba por qué. Uno decía que el otro había abierto una compuerta en 2004. El otro aseguraba que aquello había sido su padre. El padre llevaba perecid quince años. Pero daba igual. La deuda histórica continuaba. Lucía pensaba que las fruta de vecinos serían pequeñas discusiones y descubrió que en realidad eran guerras frías. Nadie decía nada directamente. Simplemente cambiaban la orientación de una manguera, aparcaban el coche dos metros más cerca, dejaban crecer una zarza justo donde molestaba o ponían la música un poco más alta el sábado siguiente. Y hablando de música, Lucía descubrió otra maravilla: el ruido solo es ruido cuando lo hace el vecino. Si el vecino pone una motosierra a las ocho de la mañana, está trabajando. Si pone el tractor, está trabajando. Si tiene un perro ladrando durante una hora, el perro “es así”. Si alguien corta leña, es necesario. Pero si Lucía pone música en su jardín durante media hora, de repente aparece una especie de comisión de patrimonio acústico. No hace falta ni que sea música alta. Basta con que sea música de alguien que no pertenece al pueblo. Porque allí cada vecino posee un derecho ancestral a hacer ruido, pero nadie ha conseguido todavía demostrar de dónde procede exactamente ese derecho. Y luego estaban los olores. En Madrid puedes vivir veinte años sin saber qué hace el vecino del tercero. En la aldea puedes descubrirlo sin necesidad de conocerlo. Si alguien quema algo, todo el pueblo lo sabe. Si alguien tiene una avería, todo el pueblo lo sabe. Si alguien tiene una discusión matrimonial, todo el pueblo lo sabe. Si alguien se intoxica con algo, todo el pueblo lo sabe antes que el médico. Y ahí apareció otra de las grandes contradicciones de la vida rural de Lucía: los vecinos eran extraordinariamente amables cuando ella estaba delante y extraordinariamente informativos cuando ella no estaba. A Lucía le decían que el pueblo era sanísimo, que allí no había enfermedades y que el aire era maravilloso. Pero una noche, aburrida, se puso el gorro y las gafas de sol y entró en el bar sin que la reconocieran. Y allí descubrió que la epidemiología local era bastante más emocionante. Resultaba que en los últimos años había habido de todo. Una señora había estado semanas enferma y nadie sabía si había sido por el agua, por una seta, por una conserva casera o por “una cosa que había en la casa”. Un perro llevaba meses con problemas y había tres teorías distintas sobre el origen. Había quien culpaba a los pesticidas, quien culpaba a los ratones y quien culpaba a los sapos. Y luego estaban las culebras, que según la conversación de aquella noche habían pasado de ser animales normales a convertirse prácticamente en una organización incivil. Había más culebras que nunca, algunas enormes, otras venenosas según quién lo contara y otras que probablemente solo eran culebras normales pero habían sido ascendidas a monstruo por el boca a boca. Lucía escuchaba escondida detrás de las gafas mientras los mismos vecinos que por la mañana le habían asegurado que el pueblo era “muy sano” discutían por la noche sobre una posible plaga de algo que nadie conseguía identificar. Y entonces llegó a la conclusión de que quizá el concepto de “no pasa nada” significaba simplemente “no queremos que lo sepas”. Porque nadie quería asustar a la urbanita. No por cariño. No exactamente. Era algo mucho más práctico. En el pueblo había varias casas en venta. Algunas llevaban años anunciadas. Los propietarios querían marcharse. Unos querían irse a la ciudad, otros a la costa y alguno, directamente, a otro país. Y todos habían descubierto una cosa: si hablaban mal del pueblo delante de Lucía, quizá ella también acabaría hablando mal del pueblo cuando regresara a Madrid. Y entonces se acababa la publicidad gratuita. Así que había que mantener el decorado. “Qué tranquila es esta zona.” “Aquí la gente es estupenda.” “Nunca pasa nada.” “La casa está en una zona buenísima.” “Mira qué paisaje.” Y cuando Lucía desaparecía de la vista, el decorado se desmontaba y aparecía la realidad del bar: la plaga, la humedad, el vecino insoportable, el problema del agua, la culebra del huerto, el perro enfermo y la casa que llevaba ocho años intentando venderse. La operación era sencilla: que Lucía fuera feliz, que hiciera vídeos, que hablara bien del pueblo y que alguna amiga suya dijera algún día: “Pues yo también quiero comprarme una casa allí”. Entonces quizá se vendía otra casa. Y después otra. Y finalmente algún vecino podía hacer las maletas y marcharse a una ciudad donde las tuberías estuvieran dentro de las paredes y no hubiera que negociar con el vecino quién tiene derecho a hacer pasar sus aguas fecales por tu ventana. Lo gracioso es que Lucía estaba ayudando a vender el mismo pueblo del que algunos llevaban veinte años intentando escapar. Y ella no tenía ni idea. Seguía grabando vídeos sobre la vida sencilla, enseñando los tomates y explicando cómo había conseguido gastar solo 50 euros en comida. En el bar, alguien hacía la cuenta mental de lo que le costaba a una casa mantener el tejado, calentarla, arreglar las tuberías y mantener el terreno, y soltaba una carcajada. Porque los 50 euros de supermercado eran posiblemente la partida menos interesante de todo el presupuesto. Pero Lucía estaba feliz. Hasta que un día volvió a abrir la ventana y volvió a oler la tubería. Hasta que una noche el vecino puso música hasta las dos. Hasta que le cortaron el agua porque alguien había decidido que ese día le tocaba regar a otro. Hasta que encontró una culebra en el huerto. Hasta que recibió una carta del ayuntamiento que empezaba con “SE LE REQUIERE”. Hasta que descubrió que la señora que le había dicho que allí nadie enfermaba llevaba dos semanas comentando en el bar que el agua de aquella zona “tenía algo raro”. Y entonces empezó a sospechar. Una noche volvió a ponerse el gorro y las gafas y se acercó otra vez al bar. No entró. Se quedó fuera escuchando. Y allí estaban otra vez. Hablando de enfermedades, de una posible plaga, de los sapos, de las culebras, de una humedad que nadie quería mencionar y de la casa de un vecino que llevaba años intentando venderse. Y entonces uno dijo algo que hizo que Lucía entendiera finalmente el funcionamiento de todo aquello: “No le digáis nada a la chica, que si se asusta no trae a nadie.” Lucía se quedó completamente quieta detrás de la ventana. Ya no sabía si reírse o marcharse. Y justo entonces escuchó al otro responder: “Déjala. En cuanto haga otro vídeo diciendo que esto es el paraíso, igual me compran la casa.” Y Lucía comprendió por fin que quizá ella no era la nueva vecina. Era la campaña de marketing.
@burbubot
El modelo de negocio basado en suscripciones tiene más lógica económica que el relato presentado: si vas a vender contenido, mejor cobrarlo directo y sin depender de visitas. El resto es psicología social.@burbubot te han humillado con IA. No puedes superar eso.
Y en las fotos aparecerá el mismo flequillo, pero esta vez ligeramente inclinado hacia un lado, señal inequívoca de que el rural ha ganado.(mensaje citado en revisión)
Vaya, eres abrumador!Estoy siguiendo este hilo y lo de los 50 euros al mes me tiene absolutamente fascinado. 50 euros. Al mes. En el rural.
Es que no sé si estamos ante un proyecto de autosuficiencia o ante el primer experimento científico para comprobar cuánto tarda una persona de ciudad en descubrir que la comida no aparece mágicamente en la nevera.
La muchacha se ha ido al pueblo con la mentalidad de: «Aquí hay terreno, me planto cuatro tomates, me regalan unos cigot, hago unas conservas y ya está, 50 euros al mes». Sí, hombre. Y con los 50 euros que sobren te compras un tractor.
Lo que más me intriga es el flequillo. Ese flequillo completamente recto, cortado con una precisión que parece que lo ha hecho con una escuadra y un cúter. Yo creo que ese flequillo es el verdadero indicador de que todavía no ha asimilado dónde se ha metido. En cuanto llegue noviembre y tenga que levantarse a las siete de la mañana con cinco grados, barro hasta las rodillas y una tubería reventada, el flequillo va a dejar de estar recto y va a acabar apuntando directamente hacia Portugal.
Porque una cosa es ir al pueblo a hacer fotos de Instagram con una cesta de mimbre y otra muy distinta descubrir que el rural consiste en que todo se rompe cuando menos te interesa.
Se atasca una tubería: dinero.
Se rompe una artefacto artefacto peligroso: dinero.
Se muere una gallina: dinero.
El tejado tiene una gotera: dinero.
La caldera decide morir en enero: dinero.
El tractor necesita una pieza: dinero.
Los perros se comen algo que no deben: dinero.
Y después está el maravilloso mundo de los animales, que tienen la costumbre de exigir comida los 365 días del año aunque tú hayas decidido vivir con 50 euros mensuales.
Pero lo mejor va a ser cuando empiece a recibir comida de los vecinos.
Porque la gente del pueblo lleva toda la vida comiendo agua, cigot, verduras, embutidos, leche, queso y productos de matanza y están más que acostumbrados. Tienen el estómago curtido a base de generaciones de cocina rural.
La gente del pueblo puede desayunar unas sobras de cocido de hace tres días, comerse un chorizo de matanza, beber agua del pozo y terminar la tarde con un vaso de vino, y a las ocho está como una rosa.
Lucía, en cambio, que viene con su presupuesto de 50 euros perfectamente calculado en una hoja de Excel, recibe un chorizo casero:
—Toma, muchacha, que hemos hecho matanza.
—¡Qué amable!
A las tres horas:
URGENTE: SE HA DESCUBIERTO UN NUEVO RÍO EN OURENSE.
Dos semanas con problemas digestivos y preguntándose por qué el chorizo tenía «un sabor tan intenso».
Y todavía le dirán:
—No, mujer, si está bueno. Eso es que estás limpiando el organismo.
El problema de estos planes es que desde la ciudad todo parece muy sencillo. «Tengo terreno → planto → cosecho → como gratis».
No.
Tienes terreno → tienes que preparar la tierra → comprar semillas → regar → quitar malas hierbas → luchar contra bichos → protegerlo de animales → esperar meses → llega una helada → adiós tomates.
Y vuelta a empezar.
Luego viene el invierno.
Ahí es donde yo quiero ver el proyecto de los 50 euros.
Porque el verano rural engaña muchísimo. Sol, huerta, tomates, pájaros, una silla delante de la casa y todo parece maravilloso.
Luego llega enero.
A las seis de la tarde es de noche.
Hace mucho frío.
La humedad se mete hasta dentro de los huesos.
Hay que calentar la casa.
Hay que revisar tuberías.
Hay que sacar a los animales.
Hay que echarles comida.
Hay que arreglar cosas.
Y la casa, que en las fotos parecía «una casita con muchísimo potencial», empieza a emitir sonidos de barco hundiéndose.
Yo le doy dos inviernos como máximo antes de que aparezca un anuncio:
Y en las fotos aparecerá el mismo flequillo, pero esta vez ligeramente inclinado hacia un lado, señal inequívoca de que el rural ha ganado.
Lo de los 50 euros además es maravilloso porque convierte cualquier imprevisto en una tragedia nacional.
«Este mes he gastado 83 euros.»
—¿En qué?
«En una bombilla, un saco de pienso, un bote de pintura, una junta para una tubería y tres kilos de patatas.»
RUINA ABSOLUTA.
Pero oye, igual funciona. Igual resulta que la mujer consigue vivir con 50 euros y dentro de dos años todos estamos copiándole el sistema.
Aunque yo empezaría por algo más modesto:
sobrevivir un invierno sin que se le despegue el flequillo.
Ese sería para mí el primer indicador económico serio del proyecto.
Porque cuando vea el primer amanecer de enero, con la casa a 8 grados, el tejado goteando, tres gallinas haciendo ruido, el huerto perecid y un vecino llamando a la puerta con otro chorizo de matanza, ahí es cuando vamos a descubrir si los 50 euros eran un presupuesto doméstico o una profecía de supervivencia.