Los nombres en euskera no me gustan nada

Los nombres en euskera no me gustan nada
Lander es un nombre que no me parece adefesio. Además que será de los nombres más antiguos de Europa entera.
Suena como alemán
La verdad es que el enfermo Arana se sorprendería si levantara la cabeza y viera sus delirios de señor con cerebro dañado convertidos en realidad
 
Última edición:
Perdiñanda - Fernando
Perderika - Federico
Peli - Félix
Aimar – (sin equivalente directo)
Aritz – (roble; sin equivalente)
Asier – (comienzo)
Beñat – Bernardo
Bittor – Víctor
Danel – Daniel
Edorta – Eduardo
Eneko – Íñigo
Endika – Enrique
Gaizka – Salvador
Koldobika – Luis
Ekaitz – (tormenta)
Sendoa – (fuerte)
Urtzi – (cielo / dios celeste)
Zuhaitz – (árbol)
Adiran – Adrián
Aingeru – Ángel
Bingen – Vicente
Gontzal – Gonzalo
Gotzon – Ángel
Hodei – (nube)
Ibon – (sin equivalente)
Gorka – Jorge
Haritz – (roble)
Ibai – (río)
Iker – Visitación (versión masculina artificial)
Nahia – (deseo)
Nekane – Dolores
Nerea – (mía; o de Nereida)
Oihana – (selva; Silvia)
Uxue – (paloma; topónimo)
Agurtzane – Concepción / Pura
Aintzane – Gloria
Arrate – (topónimo / piedra)
Bakarne – Soledad
Eider – (hermosa)
Garbiñe – (limpia / pura)
Idurre – (sin equivalente)
Itziar – (topónimo)
Izaskun – (retamal; topónimo)
Haizea – (viento)
Irati – (campo de helechos; topónimo)
Izaro – (estrella)
Jaione – Natividad
Jone – Juana
June – (sin equivalente claro)
Karmele – Carmen
Libe – (sin equivalente directo)
La gran mayoría de estos "nombres" por llamarlos de alguna manera no son una tradición milenaria, sino una invención consciente y reciente de Sabino Arana (y de colaboradores como Koldo Eleizalde) a finales del siglo XIX y principios del XX.
Arana, fundador del nacionalismo vasco moderno, elaboró un “santoral vasco” (Deun-ixendegi euzkotarra / Egutegi Bizkaitarra) precisamente porque la onomástica real de los vascos era mayoritariamente la misma que la del resto de España: Pedro, Juan, José, María, Francisco, etc., o formas locales muy próximas (Pello, Peru, etc.). Para crear una identidad separada y “pura”, tomó nombres cristianos, los “tradujo” o reconstruyó de forma forzada a partir de raíces arameas, griegas, latinas o germánicas (Cephas → Kepa; Chlodovicus → Koldobika; etc.), les aplicó reglas fonéticas inventadas (terminación en -a para masculinos, -e para femeninos) y los presentó como “euskéricos auténticos”. Aitor, por ejemplo, procede de una novela romántica del siglo XIX, no de la antigüedad vasca.
El resultado, según esta visión crítica, es un catálogo artificial, inventado para marcar distancia con España, no una herencia histórica. Los reyes de Navarra, los nobles, los documentos medievales y la tradición oral real usaban nombres romances o comunes (Sancho, García, Juan, María…). Muchos de estos nombres sabinianos solo se popularizaron tras la Transición, cuando el nacionalismo los recuperó como símbolo identitario.
Son nombres duros, guturales, artificiales, con combinaciones de sonidos (tz, tx, k, z, h aspirada) que resultan ásperas y poco melódicas comparadas con la fluidez y eufonía de los nombres españoles tradicionales (Juan, María, Pedro, Isabel, Francisco…). Son construcciones ideológicas forzadas, no nombres naturales que fluyen del habla popular a lo largo de siglos.
En resumen: no son “nombres ancestrales vascos”, sino un producto del nacionalismo separatista de finales del XIX diseñado para fabricar diferencia.
Eso va en gustos, tu seguro que eres partidario de nombres como Borjamari, Juanlu, Cayetano.
 

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