+18 Solas y acosadas: el drama de las niñas que nadaron a Ceuta

RESUMEN DEL DEBATE · elaborado con IA

Niñas que nadan a Ceuta y acaban en la calle: el coste de la desprotección Tiene 17 años, cruzó a nado el Estrecho y llevaba tres días en la misma esquina de la barriada de El Príncipe cuando una vecina de 62 años y 11 nietos, Zohra Mohamed, decidió que no dormía otra noche a la intemperie. No hay ONG detrás: son las mujeres del barrio, convertidas en «nuevas madres» de las chicas que llegan solas.

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Solas y acosadas: el drama de las niñas que nadaron a Ceuta​

Las vecinas se convierten en “nuevas madres” para las chicas ante su desprotección. La policía investiga cinco abusa

(imagen visible para usuarios registrados)

Zohra Mohamed avanza tres pasos y retrocede seis. Está atrapada en la misma porción de la calle desde hace horas. Alguien le ha dicho que tras las rejas zainas del edificio polifuncional de la barriada de El Príncipe puede haber esperanza, pero de momento no aparece. Tiene 62 años, 11 nietos y desde hace tres días, una más que no es de su sangre. Es Aya, de 17 años, una joven ingenieros que cruzó a nado a Ceuta. Vestida con camiseta masculina, observa el diminuto ir y venir de Zohra, y repite su propio ritual nervioso, mordisqueando el colgante de una pequeña mariposa que lleva al cuello. “No abren, es que no abren aquí. Dime qué hago, dónde voy”, suplica Zohra a todo el que se cruza. Hace tres días vio a Aya en un callejón, con las piernas llenas de heridas y aún mojada por la travesía. Estaba sola, no tenía zapatos y era de noche. “¿Cómo iba a dejarla así? “Una niña sola, ¿cómo va a ser eso?”, repite agitada. Numerosos ceutíes han acogido a algunos de los miles de menores que el 30 y el 31 de julio entraron en Ceuta por el espigón fronterizo de El Tarajal, pero la solidaridad de los vecinos apenas da abasto para paliar la situación de estos jóvenes, y en especial la de las chicas, expuestas, además, a la violencia sensual.

Hasta el pasado jueves, Aya vivía al otro lado de la frontera, en Rincón , y estudiaba peluquería. Su hermano, de 14 años, la despertó a zarandeos en mitad de la noche diciéndole que iba a cruzar a España. Ella no le creyó y él no la esperó. Consultó su móvil y vio que era cierto: había decenas de personas rebasando el paso fronterizo.

Aya salió corriendo de casa, con lo puesto. Caminó 22 kilómetros a oscuras, siguiendo a la masa de gente que avanzaba a la luz de sus móviles. Dice que fueron horas, no sabe cuántas. Después, se lanzó al mar. Recuerda la avalancha, se señalan las heridas aún tiernas, pero dice que eso no era miedo. Lo sintió después, cuando en las calles de Ceuta le persiguió la policía y se escondió debajo de un coche. No quiere contar lo que pasó las dos noches antes de que Zohra la encontrara y sacude la cabeza como ahuyentando algo invisible, pero que aún duele. Zohra la abraza inmenso; se le anegan los ojos cuando le pasa las manos callosas por la circunferencia del rostro: ¿Qué va a hacer ella aquí sola, qué va a hacer? “Ya he hablado con sus padres y no quieren que vuelva a Jovenlandia, ella tampoco”, dice. Pero no puede, no sabe cómo procurarle un futuro. Está insomne desde que la encontró, buscando alternativas. La llevó al centro temporal de acogida de menores y no le dio tiempo ni a ver que estaba colapsado.

“Estaba todo lleno de chicos, de hombres ya, yo no pude dejarla allí con todos ellos, le pueden hacer cualquier cosa”, teme Zohra, echando la mirada al cielo, mentando un terror impronunciable. Volvieron a casa y ahora vuelven a intentarlo en este edificio, donde el boca a boca asegura que hay alguna opción de acogida.

Wafa e Ilhame están en la misma búsqueda desesperada. Wafa tiene 42 años, y ha acogido a cuatro menores ingenieros, que duermen en un sofá de dos plazas en su casa. A Ilhame la ha ubicado en la habitación de su hija. Mientras lo cuenta, Ilhame se pone la mano en el corazón y baja la mirada, un gesto de agradecimiento angustioso, pesado. Se seca los ojos con la chilaba tonalidad crema y dice que quiere estudiar enfermería, por eso vino. Tiene 15 años y es de Río Martín; también cruzó a nado. No sabe dónde están el resto de las amigas con las que surcó el mar. “Me encantaría ocuparme de ella, no quiero que esté en la calle, pero es que no doy abasto” dice Wafa. Moquea por el resfriado y por algo más. Va camino del supermercado para comprar más comida, pero no le salen las cuentas. “Yo también tengo descendientes, mi progenitora, el alquiler, y estoy haciendo todo lo posible por los cinco, pero es que el dinero da para lo que da. No cabemos. ¿Pero qué voy a hacer, dejarla a su suerte?”, se pregunta. Aprieta a mano de Ilhame y le susurra algo en dariya, el árabe dialectal de Jovenlandia. “No te va a pasar nada, estoy aquí. Eso le he dicho”.

Violencia sensual​

Los temores de Zohra y Wafa no son infundados. Este viernes, la Delegación de Gobierno confirmó que se han recibido cinco casos de abusa a menores ingenieros, que se encuentra investigando la Unidad de Atención a Familia y Mujer de la Policía Nacional. Y también confima los temores Rajaa, que entra en la asociación de vecinos de El Príncipe agarrando a una niña de 12 años de los hombros, protegiéndola con su cuerpo. “Por favor, por favor”, suplica. Está muy nerviosa, y la niña, Yuli, tiene los ojos rebosantes de congestión y pánico. Tiembla. Lleva llorando desde anoche. Estaba quedándose dormida tras un contenedor, cuando varios hombres trataron de arrastrarla hacia el monte, manoseándola. Sus gritos despertaron a Rajaa, que vive en una de las casas de colores de la colina, y se asomó temiendo una pelea. Al ver la escena, se echó a la calle junto a su yerno y los atacantes huyeron. “Unos individuos, tirándole de la ropa, arrastrándola. Eran cinco hombres de aquí, tendrían como 30 o 35 años”, dice. Atrae a Yuli hacia su pecho y la acuna. Ella hipa. “Tranquila, ahora eres mi hija también, no te voy a abandonar”, dice, y le riega la frente de besos pequeños. Es de Agadir y cruzó sola. Han hablado con su progenitora, pero no quiere que vuelva. “Ahora esta es tu hermana”, le dice Rajaa, señalando a su hija de sangre.

Por todas las barriadas de Ceuta se repite la escena: mujeres que acogen a niñas, mayoritariamente ingenieros, que vagan por las calles intentando hacerse invisibles. Sucede en Benzú y en Hadú, pero es en Sidi Embarek, en Los Rosales, donde la frustración ha estallado en algo así como una frágil solución temporal. Liderados por el presidente de la barriada, Abdellah Mustafa, los vecinos han habilitado un campo de fútbol sala para refugiarlas. Dos hombres corpulentos custodian la estrecha puerta y hacen guardia durante la noche y durante el día intentan acondicionar el espacio, que iba a ser un cine de verano antes de que todo cambiara en Ceuta. Han puesto tiendas de campaña, lonas y colchones sobre el suelo verde. Chicas menores de edad van llegando a todas horas, guiadas por el boca a boca, y se asoman al campo. Algo se calma en sus rostros al ver que allí solo hay niñas y adolescentes, y cuando acceden, parecen más ligeras. Solo el primer día que abrieron el campo, llegaron cincuenta chicas. Al caer la noche, más de cien. A los dos días, empezaron a apuntar sus nombres en un cuaderno blanco que se quedó escaso al poco: la cifra ya llega a 200, y no caben todas. La mayoría pasa el día fuera y regresa solo a dormir, pero empieza a vislumbrarse el colapso. El Ayuntamiento les ha enviado un aseo portátil, nada más.

Mientras lo instalan, una pareja de chicas comparte risas apoyadas en el muro: Jamnat, de Castillejos, y Zineb, de Agadir. Se han conocido aquí y hacen el símbolo del corazón chocando índice y pulgar cuando les preguntan si son amigas. Tienen 17 y 16 años, y aunque no han tenido una progenitora de acogida que las guiara aquí, proclaman que también tienen zhar, “mucha suerte”. Anoche, estaban dando una vuelta cuando un grupo de chicos cargados con bolsas de cerveza, no más de cinco, intentaron agredirlas sensual. Abdellah rondaba por allí y se enfrentó a ellos. “Eran un grupo, un grupo. Tatuados, como 40 años”, repite él, iracundo. A golpes, logró que huyeran, aunque ha vuelto a verles subidos en motos rondando la zona.

Jamnat escucha a Abdellah relatar lo sucedido y confiesa con un tímido español que pasó mucho miedo. Se frota compulsivamente el hombro izquierdo, por donde la agarraron. A Zineb le cuesta más hablar de los detalles, y aprieta en los labios una conmoción que perdura. Fueron a la policía, en el centro de Ceuta, pero no las atendieron. “Les dijeron que se fueran a las naves del Tarajal. No pudieron ni entrar a la comisaría”, explica Abdellah. Si van a un centro de menores, sea cuando sea, quieren ir juntas. Lo cuentan mientras se abrazan y corean inshallá. Ojalá.

https://elpais.com/espana/2026-08-0...nsual-y-refugiadas-con-sus-nuevas-madres.html
 
Última edición:
Yo cuando vi en las primeras imágenes que se difundían que estaban cruzando adolescentes chicas por el mar en un tanto % muy muy bajo, ya sabía que iba a ocurrir con ellas o de camino a Ceuta. Menudo calvario debe ser nacer mujer en países donde vales bastante menos que un hombre y donde tus propios padres te pueden vender a cualquiera aunque tú tengas 12 años y el comprador 50. Qué barbaridad. Siglo XXI y aún con estas cosas. Ojalá venga la IA a lo terminator y nos extermine porque no tenemos perdón de Dios.
 
Yo cuando vi en las primeras imágenes que se difundían que estaban cruzando adolescentes chicas por el mar en un tanto % muy muy bajo, ya sabía que iba a ocurrir con ellas o de camino a Ceuta. Menudo calvario debe ser nacer mujer en países donde vales bastante menos que un hombre y donde tus propios padres te pueden vender a cualquiera aunque tú tengas 12 años y el comprador 50. Qué barbaridad. Siglo XXI y aún con estas cosas. Ojalá venga la IA a lo terminator y nos extermine porque no tenemos perdón de Dios.
Que los extermine a ellos.
 
La quinta columna. Habla con los padres de la chica y todos de acuerdo en que se la criemos nosotros. Tiene a cuatro menores acogidos, esperando que la cosa escampe. 62 años y 11 nietos. Aquí a esa edad uno o cero nietos o perrinietos y perrhijos. Invasores ayudando a invasores y gestando el futuro sarracinista, sin pausas y sin prisas.
 
Última edición:
Me temo que habrá chicas retenidas contra su voluntad en algún lugar escondido en Ceuta, es una barbaridad tener a chicas solas menores mezcladas con estos salvajes donde en sus países la mujer vale poco más que una cabra.
 
Pienso que se hace imprescindible devolver a todos y cada uno de los que han entrado, no puedes mandar un mensaje de que hay recompensa si cruzas la valla o tendrás una oleada turística como la del otro día todos los meses. Lo siento por estas chicas pero no son huérfanas, no tienen por qué dormir en la calle si no quieren, la puerta para volver a su casa con sus padres y volver a dormir en su cama la tienen abierta, en un par de horas podrían estar allí si quisieran. Están forzando la situación para quedarse en España y si lo consiguen la semana que viene tienes en Ceuta otras cinco mil más como ellas.
 
Estaba escuchándolo a las 10:00 en la COPE y me ha dado muy mala impresión. En este asunto que nos están presentando con los menores, y en vista de que el pueblo no comparte que le quieran hacer propio un problema que no es suyo, como es el de que se tengan que hacer cargo de los descendientes de otros, han decidido dar un paso con el tema de las niñas menores para dar excusa de trasladar a los tres o cuatro mil "menores" que hay en Ceuta a la península, en vez de devolverlos a Jovenlandia, entre los que estarán los "forzad", porque curiosamente de esos nadie habla. En resumen, se crea un problema, el Gobierno es incapaz de solucionarlo y ahora quieren que lo paguemos todos los españoles. No es magia, son tus impuestos.
 

Solas y acosadas: el drama de las niñas que nadaron a Ceuta​

Las vecinas se convierten en “nuevas madres” para las chicas ante su desprotección. La policía investiga cinco abusa

(imagen visible para usuarios registrados)

Zohra Mohamed avanza tres pasos y retrocede seis. Está atrapada en la misma porción de la calle desde hace horas. Alguien le ha dicho que tras las rejas zainas del edificio polifuncional de la barriada de El Príncipe puede haber esperanza, pero de momento no aparece. Tiene 62 años, 11 nietos y desde hace tres días, una más que no es de su sangre. Es Aya, de 17 años, una joven ingenieros que cruzó a nado a Ceuta. Vestida con camiseta masculina, observa el diminuto ir y venir de Zohra, y repite su propio ritual nervioso, mordisqueando el colgante de una pequeña mariposa que lleva al cuello. “No abren, es que no abren aquí. Dime qué hago, dónde voy”, suplica Zohra a todo el que se cruza. Hace tres días vio a Aya en un callejón, con las piernas llenas de heridas y aún mojada por la travesía. Estaba sola, no tenía zapatos y era de noche. “¿Cómo iba a dejarla así? “Una niña sola, ¿cómo va a ser eso?”, repite agitada. Numerosos ceutíes han acogido a algunos de los miles de menores que el 30 y el 31 de julio entraron en Ceuta por el espigón fronterizo de El Tarajal, pero la solidaridad de los vecinos apenas da abasto para paliar la situación de estos jóvenes, y en especial la de las chicas, expuestas, además, a la violencia sensual.

Hasta el pasado jueves, Aya vivía al otro lado de la frontera, en Rincón , y estudiaba peluquería. Su hermano, de 14 años, la despertó a zarandeos en mitad de la noche diciéndole que iba a cruzar a España. Ella no le creyó y él no la esperó. Consultó su móvil y vio que era cierto: había decenas de personas rebasando el paso fronterizo.

Aya salió corriendo de casa, con lo puesto. Caminó 22 kilómetros a oscuras, siguiendo a la masa de gente que avanzaba a la luz de sus móviles. Dice que fueron horas, no sabe cuántas. Después, se lanzó al mar. Recuerda la avalancha, se señalan las heridas aún tiernas, pero dice que eso no era miedo. Lo sintió después, cuando en las calles de Ceuta le persiguió la policía y se escondió debajo de un coche. No quiere contar lo que pasó las dos noches antes de que Zohra la encontrara y sacude la cabeza como ahuyentando algo invisible, pero que aún duele. Zohra la abraza inmenso; se le anegan los ojos cuando le pasa las manos callosas por la circunferencia del rostro: ¿Qué va a hacer ella aquí sola, qué va a hacer? “Ya he hablado con sus padres y no quieren que vuelva a Jovenlandia, ella tampoco”, dice. Pero no puede, no sabe cómo procurarle un futuro. Está insomne desde que la encontró, buscando alternativas. La llevó al centro temporal de acogida de menores y no le dio tiempo ni a ver que estaba colapsado.

“Estaba todo lleno de chicos, de hombres ya, yo no pude dejarla allí con todos ellos, le pueden hacer cualquier cosa”, teme Zohra, echando la mirada al cielo, mentando un terror impronunciable. Volvieron a casa y ahora vuelven a intentarlo en este edificio, donde el boca a boca asegura que hay alguna opción de acogida.

Wafa e Ilhame están en la misma búsqueda desesperada. Wafa tiene 42 años, y ha acogido a cuatro menores ingenieros, que duermen en un sofá de dos plazas en su casa. A Ilhame la ha ubicado en la habitación de su hija. Mientras lo cuenta, Ilhame se pone la mano en el corazón y baja la mirada, un gesto de agradecimiento angustioso, pesado. Se seca los ojos con la chilaba tonalidad crema y dice que quiere estudiar enfermería, por eso vino. Tiene 15 años y es de Río Martín; también cruzó a nado. No sabe dónde están el resto de las amigas con las que surcó el mar. “Me encantaría ocuparme de ella, no quiero que esté en la calle, pero es que no doy abasto” dice Wafa. Moquea por el resfriado y por algo más. Va camino del supermercado para comprar más comida, pero no le salen las cuentas. “Yo también tengo descendientes, mi progenitora, el alquiler, y estoy haciendo todo lo posible por los cinco, pero es que el dinero da para lo que da. No cabemos. ¿Pero qué voy a hacer, dejarla a su suerte?”, se pregunta. Aprieta a mano de Ilhame y le susurra algo en dariya, el árabe dialectal de Jovenlandia. “No te va a pasar nada, estoy aquí. Eso le he dicho”.

Violencia sensual​

Los temores de Zohra y Wafa no son infundados. Este viernes, la Delegación de Gobierno confirmó que se han recibido cinco casos de abusa a menores ingenieros, que se encuentra investigando la Unidad de Atención a Familia y Mujer de la Policía Nacional. Y también confima los temores Rajaa, que entra en la asociación de vecinos de El Príncipe agarrando a una niña de 12 años de los hombros, protegiéndola con su cuerpo. “Por favor, por favor”, suplica. Está muy nerviosa, y la niña, Yuli, tiene los ojos rebosantes de congestión y pánico. Tiembla. Lleva llorando desde anoche. Estaba quedándose dormida tras un contenedor, cuando varios hombres trataron de arrastrarla hacia el monte, manoseándola. Sus gritos despertaron a Rajaa, que vive en una de las casas de colores de la colina, y se asomó temiendo una pelea. Al ver la escena, se echó a la calle junto a su yerno y los atacantes huyeron. “Unos individuos, tirándole de la ropa, arrastrándola. Eran cinco hombres de aquí, tendrían como 30 o 35 años”, dice. Atrae a Yuli hacia su pecho y la acuna. Ella hipa. “Tranquila, ahora eres mi hija también, no te voy a abandonar”, dice, y le riega la frente de besos pequeños. Es de Agadir y cruzó sola. Han hablado con su progenitora, pero no quiere que vuelva. “Ahora esta es tu hermana”, le dice Rajaa, señalando a su hija de sangre.

Por todas las barriadas de Ceuta se repite la escena: mujeres que acogen a niñas, mayoritariamente ingenieros, que vagan por las calles intentando hacerse invisibles. Sucede en Benzú y en Hadú, pero es en Sidi Embarek, en Los Rosales, donde la frustración ha estallado en algo así como una frágil solución temporal. Liderados por el presidente de la barriada, Abdellah Mustafa, los vecinos han habilitado un campo de fútbol sala para refugiarlas. Dos hombres corpulentos custodian la estrecha puerta y hacen guardia durante la noche y durante el día intentan acondicionar el espacio, que iba a ser un cine de verano antes de que todo cambiara en Ceuta. Han puesto tiendas de campaña, lonas y colchones sobre el suelo verde. Chicas menores de edad van llegando a todas horas, guiadas por el boca a boca, y se asoman al campo. Algo se calma en sus rostros al ver que allí solo hay niñas y adolescentes, y cuando acceden, parecen más ligeras. Solo el primer día que abrieron el campo, llegaron cincuenta chicas. Al caer la noche, más de cien. A los dos días, empezaron a apuntar sus nombres en un cuaderno blanco que se quedó escaso al poco: la cifra ya llega a 200, y no caben todas. La mayoría pasa el día fuera y regresa solo a dormir, pero empieza a vislumbrarse el colapso. El Ayuntamiento les ha enviado un aseo portátil, nada más.

Mientras lo instalan, una pareja de chicas comparte risas apoyadas en el muro: Jamnat, de Castillejos, y Zineb, de Agadir. Se han conocido aquí y hacen el símbolo del corazón chocando índice y pulgar cuando les preguntan si son amigas. Tienen 17 y 16 años, y aunque no han tenido una progenitora de acogida que las guiara aquí, proclaman que también tienen zhar, “mucha suerte”. Anoche, estaban dando una vuelta cuando un grupo de chicos cargados con bolsas de cerveza, no más de cinco, intentaron agredirlas sensual. Abdellah rondaba por allí y se enfrentó a ellos. “Eran un grupo, un grupo. Tatuados, como 40 años”, repite él, iracundo. A golpes, logró que huyeran, aunque ha vuelto a verles subidos en motos rondando la zona.

Jamnat escucha a Abdellah relatar lo sucedido y confiesa con un tímido español que pasó mucho miedo. Se frota compulsivamente el hombro izquierdo, por donde la agarraron. A Zineb le cuesta más hablar de los detalles, y aprieta en los labios una conmoción que perdura. Fueron a la policía, en el centro de Ceuta, pero no las atendieron. “Les dijeron que se fueran a las naves del Tarajal. No pudieron ni entrar a la comisaría”, explica Abdellah. Si van a un centro de menores, sea cuando sea, quieren ir juntas. Lo cuentan mientras se abrazan y corean inshallá. Ojalá.

https://elpais.com/espana/2026-08-0...nsual-y-refugiadas-con-sus-nuevas-madres.html
Me imagino que en Jovenlandia también habrá un delito de abandono de menores o algo así. Yo no puedo dejar a mis descendientes en una gasolinera y decir que paso de que vuelvan a casa. Que lo apliquen. O que no lo apliquen, me da igual, pero teniendo padres localizables no sé por qué se tiene que hacer cargo de ellos ni el gobierno de España ni el de Jovenlandia.
 

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