"Banca" en general ya es sinónimo de expansión crediticia ilimitada (Con o sin banca central), lo único que conseguía refrenar a esta era el empleo directo del metal .... y ni tan siquiera.
Tampoco voy a cancelar en tratar de convencerle de lo contrario. Atiende a una necesidad la "teoría del equilibrio inherente bancario" competitividad mediante, la percepción de tratarse de un juego ecuánime de suma cero. Si no "Cree" y muestra convicción en ello ¿Qué le quedaría?. Nada, el nihilismo más absoluto o peor aún, obsesionarse con el empleo del metal o una sopa de "criptomonedas" a lo sumo.
Incluso señalar el rol del banco central como "prestamista de último recurso" es un mantra moderno. Se trata de algo que ya me llevaba escamando desde hace tiempo y al indagar sobre ello resulta que tal idea viene de un tal Walter Bagehot en su libro "Lombard Street". El mismo Walter Begehot editor de la revista "The economist" en la segunda mitad del siglo XIX, cuando se instauró el patrón oro internacional el cual ya tenía más de fiat que de oro. ....
Píenselo de primera mano por un momento, manteniendo cierto espíritu crítico, el banco central no es prestamista de último recurso como tal, todo parte de un sistema forzoso de reservas y se encuentra enmarañado todo el sistema bancario... como detalle perturbador, en la obra de Walter Señala que los tipos de interés del banco central tienen que ser altos o caros o como desee verlo. Disponibilidad alta, garantía absoluta, tipo de interés supuestamente alto.... yo a eso no lo llamaría prestamista de último recurso, lo llamaría otra cosa.
Pero bueno, yo qué sé, qué más da. Solo me pasaba por aquí.
Tiene razón en lo de Bagehot y la mitificación del prestamista de último recurso, pero creo que ese debate, siendo interesante, no es el principal.
Lo que realmente determina cómo funciona y hacia dónde va el sistema monetario es el
riesgo de contraparte, si existe, en qué grado, y si es inevitable o se trata de una elección del sistema.
Si uno posee oro físico es efectivamente cero, no hay ninguna entidad que tenga que cumplir una promesa para que ese valor exista. En el momento en que se deposita ese oro y se acepta un certificado, aparece la primera capa de contraparte.
Con una cuenta bancaria tenemos múltiples capas invisibles, su banco le debe a usted, el banco central respalda a su banco, y el Estado respalda al banco central mediante su capacidad de recaudar y forzar curso legal.
Que esas capas sean invisibles significa que el sistema ha conseguido que las demos por garantizadas. Chipre, Grecia o Argentina son recordatorios de que esas garantías están ahí y tienen límites.
El prestamista de último recurso no es una función monetaria natural ni universal, es la respuesta institucional a haber acumulado demasiadas capas de riesgo de contraparte en el sistema.
El sistema victoriano de Bagehot, con su pirámide de crédito construida sobre reservas mínimas en el Banco de Inglaterra, la necesitaba desesperadamente.
Pero si se reduce el riesgo de contraparte lo suficiente, el prestamista de último recurso se vuelve irrelevante. No hace falta eliminarlo, simplemente deja de tener una función.
El dinero digital cambia la naturaleza del problema.
Hasta ahora, por muy distorsionado que esté el sistema, el ciudadano siempre ha tenido una válvula de escape aunque sea parcial.
El efectivo sigue siendo un pasivo del banco central, sigue siendo fiat, y su poder adquisitivo depende enteramente de las decisiones del emisor soberano, en ese sentido el riesgo de contraparte de fondo permanece intacto.
Pero el efectivo sí elimina una capa específica de riesgo, la del intermediario bancario. No protege de una devaluación, pero sí de un corralito.
Con CBDCs incluso esa protección parcial desaparece, resultando en una exposición total a todas las capas de contraparte, sin escapatoria posible.
Riesgo de contraparte total y concentrado en el Estado emisor, visibilidad completa de transacciones, capacidad de aplicar tipos negativos sin posibilidad de fuga al efectivo, condiciones programables del dinero, bloqueo selectivo...
El sistema que ya estaba enmarañado se convierte en un circuito cerrado.
¿Qué necesita entonces el sistema monetario que venga?
Algo que históricamente nunca se ha conseguido mantener, una
separación clara entre la capa monetaria base y la capa crediticia.
La capa base debería funcionar con riesgo de contraparte mínimo o nulo, como medio de liquidación donde el valor se transfiere sin depender de que un tercero cumpla una promesa.
Sobre esa capa base, una capa de servicios financieros donde el crédito exista, porque el crédito es útil, pero que sea optativo, transparente y con riesgo explícitamente asumido por quien lo elige.
Que quien quiera rendimiento o apalancamiento lo busque sabiendo exactamente qué riesgo de contraparte asume y con quién.
Y que si una entidad crediticia quiebra, quiebre ella y quienes voluntariamente le confiaron sus fondos, sin arrastrar al sistema de pagos ni requerir rescates.
En ese esquema, el prestamista de último recurso se vuelve innecesario. El contagio se contiene porque las capas están separadas, y el ciudadano conserva la capacidad de mantener valor fuera del circuito crediticio si así lo decide.
Esta idea no es nueva ni marginal. En plena Gran Depresión, un grupo de economistas de la Universidad de Chicago propuso separar las funciones monetaria y crediticia del sistema bancario exigiendo un respaldo del 100% para los depósitos. Irving Fisher reclamó que el plan eliminaría las corridas bancarias, estabilizaría los ciclos crediticios y reduciría drásticamente la deuda tanto pública como privada.
La propuesta fue archivada, pero en 2012 dos economistas del FMI la revisitaron con herramientas modernas de modelado y encontraron evidencia a favor de las cuatro ventajas que Fisher había predicho.
Sin embargo, el Chicago Plan proponía que toda la creación monetaria recayese en el banco central. En la era digital, eso se traduce directamente en CBDCs, el mismo monopolio monetario que hoy tienen los bancos privados, pero concentrado en el Estado y con capacidad de vigilancia y control total. El diagnóstico era correcto, pero la receta sustituye un problema por otro potencialmente peor.
Lo que el Chicago Plan no tenía hace casi 100 años era una infraestructura técnica viable para implementar esa separación sin depender de las mismas instituciones que pretendía reformar.
La tecnología para construir esto hoy existe, por primera vez en la historia.
Redes descentralizadas, liquidación sin intermediarios, tokenización de activos, contratos inteligentes que hacen explícitas las condiciones del crédito, infraestructura que ya funciona en mayor o menor grado.
Lo que no existe es la voluntad política para implementarlo, porque separar dinero de crédito elimina el mecanismo por el cual el sistema actual extrae rentas.
La confusión deliberada entre dinero y crédito es la fuente de beneficio más grande y más opaca que existe en la economía moderna.
Así que cuando se dice que da igual lo que venga porque el sistema siempre ha estado distorsionado, yo diría que precisamente por eso importa más que nunca.
Estamos en el momento histórico donde se decide si el nuevo sistema monetario digital cierra definitivamente la posibilidad de separar dinero de crédito, haciendo el riesgo de contraparte universal y obligatorio, o si por el contrario esa separación se consigue por primera vez.
Que la respuesta no sea obvia es lo que debería preocuparnos.