Acuña, Juan y José.
José necesita una silla, tiene madera, pero no sabe fabricarla. Juan es carpintero, puede fabricarla, pero no tiene madera.
Juan pregunta a José qué quiere a cambio por la madera y José le pide cien monedas. Juan va al banco, pide cien monedas y éste se las da a cambio de recibir ciento cinco.
Juan entrega las cien monedas a José, y ya con la madera en su poder, fabrica la silla. Luego, José pregunta a Juan qué quiere a cambio por la silla y éste le responde ciento veinte monedas.
José va al banco y pide veinte monedas para sumarlas a las cien que ya tiene, y el banco las acuña a condición de recibir veintiún monedas.
Juan devuelve al banco ciento cinco monedas y se queda con quince. Los intereses del banco fueron cinco monedas que Juan le da, y los intereses de Juan fueron veinte monedas que se reparten en quince para él y las cinco que el banco recibe.
Tenemos una silla, veinte monedas, y la deuda de José que aportaría inicialmente una nueva moneda, más las nuevas monedas que crearán en futuros préstamos quienes compren lo que José deberá vender para ganar lo que debe pagar. Venderá trabajo, o más madera. La madera la vende a cien. Los intereses que cobra José por la madera son cien monedas.
Luego de replicar muchas veces el comportamiento de Juan y José en el intercambio de bienes y servicios para satisfacer deseos y necesidades, las monedas comienzan a acumularse y el banco decide, con buen criterio comercial, acopiarlas para evitar que a alguien se le ocurra la idea de prestarlas y provocar con ello que su labor de acuñar monedas pierda rentabilidad. El banco cuida su trabajo, como todo obrero, y así debe ser. Además, muchas monedas en muchas manos anónimas, pueden crear "algo más" que nuevos bancos.
Es así que las monedas acumuladas comenzaron a re prestarse y el banco en vez de volverlas al crisol, las dejaba en el arcón.
Y colorín colorado, el cuentito no ha acabado.