A este respecto, viene a colación una reflexión de mons.
Richard Williamson[3] sobre el arte moderno:
(mensaje citado en revisión)
Ambos textos se complementan. El de
Rafael Gambra Ciudad describe el silencio de
Dios y sus causas externas. El de
mons. Richard Williamson, FSSPX, describe sus causas internas.
He escogido el texto de
mons. Williamson porque estoy de acuerdo con el argumento que utiliza. No se trata tanto de que los cristianos creamos en
Dios y, por eso, el cepo de nuestra
Fe nos convierta en esclavos (cfr.
Simone Weil) obligándonos a pensar de una determinada forma. Se trata, más bien, de que, al querer vivir de una determinada manera, fundada en el amor, la verdad, la belleza, y el orden,
Dios sale a nuestro encuentro. Y lo hace porque el terreno para que crezcan las semillas de
Sus palabras, nuestro corazón, ya está preparado para recibirlas.
Pero si no queremos vivir nuestras vidas fundándolas en el amor, la verdad, la belleza y el orden, entonces
Dios no saldrá a nuestro encuentro. Dado que nuestros corazones no querrán acoger
Sus palabras, no seremos dignos de ellas. Por eso, como ante el
Sumo Sacerdote, se producirá el terrible silencio de
Dios. El silencio de una condena.
(mensaje citado en revisión)
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[1] El silencio de Jesús ha sido registrado por todos los evangelistas (
Mt.27:12-14;
Mc.15:4-5;
Lc.23:9;
Jn.19:9). En este caso,
tal y como indica Orígenes, el
Sumo Sacerdote,
igual que Satanás ya había hecho antes, le pregunta al
Salvador dos veces si realmente
Él es «el
Mesías, el
Descendiente de Dios». Pero
Jesús no le responde porque, como indican
Orígenes,
Teófilo de Antioquía,
San Beda,
San Ambrosio y
San Jerónimo, es indigno de
Sus palabras
cfr.
Saint Thomas of Aquinas:
«Catena Aurea», edited by
blessed John Henry Newman,
Vol. I - Part. III, pp. 925 y 938; Vol. II, pp. 302 y 310; y Vol. III- Part. II, p. 741, NY: Preserving Christian Publications, 2009, ISBN: 978-0-9802084-6-7
[2] Indudablemente, precisamente eso,
y no otra cosa, es lo que parece buscar el profesor don
José Antonio Marina Torres en su libro
«Por qué soy cristiano», Madrid: Anagrama, 2005, Col. Argumentos n. 338, 154 pp., ISBN: 978-84-339-6233-1.
Marina afirma que
«Dios» es un símbolo dotado de potentísimas posibilidades creativas, teóricas y prácticas, producto de la inteligencia creadora del ser humano. No niega que pueda ser algo más.
Pero no se ocupa de ese hipotético «algo más», ni en éste ni en ninguno de sus libros. Lo más terrible del asunto es que, con toda seguridad,
Marina ya cononocía ese texto de
Dostoievski antes de redactar su libro. Aún es más, es posible que, precisamente por conocerlo, lo redactara afirmando que:
(mensaje citado en revisión)
Gnosis pura y dura. Ni
Plotino lo hubiera explicado mejor. Por eso, un poco más adelante el profesor habla de
«la inteligencia que inventó a Dios» (cfr. p. 144).
Ése es el
«Dios» universal en el que
Marina cree: el que uno mismo se construye para su uso y disfrute propio. Se trata de la versión posmoderna del
Becerro de Oro (
Éx.32:1-8), del
Pecado contra el Espíritu Santo (
Mc.3:29;
Mt.12:32;
Lc 12:10). Se trata del nuevo eje que está desquiciando unas sociedades que nunca podrán ser poscristianas por la sencilla razón de que
Cristo nunca pasará (
Mt.28:20), aunque sea rechazado por algunos, olvidado por otros, y desfigurado por casi todos los que deberíamos presentarlo tal cual nos fue presentado.
De todo eso nos están hablando
Rafael Gambra Ciudad y
Gustave Thibbon: de la apostasía, de sus bonitas palabras y de la amarga realidad de sus frutos.
[3] Comentario
Eleison CLXXVIII, correspondiente al domingo 11 de diciembre de 2010.
Al escoger la causa de los males de la
Iglesia,
Rafael Gambra Ciudad acertó más que
mons. Williamson. La causa de esos males no reside tanto en el
Concilio Vaticano II cuanto en el
«pogre» teológico. Pogre teológico denunciado por
San Pío X en su
«Pascendi Dominici Gregis» y por el venerable
Pío XII en su
«Humani Generis».
Pogre teológico que,
so capa conciliar, ha realizado cosas que el
Concilio Vaticano II jamás quiso, como la abrogación práctica de la misa gregoriana, y la eliminación práctica del latín de la liturgia. Cosas como el desarrollo de una catequesis y una pastoral que,
al difuminar la doctrina del pecado mortal individual, han demostrado ser extraordinariamente efectivas para lograr la apostasía de las sociedades en su conjunto y de los ciudadanos individuales que las componen en particular.
(
En el Catecismo infantil aprobado por la Conferencia Episcopal Española, «Jesús es el Señor», no se hace la distinción entre pecado mortal y pecado venial hasta la p. 112. Y eso sólo al responder a la pregunta «¿Que consecuencias tiene el pecado?» respondiendo, simple y lacónicamente, que «ROMPE o DEBILITA nuestra relación con Dios». NO me quejo de mala doctrina sino de la pastoral que deja la decisión de profundizar en una distinción tan sumamente importante al simple arbitrio del catequista de turno)