El franquismo ya había desmontado la España tradicional antes de 1975
En 1968, el tradicionalista carlista Rafael Gambra publicó «El Silencio de Dios» y denunció desde dentro que la sociedad de consumo estaba vaciando de contenido la
cultura católica española. No era una profecía de la oposición: era un diagnóstico hecho desde el propio régimen, años antes de que muriera Franco. La tesis que sostiene una parte del análisis histórico es incómoda para los dos bandos del relato oficial: la destrucción económica, demográfica y cultural de España no arrancó en 1978, sino que se cocinó en el tardo-franquismo, desde 1960.
El argumento central es que el desarrollismo económico cambió la estructura del país —del campo a la ciudad, de la agricultura a la fábrica— y con ella se evaporó la superestructura cultural que la sostenía. Un país rural y católico se convirtió en urbano e industrial en menos de dos décadas. El resultado, paradójicamente, fue el que Azaña había anunciado en los años 30 y que entonces era falso: «España ya no es católica». En los 70 pasó a ser verdad.
Un millón de emigrantes y una economía con pies de barro
Los datos que se manejan en el análisis son difíciles de esquivar. Según las cifras oficiales del Instituto Español de Emigración, entre 1959 y 1973 salieron hacia Europa **1.066.440 personas**, el 71% de los que abandonaron España en esos quince años. Solo a Alemania fueron **600.000**. La tasa de ocupación era similar a la actual: no se trabajaba más que ahora.
La economía del milagro tenía los cimientos frágiles. Al morir Franco, la inflación había superado el **26%** a mediados de 1977 y se temía la hiperinflación. Los Pactos de la Moncloa se firmaron, según la lectura que hace uno de sus firmantes por el PCE, Ramón Tamames, porque el desastre amenazaba con degenerar en revolución abierta o en un golpe militar al estilo chileno o argentino. La famosa «traición a la clase obrera» fue, en realidad, un salvavidas.
¿Por qué el franquismo permitió propaganda marxista legal?
El tardo-franquismo reprimía poco y mal. Mientras se daban malos tratos a opositores de base, se extendía un guante de seda a los dirigentes. La revista «Cuadernos para el Diálogo», apadrinada por un consejero del Movimiento como Joaquín Ruiz-Giménez, publicó marxismo puro a nivel del PCE entre 1963 y 1978. Se permitía a enemigos declarados del régimen ocupar altos cargos en la administración.
La cultura popular que se fomentaba desde TVE era la «Cultura Ye Ye». Marisol, la niña de las películas de los 60, aparecía en los 70 con bailes hipersexualizados. El cine, nacional y extranjero, era disolvente de los valores tradicionales. El humor de Perich dibujaba al capitalista con chistera, levita y puro, indistinguible de la propaganda soviética. La conclusión que se extrae: el régimen no tenía el menor interés en conservar la cultura tradicional que decía defender.
La crisis de vocaciones que nadie quiso ver
El declive de la Iglesia católica era ya imparable desde los años 60. Las vocaciones sacerdotales alcanzaron su pico en 1961, con **23.261** seminaristas, y cayeron a **10.830** en 1975. En 2004 eran **3.449**. El seminario de Derio, en Vizcaya, un edificio mastodóntico casi soviético en su escala, había empezado a producir curas en masa en los 50. Para los 70, la fábrica se apagaba.
El franquismo promulgó leyes exactamente opuestas a los principios de Falange, según la sociología del franquismo de Amando de Miguel. Y el propio Franco, en los años 60, llegó a decir que solo había dos países que sabían a dónde iban: España y Rusia. La enmienda es obvia: la URSS administraba su propaganda cultural con mucha más racionalidad que la España nacionalcatólica, que dejó que la suya se desintegrara.
El régimen que parió a su propio sucesor
La cadena de legitimidad no se rompió en 1978: Franco → Juan Carlos → Felipe. El Jefe del Estado actual lo es por decisión del anterior. El «cambio de chaqueta» tras la muerte del dictador fue generalizado, con muy pocas excepciones. Adolfo Suárez, jefe nacional del Movimiento en 1975, pasó a ser «la vía segura hacia la democracia» en 1978. La transición fue, en palabras que se citan de Trevijano, el sitio donde se juntan todos los traidores a sus ideas previas.
La paradoja final es la que descoloca: la destrucción de la España tradicional que la República no pudo completar por falta de tiempo la terminó, involuntariamente, el franquismo. El «Finis Hispaniae» del que hablaba Blas Piñar comenzó bajo Franco, no en 1978.