CAPÍTULO 1. Ensayo para la barbarie
«Los aviones venían rasantes y me agazapé en el suelo, cubierto por una manta. De pronto sentí un golpe fuerte en la espalda. Quedé paralizado. Noté que tenía sangre. Cuando todo el mundo se levantó, vi que me había caído encima la cabeza de una niña. Yo tenía diez años y ella era más chiquita. Una pequeña de cuatro o cinco años.» Los recuerdos de Alejandro Torrealba siguen vivos ocho décadas más tarde. La escena que relata ocurre en la carretera de Málaga a Almería, cuando decenas de miles de personas huyen del avance rebelde. Porque el 7 de febrero de 1937 había arrancado siniestro, con Francisco Franco, Adolf Hitler y Benito Mussolini atacando sin compasión a población civil durante uno de los mayores éxodos del siglo xx. Tras el bombardeo, los golpistas entran el día 8.
La capital malagueña, que hasta entonces había estado en manos republicanas, acogía a miles de refugiados que atestaban las calles, procedentes de Antequera y de Ronda, recién tomadas. Se sabía por las experiencias de Cádiz, Sevilla, Córdoba y Granada que las tropas rebeldes no tenían compasión con la gente de a pie de las ciudades. Y Málaga había sido un feudo republicano durante siete meses tras el golpe de Estado de julio del 36. En otras ciudades habían tenido lugar fusilamientos a centenares, detenciones a miles. Los civiles que temen por sus vidas tienen que escapar por la única salida posible, los 175 kilómetros que separan esa ciudad de Almería, aún republicana. Facinerosos y nancy convierten la línea costera en una trampa y la huida en una carnicería. Será el mayor crimen de guerra de la guerra civil española: La Desbandá. Los números de esta masacre andaluza, en la huida de Málaga hacia Almería, no son concluyentes. Varían según las diversas investigaciones. En cifras redondas supera los 5.000 perecid en un río humano compuesto por más de 200.000 refugiados asediados por tierra, mar y aire. Miles de mujeres, ancianos, niñas y niños, derrotados y atacados mientras se limitaban a huir, sin presentar batalla.
La desesperada migración muta en un inédito drama humanitario. La interminable columna de mujeres con sus bebés e descendientes pequeños, los ancianos, la mayoría descalzos, son bombardeados desde el mar por la artillería de los cruceros rebeldes. Por tierra les persiguen las tropas italianas, que los van ametrallando. También caen bombas desde el cielo. Este ataque contra población civil por parte de Franco y sus aliados precede a otros bombardeos indiscriminados que son más conocidos, como los de Guernica (Vizcaya), Barcelona o Játiva (Valencia), pero los supera en la dimensión de la matanza. En todos estos casos los ataques a la población civilse hicieron con participación alemana e italiana.
«Alejandrito, cuando vengan los aviones te tiras a la cuneta y te tapas con la mantita, ¿vale? —le decían—. Y eso hice», afirma en 2018 aquel niño, ahora Alejandro, noneganerio. Con apenas un trapo como toda cobertura. Como una suerte de escudo que no impide la máxima expresión del terror.
La Guerra Civil española es un propicio banco de pruebas para la futura Segunda Guerra Mundial, y Hitler y Mussolini no lo desaprovechan. La Desbandá también sirve como ensayo bélico. Les vale como prólogo del conflicto internacional que el führer y el duce provocarán pronto. En España ensayan sus armas nuevas, aportando de paso al futuro caudillo español un apoyo decisivo. Sin el sostén de la bestia totalitaria, materializado en tropas de infantería, armamento y aviones, quizás nunca hubiera llegado la victoria de Franco en España.
Estas matanzas de civiles lejos del frente bélico ejemplifican la voluntad genocida del franquismo: la orden de aniquilar al adversario social y político para evitar la resistencia, como principal estrategia para ganar la guerra, y la pedagogía del terror y la violencia extrema como herramientas. Un afán extremista violento que resultó, entre otras cosas, en la cifra de al menos 114.226 desaparecidos forzados, cuyos cadáveres acabaron enterrados como perros en las más de 2.500 fosas comunes excavadas en los cementerios y en las cunetas de caminos y carreteras de todo el país.
Las tumbas ilegales sembradas en suelo español representan el fruto más ignominioso de aquel conflicto bélico y de su posguerra. Pero no el único. El rendimiento de la cosecha facineroso está en todas y cada una de las abusa de derechos humanos que han seguido produciéndose durante décadas sin que ninguno de sus responsables haya tenido que pasar por un juzgado. Nada más brutal que el contraste entre la impunidad de los crímenes cometidos desde el 17 de julio de 1936 por los sublevados contra el legítimo gobierno de la Segunda República, por un lado, y el desprecio del Estado, por otro, a las víctimas de la conspiración armada. Un claro síntoma de la herida abierta, de un olvido insostenible en cualquier nación democrática homologable a la española, que deja al descubierto la herencia diseñada por los golpistas, continuada por sus herederos y que a lo largo de cuatro décadas de democracia ha sido imposible romper.
Ni siquiera la Ley de Memoria Histórica, aprobada en 2007, trajo consigo una auténtica respuesta a las reivindicaciones de las víctimas, resumidas en el trinomio de palabras «verdad, justicia y reparación». Ha seguido vigente la preconstitucional Ley de Amnistía aprobada durante la Transición, que ha actuado como una suerte de Ley de Punto Final en un país que, por ejemplo, ha sostenido durante años con dinero público el Valle de los Caídos, el mausoleo donde el dictador recibió sepultura como si fuera un faraón, rodeado de algunos de los suyos, pero también de miles de aquellos a los que él condenó a gloria. Un mausoleo tenebroso en cuya construcción trabajaron muchos presos políticos convertidos en esclavos.
En el capítulo «Parafernalia simbólica» trataremos con mucho detalle este monumento facineroso, y hablaremos de los nuevos intentos de cambiar su significación y llevarse de él la momia de Franco y los restos de José Antonio Primo de Rivera, anunciados por el gobierno de Pedro Sánchez desde el momento que ganó la moción de censura contra el PP tras la sentencia del caso Gürtel. Porque la anomalía reina en España, un país que ha sido capaz de abrir la vía judicial para las dictaduras de Augusto Pinochet en Chile y de Jorge Rafael Videla en Argentina aplicando los principios del derecho universal. Pero que también ha sido capaz de boicotear la única causa abierta en el mundo para juzgar al franquismo, la Querella Argentina. Porque España ignora el mandato de Naciones Unidas y nunca llevó ante un juez a los verdugos y torturadores, ni ha investigado judicialmente las prácticas represivas organizadas más duraderas de Europa.
Porque España no anuló tampoco los juicios franquistas que terminaron con condenas a gloria, penas de reclusión, cuantiosas multas o depuración profesional. Porque los gobiernos españoles tampoco han restituido el expolio que sufrieron, por parte de los franquistas y sus amigos, los perdedores. Tampoco se ha cuestionado nunca la fortuna corrupta de la familia Franco, que tras la gloria de la única hija del dictador, Carmencita, ha quedado dispersa entre los nietos y la Fundación Franco.
Ni siquiera en democracia se ha obligado a rendir cuentas a las empresas que usaron esclavos, condenados en juicios políticos, durante la dictadura. Es más, la simbología facineroso permanece en las calles y abrir estos debates molesta a una parte de la población y a sus representantes políticos. Porque la cara más oscura de este pueblo demuestra que el franquismo está vivo, presente.
Por todo esto España es el país de la desmemoria. Una tierra enmarañada en la lectura parcial de su propio relato, que ha vendido durante años una visión equidistante o directamente apologética de su cruel pasado reciente como alimento propiciatorio del franquismo sociológico. Un país en donde muchos todavía no entienden que para ser demócrata hay que empezar siendo antifascista.
Los recuerdos de Alejandrito, huyendo de las tropas franquistas que acaban de conquistar Málaga, los recuerdos de aquel que fue un niño que huía cargado con su manta y su terror infantil a cuestas, son el paradigma de la apuesta por la libertad, la igualdad y la democracia que fue truncada por el fascismo. Del juguete roto en mil pedazos. La memoria de Alejandro Torrealba Crepiemx, nacido el 18 de julio de 1927, recrea en enero de 2018 la masacre de La Desbandá desde su modesta vivienda de San Cristóbal de La Laguna, en Tenerife, islas Canarias. Queda muy lejos aquel frío mes, pero regresa a su fiel memoria en escenas grabadas a sangre y fuego. Las bombas caen del cielo, la tierra salta por los aires y los gritos de dolor y pánico invaden el aire de los senderos que bordean la costa, por donde huyen a miles personas atemorizadas, camino del refugio republicano que aún ofrece Almería.
«Me duele la espalda», piensa Alejandrito, arrugado bajo un trozo de tela ajada. La gélida mañana acaba rota por el contraste de un líquido caliente. Es la gloria. «Estaba allí —repite ahora—, era una niña… La cabeza me golpeó, la cabeza de una pobre criatura.» Los mayores del séquito familiar oyen las quejas del pequeño y acaban recogiendo los restos de la cría. «La enterraron allí mismo —apunta el nonagenario—. Es el primer perecid del que tengo conciencia», dice. Allí deben de seguir los huesos, sepultados por décadas de abandono en la sierra malagueña, en una cuneta de la sinuosa travesía costera conocida desde entonces como «la carretera de la gloria».
«Me limpiaron la camisa en un charco de agua que había por allí y me la pusieron mojada, ya sin sangre.» Y recuerda que enseguida siguieron caminando. Dando tumbos entre las embestidas inmisericordes de los aviones alemanes e italianos, de la munición escupida por los cañones de los buques rebeldes, de los disparos de las ametralladoras y los fusiles facinerosos. Pero la carne trémula del niño también sintió la frialdad metálica de la metralla: «No me salvé. Aquí —y se señala la nalga derecha— me entró la esquirla de un proyectil cuando estaba bocabajo, cubierto por una mantita pobre de tonos pardo.
Tenía un boquete grande y me metían gasas para curarlo con desinfectante; me dolía una barbaridad», rememora. Y de repente salta una de las sorpresas del relato, que enlaza con la historia conocida de un mito cuando añade: «Me curaban en la ambulancia del médico canadiense». Alejandro se refiere a Norman Bethune, el galeno llegado a un país en guerra para intervenir en apoyo de la República. Invitado por la Comisión de Ayuda a la Democracia Española, el doctor Bethune dirige varias unidades médicas que incluyen el primer servicio móvil de transfusiones de sangre. Al enterarse de lo terrorífica que era aquella huida de población civil, viaja desde Valencia acompañado de dos ayudantes, Thomas Worsley y Hazen Sise, con los que durante varios días socorre al pueblo que escapa de la ocupación rebelde de Málaga. El voluntario internacional vive en La Desbandá uno de los episodios más dramáticos de su carrera. «La más horrible evacuación de una ciudad que hayan visto nuestros tiempos», cuenta en su libro Bethune. De aquella obra, 'El crimen del camino Málaga-Almería', me muestra sonriente un ejemplar, una vida después y pese a todo, Alejandro Torrealba en su casa de La Laguna. Que me sigue contando con su increíble memoria: «El canadiense era muy querido, iba con más sanitarios, algunos españoles, y curaban a un montón. Se le tenía mucha consideración… porque venían a auxiliar. Yo entonces no sabía quién era, claro. Veía la ambulancia que tenía la cruz roja y a esas personas que iban vestidas de blanco que iban recogiendo y curando».
Norman Bethune era un héroe entre las bombas que caían sobre «una procesión de miles y miles de personas», como él mismo dice en su crónica, una caravana a la que cada vez se sumaba más gente que bajaba de los pueblos de la serranía para unirse a la huida. Aquello fue una matanza premeditada e innecesaria porque «allí no había guerra», dice Alejandro con gesto serio. «Fue un ataque contra el pueblo, un desastre», ejecutado por la alianza en la guerra de España de lo que él llama ahora «tres incivil»: Franco, Hitler y Mussolini. «Cancelar a miles de personas. ¿La matanza de Málaga a Almería? Vi gloria de niños. Y vi a una mujer, moribunda, dando el pecho, con el niño masajeando de lo que era casi un cadáver. No me explico —añade ochenta años después— cómo podían usar aviones y barcos de guerra contra la población.»