Veinte años de predicciones apocalípticas: ¿qué acierta y qué falla?
¿Hasta qué punto merece la pena creer en los agoreros económicos? A mediados de los 2000, cuando la vivienda en España parecía imparable, ya había quien auguraba un colapso. Pero la tentación de profetizar el fin del mundo financiero no es nueva ni inocente: entre el dato contrastado y el vaticinio gratuito hay una línea fina que, cuando se cruza, convierte el análisis en ruido.
La llamada a la moderación en 2006
Corría 2006 cuando se pidió poner coto a las predicciones sin fundamento. La idea era simple: si no hay datos, no hay debate serio. «Tan erróneo es decir ‘esto no baja ni de coña’ como ‘esto explota el día tal’», se argumentó. La respuesta fue dividida: unos celebraron la búsqueda de rigor; otros la vieron como censura y añoraron la pluralidad. Mientras, el sector inmobiliario seguía creciendo y el euríbor escalaba.
La crisis de 2008 y la vindicación parcial
Con la quiebra de Lehman Brothers, muchos profetas del caos parecieron acertar. Pero no todos los escenarios se cumplieron. En agosto de 2008, Alan Greenspan advertía de más rescates bancarios, pero rechazaba una regulación dura. En febrero de 2009, el programa «The War Room» de Fox News escenificaba un «Pearl Harbor financiero» con cuatro escenarios de colapso generalizado. La realidad resultó menos apocalíptica: hubo rescates, sí, pero ni hiperinflación ni desaparición del dólar.
De 2012 a 2020: el retorno de los augurios
Años después, el hilo resucitaba con nuevas crisis. En junio de 2012 una imagen preguntaba «¿ahora sí?», mientras la deuda soberana europea temblaba. Pero el colapso no llegó. Hubo que esperar a 2020 y la pandemia para que las visiones más sombrías cobraran cuerpo: confinamiento, caída del PIB en torno al 10% y bancos de alimentos repartiendo 67 millones de kilos.
¿Lección?
Quince años de debates demuestran que distinguir entre profecía y paranoia no es fácil. Algunos vaticinios se cumplieron a medias; otros, directamente no. Lo único seguro es que el deseo de un «no más apocalipsis» choca con una realidad que, de vez en cuando, sí da motivos para el pavor. Y como dijo Kavafis, ¿qué será de nosotros sin bárbaros? Al fin y al cabo, eran una solución.
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