La minera catalana que ha convertido España en su plan Z
Miriam, catalana, trabaja en una mina en Australia y lo tiene clarísimo: volver a España es su plan Z, la última opción, la que solo se baraja cuando todo lo demás ha fallado. La entrevista ha vuelto a encender la conversación sobre la fuga de cerebros y, de paso, sobre quién paga la formación de quienes emigran.
La lectura escéptica del titular no se ha hecho esperar. Hay quien sostiene que trabajar en una mina no convierte a nadie en minera: igual Miriam está en la oficina, con aire acondicionado, o en un laboratorio mirando piedras. La realidad de la emigración cualificada suele ser menos épica de lo que parece, y más parecida a un cambio de país, no de clase.
Australia, la vida digna que España niega
Una parte de la conversación lo ve como lo más sensato del mundo: si un joven sale y comprueba que fuera hay sitios donde se puede tener una vida digna que aquí se le niega, lo racional es no volver. Australia, con su mercado laboral que valora a los profesionales, se convierte en destino natural.
Otra corriente, sin embargo, cuestiona el precio de esa lógica. Si Miriam estudió en una universidad pública, el Estado habría costeado más de la mitad de su formación. ¿Y luego? Que se forme en Australia, dicen, pero que antes se devuelva parte de esa inversión. La idea no es nueva, pero vuelve cada vez que un emigrante retrata a España como un país del que hay que huir.
El dato que descoloca
Lo curioso del asunto es la única cifra concreta que aparece en la discusión: hacen falta 46 diarios distintos, según una ironía, para contar siempre la misma historia del español que se marcha. Salarios, costes de vida, retornos fiscales: eso ya no viene en el titular. Y sin esos números, la conversación se queda reducida a una pregunta incómoda: a quién le conviene pagar la matrícula de los que luego trabajan en Australia.