Un forero sostiene que los tintos españoles saben a mueble viejo por las virutas
¿Por qué casi todos los tintos españoles dejan ese regusto a madera húmeda, a mueble viejo, a armario sin barnizar? Para quien abre el debate, la respuesta es incómoda: buena parte de ese sabor a roble no sale de una barrica centenaria, sino de virutas de roble tostado que, asegura, se meten directamente en el depósito o dentro de la propia barrica. Se venden con nombres amables —«chips», «sticks», taquitos, virutas— y sirven para lo mismo: acelerar lo que la crianza tradicional tarda años. El resultado es un perfil aromático que, según esta tesis, una parte del mercado asocia a calidad y que a otra le provoca rechazo inmediato.
Qué son las virutas de roble y de dónde sale ese sabor a madera
No es magia enológica, según quien lo describe: es roble secado, tostado y troceado que se introduce en el vino para transferirle los compuestos aromáticos de la madera en una fracción del tiempo. Después se filtra y a la botella. Quien lo describe con crudeza habla de serrín; quien lo defiende matiza que no es serrín, sino taquitos o virutas -a veces de encina, no de roble- y que bien calculado el tiempo de contacto lo único que hacen es eso, acelerar el proceso, sin más.
El matiz importa porque, según se sostiene en el debate, el sector lleva años señalado por lo que se conoce como parkerización: vinos construidos para encajar en un gusto concreto. El consumidor español, según esta tesis, ha aprendido a identificar ese exceso de roble con un tinto serio. Y lo pide.
El atajo que se salta los tiempos de la crianza
Aquí está el nudo económico: se sostiene que la práctica sirve para saltarse los tiempos y los costes de la crianza. La alternativa es meter la barrica dentro del vino en lugar de meter el vino en la barrica: virutas, taquitos tostados, contacto controlado. Se sostiene que la práctica está muy extendida en Estados Unidos desde hace años, que se venden toneladas de estos productos y que, sin embargo, casi ninguna bodega reconoce usarlos. La duda que queda abierta es si el uso está autorizado en Europa: hay quien no lo sabía, y el asunto queda ahí, sin cerrar.
¿Hay tintos sin madera?
Los hay. La salida fácil es el vino del año, que apenas pasa por madera, y la salida técnica son las vasijas de barro, el ánfora o los depósitos metálicos, donde el vino conserva fruta y no recibe tostados. El problema es que la sospecha no se detiene: hay quien cree que incluso en los vinos más jóvenes cae un puñado de virutas, y la etiqueta no aclara nada. Tampoco ayuda que el mismo regusto a roble se detecte en whiskies, donde se sostiene que la práctica se remonta décadas atrás.
Para parte del debate, la conclusión es más de mercado que de cata: si el tinto español sabe a mueble viejo, es porque, según esta lectura, se decidió que ese perfil se vende bien.