La tesis que recorre el tablero: el objetivo no es Moscú, es Berlín
Con el gas barato ruso camino del museo, el uranio enriquecido buscando proveedor alternativo y los químicos encareciéndose, una tesis ha ido ganando terreno: las
sanciones que Europa impuso a Rusia —y que Estados Unidos esquiva— no buscan doblegar a Moscú, sino desangrar al socio europeo. El punto de partida es tan simple como incómodo: quien paga la factura energética es la industria europea, no la americana. Y a partir de ahí, el análisis se bifurca.
Unos sostienen que el
objetivo real es Europa Occidental, con la guerra de Ucrania como pretexto. Otros afinan más: el blanco es
Alemania y su industria. Y una tercera corriente, menos conspirativa, responde que todo esto es el efecto colateral de algo mayor: el verdadero objetivo sería
China, y Europa y Rusia, sencillamente, el camino.
¿Es Alemania el objetivo real de las sanciones?
El argumento apunta directamente a Berlín. La alianza energética que existía entre Alemania y Rusia no le hacía ninguna gracia a Washington, sostiene esta lectura: una Alemania con energía asequible y capacidad industrial podía arrastrar a sus socios europeos a ir por libre. El temor anglosajón a un eje germano-ruso sería, para esta corriente, el motor de todo.
No es una tesis aislada. Hay quien recuerda que Estados Unidos llegó a sancionar a empresas europeas por participar en la construcción del
Nord Stream 2, y que ya hubo un precedente con Irán: un acuerdo alcanzado en la era Obama que llevó a compañías europeas a firmar contratos en Teherán con rapidez. El patrón —Washington decide, Europa acata— se repite.
Frente a eso, la versión institucional sostiene lo contrario: que Europa y Estados Unidos van de la mano en política global, con roces de multinacionales —Boeing y Airbus— pero con el mismo rumbo en Irak, Libia o donde haga falta. En Irak, se apunta,
Reino Unido aportó en torno a un 6% de los efectivos y España un 1%, con Estados Unidos poniendo la mayor parte de la carne en el asador. Socios, sí.
El camino a China y el regalo de los recursos rusos
Aquí el análisis se pone más incómodo. Si el origen de todo es el miedo al potencial chino, la reacción impensable es exactamente la que se ha producido:
regalar los recursos rusos a China. El país que se quería contener acaba con acceso preferente a la energía y las materias primas del vecino sancionado, mientras Europa las paga más caras o directamente no las tiene. La maniobra, vista así, se dispara en el pie.
Los más escépticos no compran el relato del gran plano. Aducen que los Estados siguen jugando un papel clave y que la globalización, desde la caída del muro de Berlín, fue una apuesta por ocupar cuota de mercado en China que salió regular: las empresas occidentales ocupan hoy una porción pequeña del PIB chino y Pekín impuso sus propias reglas a media partida. La sospecha de que un puñado de élites lo controla todo se despacha como
conspiranoica, con el argumento de que ningún plan resiste el contacto con la realidad económica.
También se cuela el peso de los grandes fondos: si un solo gestor de activos maneja un volumen superior al PIB alemán, su peso en la industria y los bancos es mayúsculo, según se apunta. Y si, según otra de las lecturas del hilo, el capital financiero estadounidense mira al euro como a su principal rival, la pieza encaja.
El coste de las sanciones: corto plazo contra largo plazo
La parte menos discutible es la aritmética. Negarse a venderle a Rusia empobrece en el corto plazo; a largo, se buscan clientes nuevos o no se encuentran. Para el gas, Europa lo tiene complicado:
los gasoductos tardan años en construirse y los compradores que sustituyan a Rusia pagarán menos. Traducción: se paga más y se ingresa menos.
Viene bien cuando el cliente no es esencial. Cuando de él dependes para cosas tan nimias como calentar la sopa, la cosa cambia. Y ahí está el nudo del invierno: las empresas que empiezan a despedir y las facturas que suben son el argumento que algunos esperan para que la calle se mueva.
Hay quien da por seguro el regreso del tratado comercial transatlántico, y quien recuerda que Estados Unidos libró dos guerras mundiales en Europa, aunque fuese por intereses económicos antes que por deber moral.
Ojalá fuésemos más pragmáticos en ese sentido, se lee de fondo.
Donde el análisis se atasca
Nadie discute que Europa sale más pobre de este episodio. Lo que no cierra es quién lo diseñó. Para unos, es un plan deliberado con Washington moviendo los hilos y el euro en el punto de mira; para otros, es un choque de bloques donde Europa es daño colateral de una pugna mayor entre Estados Unidos y China; y para una tercera vía, es simplemente la factura de haber confiado la calefacción a quien ahora es el adversario. La pregunta sigue abierta.