El voto que resiste a la ruina y a los escándalos
Que un Gobierno acumule agravios —amnistía, corrupción, vivienda, apagones— y aun así conserve un núcleo de votantes tiene una explicación que va más allá de la economía. La paradoja del voto cautivo vuelve a primera línea en un momento en que el malestar no se traduce en castigo electoral.
La lista que no acaba
Las corrientes críticas enumeran un catálogo que abarca desde el pacto con formaciones independentistas hasta la tramitación de la ley de amnistía, pasando por los retrasos en las ayudas a los damnificados del volcán de La Palma, la DANA y los incendios, la presión fiscal o el precio de la vivienda. También se alega falta de inversión pese a la gran recaudación de impuestos. El conjunto dibuja un escenario de ruina y clientelismo, pero el votante no se mueve.
La paradoja del voto fiel
Hay quien sostiene que el votante socialista no abandonaría al partido ni aunque multiplicase por cincuenta sus escándalos. La identidad pesa más que la gestión. Frente a eso, se argumenta que la verdadera clave es la ley electoral: un Gobierno sostenido por menos del 10% del electorado, con el apoyo decisivo de formaciones vascas y catalanas, sobrevive gracias a una aritmética heredada y no a un respaldo social mayoritario.
La pregunta incómoda es si la lógica del votante es más racional de lo que parece: sin alternativa creíble, el voto se convierte en un acto de fe. Y los Reyes Magos, se sabe, vienen de Oriente: se puede creer en ellos o no, pero el dato nunca convence al que ya ha decidido.