Ganar el Mundial no dispara la economía (y la historia lo demuestra)
El optimismo desatado por la posibilidad de que España conquiste el Mundial choca con la evidencia de pasadas ediciones. Los estudios académicos sobre el impacto económico de ganar un gran torneo deportivo coinciden en que el efecto sobre el PIB es, en el mejor de los casos, marginal y temporal. A corto plazo, el consumo en hostelería y merchandising repunta, pero no hay un crecimiento sostenido. Quienes defienden la tesis del 'boom' económico apuntan a un incremento de la visibilidad internacional y la confianza inversora; sin embargo, los datos de países campeones en el siglo XXI –Brasil 2002, Italia 2006, España 2010– no muestran una aceleración significativa del PIB en los dos años posteriores al título.
La sombra de la geopolítica
Más allá de los números, el debate se ha cargado de lecturas políticas. Hay quien sostiene que el resultado de la competición responde a intereses estratégicos, no a méritos deportivos. La hipótesis de que la FIFA o los grandes bloques geopolíticos condicionan los resultados para favorecer a determinados países ha cobrado fuerza en ciertos círculos. En este contexto, la posible victoria de España se leería como un guiño de la comunidad internacional, lo que explicaría el entusiasmo institucional. Sin embargo, esta visión conspirativa carece de corroboración empírica y choca con la propia historia de sorpresas en los Mundiales.
La letra pequeña del premio
Otra pata del escepticismo se centra en el reparto de los beneficios. La FIFA reparte premios millonarios a las federaciones, pero la distribución hacia la base del fútbol y el ciudadano de a pie es opaca. La experiencia del Mundial de 2010 dejó un regusto amargo entre muchos aficionados que, años después, aún consideran que los frutos económicos se quedaron en la élite: jugadores, entrenadores y altos cargos federativos. El dinero no llegó al contribuyente ni se tradujo en mejoras tangibles para la mayoría. Esta percepción de captura de rentas alimenta el escepticismo ante cualquier promesa de prosperidad vinculada al fútbol.
¿Por qué seguimos creyendo que un título deportivo arregla lo que no arreglan la productividad y los presupuestos? La pasión y el gol son instantáneos; la economía, testaruda.