Wallapop cierra el grifo: identidad, comisiones y aviso a Hacienda
¿Por qué Wallapop te pide el DNI otra vez para dejarte sacar un dinero que ya es tuyo? La pregunta la firma quien en julio de 2026 entra en su monedero para comprobar el saldo —y de paso mirar qué tarjeta tenía asociada, porque la anterior la anuló— y se topa con un muro: la aplicación no le deja ver nada, exige verificar la identidad otra vez y encadena una ristra de pasos que describe, como poco, como indiscretos. Su conclusión es la de muchos: pondrá todos sus anuncios como «sólo en persona». No es un caso aislado, es el funcionamiento normal.
La verificación de identidad que ya hiciste una vez
Wallapop lo justifica en la directiva europea contra el lavado de dinero de capitales, el llamado KYC, que obliga a identificar a cualquiera que venda en línea antes de transferirle fondos a una cuenta bancaria. La pasarela de pago externa que procesa las operaciones exige ese mismo control. El problema no es la norma, es el gatillo: la verificación se vuelve estricta al transferir al banco y al recargar el monedero, pero también si cambias de datos bancarios, caduca tu documento o la plataforma detecta una actualización. Es decir, justo cuando tienes dinero parado y prisa por moverlo.
Gastos de gestión, seguro y envío: el margen que se evapora
A la fricción administrativa se suma la económica. Gastos de gestión, seguro y envío encarecen la compra, y en artículos de poco valor —libros de texto, cachivaches, ropa— se comen el margen entero. Quien liquidó centenares de objetos «sin ningún ánimo de lucro, solo para que se usaran y no acabaran en la cochambre» comprueba que el apaño ya no compensa: ahora es un negocio con sus costes. Para ropa y complementos, buena parte del flujo migra a Vinted.
Hacienda, el regateo y el regreso al trato en mano
Y luego está el fisco. Superar los 30 movimientos o los 2.000 euros al año activa el aviso a Hacienda, con lo que la trazabilidad convierte en sospechoso lo que antes era intercambio de vecindario: un objeto que pasa por tres manos arrastra, se argumenta, tributación tres veces. A eso se añade el desgaste diario —regateos de un euro, compradores que no recogen el paquete— y una desconfianza mutua que ya corta propuestas hasta hace poco normales: pagar por transferencia y mandar el paquete por Correos, sin intermediarios, levanta sospechas.
La salida que gana adeptos: vender en mano. Y si no, el tablón de anuncios del instituto o la facultad, donde un lote de libros de Física preuniversitarios todavía encuentra comprador sin DNI, sin seguro y sin modelo fiscal. La segunda mano siempre fue un apaño entre particulares. Ahora es una sucursal bancaria con filtro antilavado. Llamarlo economía circular suena mejor.