Pedalear al trabajo: 7 litros de gasolina al mes y un susto al día
¿Cuánto se ahorra de verdad dejando el coche aparcado e yendo al trabajo sobre dos ruedas? Menos dinero de lo que promete el relato verde, bastante sudor y una ración diaria de sustos que nadie había pedido. Eso se desprende de un diario de cinco días de pedaleo urbano por Valencia, cronómetro en mano, que acabó arrastrando testimonios desde Madrid, el País Vasco, Holanda o Suecia.
La primera cifra incomoda al coche. El trayecto al trabajo en bici cuesta
25 minutos, exactamente lo mismo que sacar el coche del garaje y plantarse en la oficina. El ahorro de gasolina en un mes de septiembre: unos
7 litros. A cambio, el ciclista admite que llega sudado y que ha encadenado un incidente por jornada. Ni un día tranquilo.
¿Compensa económicamente ir en bici al trabajo?
Depende de la distancia y de cuánto se valore el tiempo. Desde Madrid se describe un trayecto de
24 kilómetros diarios tres o cuatro días por semana, con una bici de
700 € y un plan de amortización que contrapone el coste por kilómetro del coche al de la bicicleta. Otros acumulan ya
20.000 kilómetros de idas y vueltas al trabajo y calculan que, a esas alturas, la bici está más que pagada.
Frente a eso, el testimonio desde el País Vasco añade
30 kilómetros al día compartiendo calzada, con la mitad de las jornadas bajo la lluvia. Nadie discute el ahorro. Lo que se discute es a qué precio se compra y cuánta
salud se pone en juego por el camino.
Los sustos diarios de quien pedalea en ciudad
El relato va por jornadas. Un autobús se mete en el carril reservado justo cuando la bici acaba de salir: un minuto después y los dos no caben. Un coche adelanta, frena y se cruza a
dos metros por delante. Otro adelanta dejando apenas unos centímetros entre carrocería y manillar. Una conductora que ha visto pasar peatones y bicis con el semáforo en verde decide que ya ha esperado bastante, sale y aparece de frente a dos metros.
No es un caso aislado. En otro punto de la ciudad, un turismo se detiene a
40 centímetros de la rueda de una bici parada en un semáforo, con los ocupantes de los coches de al lado echándose las manos a la cabeza. Conclusión repetida entre los participantes: el conductor que mira hacia otro lado no ve a la bici, el peatón no la oye venir y al ciclista solo le quedan los reflejos.
Compartir asfalto con coches llevando un vehículo de dos ruedas es coquetear con la muerte, resume una de las voces.
¿Por qué el carril bici español asusta más que el holandés?
La comparación internacional es el momento más incómodo para las infraestructuras locales. Desde Holanda se resume que por el carril bici nadie molesta y cuando no se va por él, tampoco. Aquí, en cambio, hay aceras de
12 metros con una franja pintada de rojo de
2 metros que obliga a trazar eses para cruzar cada calle. Súmese el riego por aspersión que deja la superficie resbaladiza: la rueda trasera —de apenas
dos centímetros de ancho— se va y el cuerpo lo paga con la rodilla.
El caso extremo lo pone quien ha pedaleado en Pekín con nieve. Y queda flotando una duda administrativa: según apunta un forero, circular por el arcén de una autovía sería legal salvo señal que lo prohíba expresamente, aunque nadie en su sano juicio lo intente.
Espejo, alforjas y cubiertas: el equipamiento que sí importa
La conversación deriva hacia el material y ahí hay acuerdo amplio. Un espejo retrovisor de manillar,
5 €, se describe como imprescindible: permite anticipar el tráfico sin girar la cabeza. Los neumáticos antipinchazos tipo
Schwalbe Marathon Plus acumulan elogios por agarre en mojado y durabilidad, muy por delante de otras cubiertas que pinchan con demasiada frecuencia.
Sobre cargar peso, sentencia repetida: la mochila es sudor de espalda garantizado y mala para la columna. La alternativa es transportín y alforjas, o cesta, con una bolsa que se engancha y se lleva en bandolera. Y para no llegar empapado, cambiar de ropa en el trabajo: manga corta en ruta y muda completa en la oficina.
¿Merece la pena una bici eléctrica para no llegar sudado?
El debate está servido. Hay bicis de asistencia eléctrica con batería de plomo por
350 € y de litio por
599 €, y se plantean como solución para ciudades con cuestas o para no sudar. La respuesta mayoritaria de quien va a diario es tajante: si el objetivo es el ahorro y la salud, la asistencia eléctrica resta precisamente el ejercicio que justifica el esfuerzo. La eléctrica se defiende para recorridos con desnivel y como alternativa al coche, no como sustituto del pedaleo.
Del ciclista señalado al efecto contagio en la oficina
Hubo un tiempo en que llegar en bici a trabajar levantaba miradas de extrañeza. Ya no. En una misma empresa se ha pasado de un único ciclista a seis, al calor del encarecimiento del combustible y de la caída de las rentas. El aparcamiento de bicis de la oficina ha dejado de ser un decorado.
El patrón se repite en varias ciudades: más gente a primera hora de la mañana, más presión sobre los carriles disponibles y más discusión sobre si la infraestructura está a la altura. Una parte sostiene que el futuro pasa por vías segregadas con prioridad sobre el coche; otra recuerda que ir rápido por el carril bici urbano es incívico, porque por ahí cruzan peatones, garajes y perros camino del árbol.
Con estos números, media España debería estar vendiendo el coche y comprando una bici. La otra media seguirá pensando que
40 centímetros son una distancia de seguridad perfectamente razonable.