El catolicismo ante la inmi gración: fe universal y fronteras
Que un católico practicante deje de ir a misa por discrepar de la línea de su Iglesia sobre inmi gración no es una contradicción: es teología aplicada. La escena —una familia que acude cada domingo al templo y un día se planta en casa— resume una grieta que ya no se esconde. Separa el discurso universalista del Vaticano de la sensibilidad de buena parte de su feligresía sobre fronteras, seguridad y cohesión social. Y el choque se libra con vocabulario cada vez más económico y menos sarracena.
El pasaje que ordena toda la discusión
El detonante es un texto concreto. En Mateo 25, Jesús se identifica con el forastero, el hambriento y el preso, y promete el reino a quien les dio cobijo. Ese «fui forastero y me acogisteis» sostiene la tesis de la acogida como mandato irrenunciable. La objeción que se alza enfrente no niega la cita: discute su alcance. No hay en el Evangelio, se argumenta, una instrucción de dejar que se vulnere la propia comunidad. Dónde acaba la caridad y empieza el deber de protección es la pregunta que nadie cierra, y el desglose completo de ese intercambio de versículos da para un tratado.
Poner la otra mejilla no es rendirse
La segunda línea de fricción es hermenéutica. Buena parte del desencuentro sostiene que «poner la otra mejilla» no equivale a pasividad ni prohíbe la defensa legítima ante un peligro real. Se citan versículos que pocas veces aparecen en la homilía: Lucas 22:36, sobre vender la capa y comprar una espada, o Proverbios sobre el ladrón hallado forzando una casa. La conclusión que se extrae es incómoda para la jerarquía: la Iglesia, dicen, se equivoca o está en el ajo. Frente a eso, la respuesta institucional es que la doctrina sobre el extranjero es firme y no ha variado con los papados.
De Roma al funcionariado: la Iglesia como poder
Hay una capa más profunda, histórica. Una corriente del análisis sostiene que el cristianismo original —el de las fraternidades de base, con la ética que se practicaba antes de las estructuras jerárquicas— es antagónico a la Iglesia institucional. La alianza temprana con Roma, la conversión del clero en aparato de Estado tras la Revolución Francesa y las dudas sobre la autenticidad de buena parte de las epístolas atribuidas a Pablo alimentan esa tesis, apoyada en autores como Gonzalo Puente Ojea. El argumento de fondo no es nuevo: cuando la fe se funde con el poder, el mensaje se vuelve herramienta. Hay también quien responde que las naciones que hoy se defienden fueron, precisamente, creación de monarquías confesionales.
Qué se dirime en el fondo
Bajo el ruido teológico hay una pregunta laica: ¿el universalismo religioso es compatible con la defensa de una comunidad concreta? Quienes lo niegan apuntan a cambiar de confesión o a un catolicismo a la carta; quienes lo defienden recuerdan que esa doctrina es la misma de Juan Pablo II a Francisco, pasando por el actual pontífice, al que se describe como más conservador que su predecesor. De fondo, un dato incómodo: el mismo que hoy deja la misa puede volver cuando el párroco diga lo que quiere oír. Con los templos vaciándose y el malestar migratorio al alza, es probable que más fieles se replanteen su relación con la institución. En qué términos vuelven —o si vuelven— es algo que ni la jerarquía ni los disidentes pueden garantizar.