El joven de 23 años que vuelve a misa sin creer en su Iglesia
Un chaval de 23 años, sin vida social, con entradas y coronilla incipiente, se planta en la puerta de la parroquia de su pueblo de Valencia. No va porque le guste el estilo católico. Va, dice, porque es la Iglesia que Cristo fundó. Lleva semanas en lo que él mismo llama pecado mortal y hoy toca confesarse. Se sienta donde están los jóvenes, no al fondo. Si el cura predica suave, se larga hasta la consagración. «Ya me da igual que me vea hasta el tato», escribe.
El gesto, aislado en apariencia, conecta con una corriente que, según algunos participantes, gana terreno en España: jóvenes que regresan al rito católico o miran hacia la ortodoxia, desencantados con la deriva de la institución. En la conversación se citan noticias que apuntan a que los bautizos de mayores y la asistencia a misa suben. No es un fenómeno de masas, pero rompe la tendencia.
Un regreso incómodo: fe sin simpatía por la institución
El protagonista lo deja claro desde el primer mensaje: no le gusta el estilo católico, le da corte que se le asocie con una institución amilenarista y considera que sin dispensacionalismo el cristianismo pierde profundidad. Aun así, va. La paradoja es el eje de todo:
cree en la Iglesia como institución fundada por Cristo, pero rechaza su funcionamiento actual.
Ese perfil no es único. En la conversación aparece un católico que dice seguir siéndolo pese a calificar a la conferencia episcopal de vergüenza y señalar que en el Vaticano también hay cardenales masones. Otro participante apunta que el regreso se está dando en algunos casos hacia la ortodoxa, porque la Iglesia católica española está, en sus palabras, «putapénica». La desafección con la jerarquía no impide la vuelta al rito.
Hay quien sostiene que el catolicismo solo funcionaba cuando la gente era católica de manera nominal, y que hoy, al tomarse la
religión en serio, muchos optan por salir. La tesis, discutida, apunta a una paradoja:
el abandono vendría de la seriedad, no de la indiferencia.
Dispensacionalismo, amilenarismo y una guerra teológica de fondo
El joven insiste en que su problema no es la fe, sino la doctrina. Se declara dispensacionalista y acusa al amilenarismo de ser un producto de la Reforma que luego adoptó la masonería. Sostiene que el catolicismo prerreforma era casi pentecostal, especialmente en España, y que la Iglesia actual ha diluido esa potencia escatológica.
La discusión deriva hacia el pentecostalismo, al que el propio protagonista califica sin ambages de «auténtica mierda» en su versión mayoritaria, aunque salva un remanente de doctrina sana. Critica que la mayoría de las iglesias pentecostales españolas hayan caído en la teología de la prosperidad y en el ministerio apostólico, y menciona a predicadores como David Diamond, Gary Lee o Marcos Morales como referentes de esa línea que considera fiel.
Enfrente, un participante con formación teológica recuerda que el dispensacionalismo no se toma en serio en la academia, ni católica ni ortodoxa ni reformada, y que es el enfoque preferido por los pentecostales. Añade que la misa católica, cuando se entiende qué ocurre en ella, mantiene una profundidad excepcional, sobre todo si se evita la parroquia con guitarrita.
El choque con los jóvenes de la parroquia: humildad contra martirio
El plan del protagonista incluye sentarse entre los jóvenes de su edad. La respuesta de otro participante es un jarro de agua fría: los chavales de la parroquia son almas inocentes que no han transitado por el camino de las tinieblas, así que no conviene saturarlos con neuras. «Eres tú quien tiene que aprender de ellos, no ellos de ti», le dice.
La réplica del joven es furiosa: se declara mártir de este siglo y sostiene que son ellos los que deben seguir su camino, porque no han sufrido el odio del mundo hacia lo cristiano. El intercambio deja una pregunta incómoda:
¿puede alguien que se siente mártir aprender de quien no ha sufrido?
La discusión se enreda después en si el inadaptado es el creyente o el mundo. Un participante defiende que había menos inadaptados sociales cuando la sociedad era cristiana. Otro responde que el optimismo escatológico es lo contrario de volverse antisocial, y que hoy cualquiera con una idea mínimamente optimista del futuro choca con el entorno.
Génesis, evolución y el pleistoceno: el debate que se descarrila
En paralelo, la conversación se engancha en una disputa sobre el Génesis. Un participante afirma que el relato de Adán y Eva narra, en interpretación moderna, la revolución neolítica, y que el texto admite varias lecturas. Otro exige los versículos concretos que expliquen el tránsito del paleolítico al neolítico y acusa de escurrir el bulto cuando no llegan.
El intercambio sube de tono. Se reprocha a la Iglesia haber enseñado un catecismo infantil durante siglos y no haber aprovechado el nivel intelectual actual. La respuesta es que explicar esas interpretaciones requeriría meter varios libros en la cabeza y que discutir por internet le parece inmoral. El debate queda abierto, sin versículos y sin acuerdo.
El cierre: volver a entrar por la puerta
Al final, el protagonista anuncia que vuelve a misa. La semana anterior no entró, pudo la vergüenza. Esta vez lo intentará. No está de acuerdo con el amilenarismo ni con el estilo pastoral. Le da vergüenza. Pero va, porque, dice, el catolicismo es la religión verdadera.
La respuesta que recibe es matizada: no todos los curas ni todas las parroquias están en mal estado, y hay sacerdotes estupendos. En términos generales, la Iglesia católica está en horas bajas. El joven de 23 años, con entradas y coronilla incipiente, cruzará la puerta igualmente.
Es el único dato que no admite discusión.