Vox no tiene discurso social y su freno al primer puesto
El partido que aspira a ser primera fuerza española arrastra un problema que sus propios votantes le reprochan: no tiene discurso social. La tesis que abre el asunto es que, si en lugar de centrar el ataque en los perceptores de ayudas se dirigiera a las clases populares y rechazara todo tipo de
inmigración, incluida la latinoamericana, podría llegar a ser el partido más votado. El espejo que se pone encima de la mesa es el de Marine Le Pen en Francia, la formación más votada del país vecino.
El diagnóstico se completa con un argumento económico clásico: la llegada masiva de mano de obra presiona a la baja salarios y jornales, sostiene el planteamiento, además de deteriorar las condiciones laborales y saturar la sanidad pública y los servicios sociales. La crítica no se queda en el qué, sino en el cómo: se acusa a la formación de tener como único discurso ser la oposición de la oposición.
El techo electoral del voto descontento
El análisis más repetido es que el partido ya tiene el cien por cien del voto descontento y que, para crecer, necesita ganar sectores que hoy no le votan. El problema es que ese espacio lo ocupa el Partido Popular con propuestas de corte antisistema cuando le conviene. El ejemplo que se lanza es el de las zonas de bajas emisiones: eliminarlas lo llevaba el alcalde del PP en Madrid, así que el margen de diferenciación se estrecha.
Hay quien va más allá y sostiene que el partido es una veleta para distraer a los descontentos con la izquierda y con el PP, y que lo mismo ocurrió con otras formaciones que nacieron como revulsivo y acabaron diluidas. La conclusión de esa corriente es que el votante joven que se acerca a la formación se desencantará igual que le pasó a la generación anterior con otros proyectos.
Inmigración: el matiz que rompe el relato
Aquí está el nudo del asunto. La formación prefiere inmigración latinoamericana antes que africana, según la lectura que hacen sus propios votantes, pero mantiene que la inmigración debe venir con las necesidades del país y que ahora mismo no se necesita. El matiz es importante porque desmonta la acusación de que el partido esté abiertamente a favor de la llegada masiva.
La respuesta de la otra parte es que hay personas que llegan con trabajo debajo del brazo y que eso solo abarata sueldos. El reproche de fondo es que el peso de la crítica recae siempre sobre el que no vota, y no sobre quien contrata. Hay quien apunta que la solución pasaría por perseguir al empleador de personas en situación irregular, y no solo al migrante.
Vivienda y usura rentista: el flanco que no se toca
El segundo gran frente es la vivienda. Se sostiene que el partido defiende el alquiler turístico, la compra y tenencia de viviendas por personas jurídicas y los fondos de inversión, lo que choca de frente con el discurso de defensa de las clases populares. La acusación es que se mantiene una población flotante con endeudamiento para contentar a intereses empresariales.
La contrarréplica llega desde el otro lado: la mayor caída de la natalidad se produjo en la época de la burbuja inmobiliaria, cuando más vivienda se compraba y más se viajaba. Con ese dato encima de la mesa, culpar a la usura inmobiliaria de la falta de hijos queda, como mínimo, matizado. El cálculo completo, partida a partida, da para un análisis que no cabe en dos líneas.
El factor demográfico y el voto que no llega
El argumento más incómodo es el demográfico. Se sostiene que el voto de las personas mayores es decisivo y que ese bloque no va a votar a un partido que ha criticado la insostenibilidad de las pensiones. A ese votante, dice la tesis, le da igual todo mientras le limpien el culo y haya cotizantes, vengan de donde vengan.
Con ese mapa, el votante joven resulta demográficamente irrelevante para decidir elecciones, según esta corriente. De ahí la conclusión pesimista que recorre el asunto: si no se cambia el discurso social, el techo está donde está.
El punto exacto donde el análisis se atasca es el mismo del principio: si el partido prefiere inmigración latinoamericana por necesidad de aliados contra otros bloques, el discurso beligerante contra toda llegada es imposible. Y sin ese discurso, la primera plaza sigue sin dueño.